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El viaje de la antorcha

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Y un buen día, los argentinos nos enteramos de que se vienen los Juegos Olímpicos.
No fue ni por la clasificación de Michael Phelps ni por el terremoto que produjo el desgarro de Usain Bolt.
Tampoco por la victoria de las Leonas que ganaron, una vez más, el Champions Trophy y llegan fuertes camino a la ilusión de quedarse con el único título que le falta a su enorme historia.
Ni siquiera por esa nube de estiércol que sobrevuela al seleccionado olímpico que el Tata Martino no tiene: los mismos dirigentes que piden millones al país, que manejan clubes en los que presumen tener algo más que fútbol y que no dudarían ni un instante en recordar que de las entrañas de esos clubes surgió un patinador que ganó un diploma panamericano, se cagan olímpicamente en los juegos –y en nuestra delegación– anunciando que no cederán jugadores a la causa, con la firmeza de quien presume estar encarando empresas superiores para los intereses de la nación.
Los Juegos Olímpicos de Río 2016, para los que falta apenas un poquito más de un mes –más razones para agarrarse la cabeza pensando en el despropósito del fútbol–, llegaron a la sobremesa de todos los argentinos de la mano de Calu Rivero, a quien no conozco pese a saber claramente de quién se trata, y a quien se lapidó sin miramientos desde la presunción de que había sido convocada a participar de los relevos de la antorcha olímpica como representante del deporte argentino.
A la actriz y modelo catamarqueña la convocaron los organizadores de los juegos –brasileños– por tratarse de una personalidad que, fuera del deporte, tiene cierta influencia en las redes sociales. Hace décadas que el olimpismo sostiene esta lógica que fluye entre el marketing y la leyenda a través de la cual intenta universalizar la influencia de las competencias aun por fuera del deporte. Es una lógica muy acorde con lo que pasa en la Argentina: nadie deja de enterarse, a diario, de los procesos gastrointestinales del lateral derecho de un equipo que juega el Torneo Federal B. Eso sí, sobre los olímpicos, todos hablamos un par de semanas, cada cuatro años.
El COI atraviesa ese camino desde el marketing, porque está cada vez más atento a las variables vinculadas con métodos contemporáneos de comunicación: un argentino, Benjamín Paz, maneja la gerencia de vínculos digitales y redes sociales de los juegos, espacio que nadie hubiera imaginado podría haber existido hace una década. Por eso, además de a Rivero, convocaron a un youtuber chileno.
Y se aferra a la leyenda de la mano de un bonito cuento de los tiempos antiguos.
Aquellos juegos de 3 mil años atrás no contaban con la complicidad de internet, la tele, el HD o Instagram. Ni de los diarios. Ni de la escritura formal. Cuentan que la forma de anunciar que se venía un tiempo de paz en el que los dioses del estadio viajarían desde sus aldeas hasta Olimpia era a través del traspaso de una antorcha. De mano en mano, el símbolo. De boca en boca, el mensaje. Un mensaje y un símbolo que jamás se estableció que debía llevar un deportista. Podía serlo. Tanto como no serlo.
Quizás por eso, el colorado de Harry Potter, el protagonista de Generation X o el líder de Black Eyed Peas fueron relevistas en Londres 2012. Quizás por eso, para que el mensaje que no hace falta nos llegue a los amantes del deporte sino a aquellos que no lo son –“todos hablamos un par de semanas, cada cuatro años”–, es que se eligió a Calu Rivero.
Quizás por eso, el 11 de abril de 2008, un señor coreano gerente de área en la sede paulista de Daewoo fue quien me entregó la antorcha en Puerto Madero. Ni él, ni yo, ni Rivero, ni O.J. Simpson –relevista en 1984–, ni David Beckham –un olímpico que jamás fue– merecemos ocupar el lugar de un referente de los anillos.
Sucede, simplemente, que el recorrido de la antorcha olímpica no es el lugar exclusivo del deportista. Sólo lo son los tramos sensibles de ese viaje: el pase del fuego olímpico en Olimpia, la llegada a Brasil o los últimos kilómetros antes de la ceremonia inaugural. El pebetero olímpico lo encenderán señores de la talla del quíntuple medallista Robert Scheidt o el enorme nadador Cesar Cielo. Jamás el creador de la caipirinha; aunque tiene sus méritos.
