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El valor de las palabras

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El historiador mexicano Enrique Krauze, director de la revista Letras Libres, escribió en julio de 2012: “La indignación política se desfoga en una violencia verbal incompatible con los instrumentos propios de la racionalidad: la argumentación, la fundamentación, la persuasión, la coherencia, la claridad”. Y agregó: “La variante más sencilla y común es el insulto. También es la más pobre, patética e inofensiva, porque revela la impotencia del emisor. (...) Ni siquiera necesita 140 caracteres. Pertenece al mundo gástrico, no al mental. Se escribe con bilis”.
Este texto calza a la perfección con algo que se viene acentuando en los últimos tiempos, tanto en las redes sociales como en buena parte de los medios periodísticos, con la consecuente degradación de la palabra, su banalización, el acostumbramiento ante el uso cuasi desaforado de términos que merecen un mayor respeto, tanto desde el punto de vista semántico cuanto del ideológico, histórico, político.

No se trata de un fenómeno nuevo ni propio de estos tiempos en los que un gobierno acaba de reemplazar a otro de distinto signo. Como si se tratara de una mimética decisión, los que hasta el 10 de diciembre eran oficialistas y rechazaban con duros términos los abusos verbales de sus opositores de entonces actúan como ellos, ahora acompañantes de la actual administración.
Como lo dice Krauze, se produce hoy una brutal manipulación de las palabras, que tienen un significado distinto del que se emplea.
Por ejemplo, el término exilio. Ayer, el señor Víctor Hugo Morales empleó esa palabra para complementar el título del programa que hacía en radio Continental, aprovechando el espacio que le cedió su colega Eduardo Aliverti. La mañana en el exilio resulta una exagerada, patética definición para la situación personal y profesional del conductor, empresario y relator deportivo. Exilio es un término duro, de connotaciones dolorosas para quienes lo han sufrido y aún hoy lo sufren, argentinos o de otras latitudes. Quienes debieron emigrar de nuestro país vivieron tristes, alejados de su tierra y de su gente, por la acción feroz de una dictadura impiadosa. No es el caso.

Dictadura y tiranía son otras palabras últimamente en boga para definir el actual gobierno, como antes del 10 de diciembre lo hacían opositores cerriles al que ejercía Cristina Kirchner. No son unas palabritas más: tienen, justamente, las connotaciones de terror, crimen, tortura, extrañamiento que se les ha adjudicado con razón para definir el régimen 1976/83. Ni este gobierno de hoy es una dictadura –o tiranía– ni el de ayer lo fue: ambos son parte de una democracia a la que aún le falta crecer en términos de tolerancia y respeto.
Democracia, entonces, con todo lo que ello implica: lo bueno, lo malo, lo aceptable, lo imperfecto, lo plausible, lo criticable. Esto que se vive en la Argentina desde 1983 se llama democracia, guste o no guste según el color de las ideas con que se piense.De otro modo, sería caer en extremos como el fascismo, otra palabra que circula. Ni este gobierno es fascista ni lo fue el anterior. Escribir o decir en los medios y las redes que lo es o lo fue banaliza la categoría real de lo que el fascismo significa. Al fascismo se lo resiste hasta la rebelión si es preciso.

Resistencia y rebelión son términos que, de haber sido empleados (lo fueron, aunque por minorías ultramontanas) antes del 10 de diciembre, hubieran motivado la acusación de destituyentes para quienes los escribían o decían. Hoy, no tienen otro valor que el de las proclamas pequeñas.
El valor de la palabra fue bien expuesto hace casi 35 años por Julio Cortázar en una charla que Vicente Zito Lema tuvo el buen tino de dejar registrada: en 1981, dijo Cortázar: “Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados”.

Presos. El sábado 9, se deslizó un error en un recuadro de la página 61, referido a la cantidad de presos en Argentina y Uruguay. Aclara el editor que las cifras correctas son: “Argentina: 152 ppl cada 100 mil habitantes. Uruguay: 300 ppl cada 100 mil habitantes. (ppl*: persona privada de libertad). ‘ppl cada 100 mil habitantes’ es la forma de medir a nivel internacional”. En la nota se decía que la cifra era cada mil habitantes.



jpetraca