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El Víctor muro

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La Argentina moderna tiene ya muchas cosas, como todo lo moderno, que también tiene muchas cosas. Por ejemplo, los incluidos y los excluidos. Para estos últimos, el mundo de los incluidos es algo extraño, ajeno a todos ellos con reglas y lenguajes que no le son propios.

En los incluidos hay algunos que se describen como de centroizquierda, algo absolutamente abstracto para los excluidos, y que consideran que su sensibilidad social para con los excluidos merece algunas visitas a su territorio. Incluso sostienen asumir la posibilidad de comprender el estado en que éstos se encuentran, justamente por su sensibilidad social superior.

Hay incluidos, que los de centroizquierda identificarían como de derecha, para los que los pobres serían pobres porque quieren o les conviene. Esta consideración espantosa del desarrollo social tiene una ventaja, que es no tener interés en entrar en contacto con los excluidos. Sin embargo, Víctor Hugo va, y como es de centroizquierda le dice: “Maestro, ¿me ayudás a entender qué es lo que pasa?”.

En un texto fantástico de sociología (La bemba), Emilio de Ipola describe el modo en que se construye el rumor carcelario basado en su experiencia como preso político y trata también la modalidad en que se establecen las relaciones de interacción entre el detenido y fuerzas de seguridad. Los presos políticos, al contrario del resto de los detenidos, eran peligrosos porque tenían ideas, habían leído y por lo tanto si empezaban a hablar, podrían casi como una sirena intelectual, engañarlos, ingresar en sus mentes y vencerlos. La pregunta que hace Víctor Hugo al joven que viene a recibirlo, como si fuera un agente de migraciones, nunca es respondida. El joven no quiere hablar con él, no quiere ingresar en ninguna cosa rara, no quiere pensar o reflexionar junto con el relator y periodista con compromiso social.

El auto blanco aparece y apenas lo golpea en un gesto claramente intimidatorio. Parece que el que los había recibido primero era el ayudante, pero éste que manejaba era el capo. Baja del auto con gesto de líder pero con las mismas herramientas discursivas, y tampoco tiene interés en volver a pensar sobre las condiciones sociales de la Argentina, ni del rol del grupo Clarín y los medios de comunicación en la sociedad de masas. Pero Víctor Hugo le dice también a este segundo: “Yo lo que quiero es entender”.

El paso hacia lo que se describe como modernidad en ciencias sociales, entre otros conceptos, se vincula con el reemplazo de lo concreto por lo simbólico. En la descripción clásica de Weber, el Estado es el que posee el monopolio para la amenaza del uso de la fuerza, es decir que se reemplaza el uso directo de la violencia por su amenaza. Los Estados pierden poder cuando la amenaza deja de serlo y nadie reconoce en el Estado su autoridad. Se quiebra el símbolo y se pasa a la violencia directa.

Los excluidos representan una complejidad superior porque se encuentran no sólo fuera del mundo simbólico del Estado de los incluidos, sino que al mismo tiempo construyen su propia estructura simbólica, y hasta su violencia, impenetrable para Víctor Hugo. Rendido, cae en la trampa etnocéntrica y pregunta: “¿Hay alguno con el que se pueda hablar bien?”. Para Víctor Hugo, hablar bien es recorrer el diálogo bajo las reglas de los incluidos; el joven le responde: “No quiero que me expliques nada”.
El símbolo tiene el poder de con su generalidad representar un todo más allá de especificidades locales. Los valores y costumbres genéricos de la sociedad no son replanteados a cada instante sino que toman la forma de prácticas reproducidas diariamente. En los espacios de exclusión parecen darse mecánicas de poder locales y hasta el uso directo y constante de la fuerza. Le dicen a Víctor Hugo “que hagan en su barrio, ¿dónde vive él?”; ofreciéndole que se desplace a otro territorio con vaya a saber qué reglas.
A Víctor Hugo ni lo miran a los ojos, “váyase, váyase”, mientras camina y mira al piso. La posibilidad de comunicación está completamente anulada, por lo menos la que proponen los extranjeros del barrio. Para ellos Víctor Hugo es peligroso, no hay que mirarlo, te podría llegar a encantar con sus palabras complejas y su relato mágico.
El muro no es de Clarín, es de la cultura, y por eso todo es tan grave.

*Sociólogo. Director de Ipsos Mora y Araujo.



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