Estoy convencido de que Calu Rivero se equivocó en hablar de espíritu olímpico y otras profundidades que, sin dudas, están reservadas para los deportistas que han participado en esos asuntos. Tanto como estoy convencido de que no es culpable más que de eso. Que no nos representa como deportista, que jamás se la convocó en esa línea y que está lejísimos de ser un tema tan grave como se lo instaló desde los medios.
Creo que el enojo de varios queridos y admirados deportistas nació a partir de desconocer que ellos sí estarán representados por un colega: el 10 de julio, pasado el mediodía de Florianópolis, Sebastián Crismanich será quien lo haga. Campeón olímpico en Londres, supongo que no habrá demasiadas objeciones al respecto.
Tampoco habrá ayudado demasiado que se haya conocido sólo bien avanzada la tarde que en la convocatoria de Calu no tuvo nada que ver la Argentina.
Después, nosotros. Los periodistas. En ciertos casos esa especie incalificable de los malos panelistas –los hay muy buenos y serios– que eligen una postura no para decir lo que piensan sino para acomodar sus torpezas orales a la necesidad de ocupar un par de segundos más, siempre amenazados por el minuto a minuto que los manda a camarines más temprano que tarde.
En esos casos, importa un bledo que todas las conclusiones que se saquen a partir de creer que dos más dos es cinco sean equivocadas. Se conforman con gritar un poco, colar dos tuits y devolver a las amigas de vestuario esa pilcha prestada que jamás volverán a usar.
Fue una semana de bastante daño al deporte en ese sentido. Una semana que comenzó con algunos futbolólogos asegurando cosas que jamás pasaron y parafraseando textos que jamás se dijeron sólo para justificar una opinión, una vez más, moldeada a la necesidad de quien los convoca o contrata: Messi pecho frío, Martino el villano, el tobogán de las renuncias… Un gran cero al as buena parte de lo pregonado. Que todo eso repercuta en una opinión pública muchas veces inadvertida o desconocedora de ciertas profundidades, poco importa. Jamás garpa decir la verdad si, haciéndolo, no pegás quince seguidores más en Instagram.
Una semana que terminó con Calu Rivero.
A los queridos deportistas que se sintieron ofendidos –varios de los cuales considero ya amigos–, todas las explicaciones y salvedades del caso. No sólo creo que no era para tanto sino que estoy convencido de que varios de ellos comprenderán ese asunto de que el viaje de la antorcha involucra tanto a atletas como a periodistas, políticos, maestros, activistas en favor del medio ambiente y vecinos destacados del barrio por cuyas calles cruza el fuego olímpico. También modelos, youtuber e infinidad de colados designados por los sponsors, sin cuyo aporte no tendríamos ni estadios, ni villa olímpica, ni medallas. No es el mayor de los cinismos que asoman cuando pensamos en el lado oscuro de esto que tanto nos apasiona.
A los amigos colegas que andan escandalizados con el tema, les hago un pedido solidario.
Ya que se han interesado abruptamente por el olimpismo y el esfuerzo, la dignidad y la argentinidad de sus protagonistas, ¿no se harían un huequito para tratar esto de que los mismos clubes que le piden fortunas al Estado se niegan a cederle jugadores al equipo olímpico?
Tal vez, de atender lo relevante y no lo intrascendente –y erróneo– surja un auténtico apoyo al deporte de parte de ustedes. Tal vez, si entre tanta densidad de alcoba siguieran machacando con esto de los anillos, descubrirían historias de atletas paraolímpicos que desertaron porque alguien condicionó su presencia en el equipo a cambio de ceder la mitad de la beca. O de menores de edad manoseadas por delegados en competencias internacionales.
O de deportistas culpables de doparse y de aceptar que algún entrenador o dirigente les diga que, si no se dopan, no compiten.
Quién te dice, entonces sí estarían haciendo algo copado por el deporte.

gbonadeo