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El volcán

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El camino hacia ese “otro país” que siempre se promete y espera al otro lado de la cordillera de una elección, como se sabe, comienza con el primer, las primeras, Paso. El ciudadano, andinista del día a día, husmea en los restos de esas huellas. Presiente que en el principio está el fin. Esa señal inicial le achica a no más de dos, tres a los sumo, los senderos de los nombres a quienes seguir en la retrepada del futuro posible.

Todos quieren, queremos, hacer cumbre ahí y mirar desde arriba el pasado al que ya no volveremos a bajar. Pero esa cima tan anhelada, que nos acerca al sol y al cielo de una convivencia más tranquila y amistosa, hasta ahora nunca fue alcanzada. Vaya a saber por qué razón, misterio, conjuro, azar o destino. Cuando no es un abismo ideológico que se abre, es una tormenta de asesinos o una avalancha de ladrones, pero siempre hay algo que nos regresa, rodando hacia atrás, al desierto desconcierto.

Si bien se lee, los resultados que se suman cada semana indican que los jefes de los campamentos base –Neuquén, Salta, Ciudad Autónoma de Buenos Aires– mantienen el control sobre su montaña de votos, casi sin que se les mueva la aguja que registra movimientos sísmicos. Pero dos semanas antes, en dos de las altas cumbres que se elevan sobre el mapa de la política argentina –Santa Fe y Mendoza– se produjo un temblor que se notó en la Capital. Fue tan fuerte que a mucha gente que lo veía por la televisión le hizo creer que Macri bailaba.

Los sherpas de las campañas electorales y los gurúes dan por hecho que aparato mata galán, imagen a contenido y subsidio a empleo. Además, están Artemio López, Aníbal Fernández y otros “buscas” y “soldados” que festejan por “militar” y liquidar a civil que piensa. Para ellos la única verdad es el relato. Pero, aun así, algo más se mueve ahí, abajo. ¿Corre, acaso, sobre el cauce de una grieta subterránea, un río de lava hirviendo que une Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Capital, provincia de Buenos Aires? 

En octubre la sociedad va a entrar en erupción. El furioso vómito electoral arrojará piedras, polvo y fuego, y de la tiniebla surgirá el nombre de un hombre, o de una mujer. Pero nadie puede anticipar todavía, ni sabrá entonces, en qué dirección va a soplar el viento y sobre quién caerán las cenizas de la derrota. El tiempo es cada vez más inestable. De pronto, debido al cambio climático, un remolino de emoción o de bronca puede cubrir de olvido los campos más fértiles del poder.

Entretanto, el volcán da señales. Larga humito. ¿ De satisfacción? ¿De bronca? ¿Se fuma un faso después de hacer el amor, de comer, de consumir, de asegurarse que nada va a cambiar? ¿Bufa, rebuzna, hociquea, refriega los cascos, larga vapor por la nariz como un toro de dibujito animado, harto de que le claven consignas como banderillas? El magma levanta temperatura en todo el país.

A lo largo de la cadena de cráteres, las viejas tapas de la olla peronista, Alperovich, Insfran, Capitanich, Menem, Fellner, Zamora, Kirchner, De la Sota, Urtubey, Scioli, resisten la presión ¿Volarán por los aires o harán negocio con el humo? Por las dudas, no estaría de más que la Justicia vaya evacuando los alrededores de corruptos y los preserve en cárceles seguras. Se los necesita para exhibirlos como ejemplares de una fauna peligrosa, depredadora de las esperanzas de generaciones enteras

Todo lo demás depende de nosotros. Votamos caras que representan a “líderes” que, a su vez, representan lo que cada uno cree que representan. Sin partidos, sin programas, ellos son parte de algún “espacio” o “frente” en el que, supuestamente, caben los intereses de sus representados. Pero va a llegar el momento en que quedarán sólo dos, y ahí te quiero ver, país.

Al fin, con el voto sucede como con las lágrimas, se llora por uno y se vota por uno. Por lo que se sueña, por lo que se desea. Pero algo que nunca podrá hacer el que llegue, empujado por la mayoría, es que el camino sea cuesta abajo para todos los demás. Es uno el que da el primer paso, y luego el siguiente, y así. Si uno cambia, todo cambia.  

*Periodista.



Carlos Ares