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El zapping literario

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El otro día descubrí que el inconsciente es conservador, por no decir reaccionario. Soñé que tenía que hacer un viaje y no llevaba ningún libro. Desperté sofocado por una pesadilla innecesaria. Es cierto que si voy por dos días a Buenos Aires, nunca llevo menos de cuatro libros conmigo (y vuelvo con veinte), pero el individuo que rige mis sueños no quiso aceptar que la situación no era grave ya que tenía la computadora; el muy cabeza dura sigue pensando que los libros existen sólo en papel.

Para probarle que se equivoca, inventé un experimento irrefutable. Todo empezó cuando un tal Johnny Malone envió un comentario a mi blog en el que mencionaba el suyo, dedicado a las novelas de espías y lleno de referencias a escritores perdidos, olvidados y desconocidos. Malone tiene miedo del FBI y no hay material para descargar en su sitio, pero me mandó por correo electrónico uno de sus preferidos, La señal del escorpión (1979). Es una aventura de Quiller, espía británico de la Guerra Fría creado por Adam Hall, seudónimo de Elleston Trevor (1920-1995), jornalero literario que escribió casi cien novelas bajo distintos nombres. Quiller no es Bond sino un personaje atenazado por la angustia. Y no es para menos: su misión es ir a Moscú para rescatar a un agente en manos de la KGB. La novela no está pensada para adaptarse al cine, ya que se ocupa todo el tiempo de los pensamientos terroríficos del personaje, perseguido en un territorio hostil y preocupado por su eventual resistencia a la tortura. Me gustó lo que leí de Quiller y descubrí que las veinte novelas de la serie están disponibles en la web (en inglés) y tardan (todas juntas) menos de un minuto en bajar a la tierra. Así ocurre con muchos otros autores de pulp fiction 50-70 (la época dorada para el género). Algunos libros se pueden comprar (legalmente) a un centavo de dólar o descargar (ilegalmente) por menos: hay una galaxia de libros a un click de distancia. Y no es exactamente la Gutenberg.

Mientras me entretenía con Quiller, apareció una mención a otro autor, Lawrence Block (1938), que empezó cuando todavía se podía escribir policiales que no fueran ni políticamente correctos, ni absolutamente truculentos, ni tuvieran quinientas páginas. Block es elegante, imaginativo y gracioso. Su detective, Matthew Scudder, un ex policía alcohólico en conflicto con el dinero, que nunca sabe cuál es el grado de vileza y corrupción que se debe aceptar, es un hallazgo; la descripción de los bares de Nueva York y su fauna es insuperable. Hace una semana, no había leído nada de Block, pero hoy puedo dar una conferencia gracias a la lectura electrónica. Es que empecé por el primer Scudder, Los pecados de nuestros padres, pero la ansiedad hizo que empezara el segundo sin haber terminado el primero y en un momento llegué a leer cuatro a la vez en dos idiomas, incluyendo When the Sacred Ginmill Closes, titulado a partir de un verso de Dave Van Ronk que tiene el mismo sentido de “si se apaga Balderrama”. No reclamo haber inventado el zapping literario, pero pude comprobar que tanto la disponibilidad en la web como la posibilidad de pasar fácilmente de un libro a otro hacen que el interés se mantenga y aumente la resistencia a la fatiga. Hagan la prueba. Estoy seguro de que voy a terminar convenciendo al de arriba.



Quintín