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El voto y el afiche de Bergoglio

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Francisco tiene un aura particular y parece que puede transmitir su imagen a todo lo que toca. Por lo menos, eso es lo que sintió esta semana Dilma Rousseff, que luego de trastabillar por las protestas del “brasilerazo”, ahora recupera aire en las encuestas. Los más entusiastas asesores de la jefa del Partido de los Trabajadores sostienen que el Papa logró un “cambio de clima” en Brasil al poner fin a la negatividad de las protestas de los indignados. El argentino reunió a 3 millones de personas en las playas cariocas de Río de Janeiro y, por lo visto, logró contagiar de esperanzas a los brasileños que ya no cuestionan el precio del transporte ni la corrupción.

En un año electoral para la Argentina, la pregunta se traslada hacia estas tierras: ¿cuál será el político local que podrá ser bendecido por el Papa argentino? ¿Cómo se traducirá la franciscomanía en la campaña electoral que este año puede ser una bisagra para el kirchnerismo, profundizando su hegemonía o iniciando su fin de ciclo?

Todo parece indicar que no serán los profetas del odio los que cosecharán las buenas ondas franciscanas. Parecería ser que el diálogo, el consenso y la fraternidad que predica Jorge Bergoglio estarían poniendo fin a la lógica amigo-enemigo que Ernesto Laclau, autor intelectual de la dicotomía K, supo imponer en los últimos tiempos. Sin embargo, la repentina bergoglización de Cristina Kirchner y sus militantes más cercanos abre interrogantes.

Mario Poli, sucesor de Bergoglio en la Arquidiócesis de Buenos Aires, quizá tenga la respuesta: “Hay fotos del Papa hasta en los termos, en las vinchas, en los gorros –dijo esta semana Poli–. Y hay también algunas fotos de afiches. No quisiera el Papa que (su imagen) muera en un afiche”. El Papa se hizo póster. ¿Quién se beneficiará con esa foto?



Rodrigo Lloret