COLUMNISTAS CAUCASO EN ARMAS


El zar de la guerra

La guerra entre Rusia y Georgia en 2008, la primera europea del siglo XXI, fue el principio del “regreso” agresivo de la Rusia de Vladimir Putin a la dinámica del poder mundial.

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Por pura coincidencia, las dos cortas, malvadas y brutales guerras del Cáucaso desde el principio del siglo XXI, la de Georgia y Rusia en agosto de 2008 y la de Azerbaiján y las fuerzas armenias de la no reconocida República de Nagorno Karabagh en el inicio de abril de este año, duraron más o menos cinco días.

La primera, considerada también como la primera guerra europea del siglo XXI, marcó un antes y un después en la dinámica internacional. Ante la decisión del entonces presidente georgiano Mijeil Saakashvili, el líder de la llamada Revolución de las Rosas de 2003 e hijo mimado de los aliados occidentales, de recuperar militarmente Osetia del Sur, Moscú reaccionó rápidamente. Las fuerzas rusas, aparentemente preparadas para la eventualidad, entraron el territorio georgiano y ocuparon, entre otras, el puerto de Poti al sur de Abjasia, y Gori, la ciudad nativa de Stalin antes de la entrada en vigor de un cese de fuego. Georgia pagó muy cara la derrota que sufrió en la guerra, aunque Saakashvili se mantuvo en el poder, no tuvo que rendir cuentas por su decisión, que no se supo muy bien si había sido más especulación, para no decir aventurerismo, o se basó en un cálculo estratégico con alguna garantía de respaldo internacional. Terminó su mandato en 2012 cuando perdió las elecciones parlamentarias. Se fue de Georgia para, primero, aceptar un puesto en Tufts University en Estados Unidos y, luego, a raíz de su apoyo al movimiento Euromaidan y la llamada “revolución ucraniana”, recibió del entonces presidente Petro Poroshenko la nacionalidad el 28 de mayo de 2015 y el 30 fue nombrado gobernador del Oblast (región) de Odesa…

La guerra ruso-georgiana marcó un antes y un después no sólo en la región, sino también en la política internacional y fue el principio del “regreso” proactivo, sino agresivo de la Rusia de Vladimir Putin en la dinámica del poder mundial. La consecuencia más inmediata de la guerra de 2008 fue el reconocimiento unilateral de Moscú de Abjasia y Osetia del Sur, anteriormente regiones autónomas en Georgia Soviética que se separaron y unilateralmente declararon su independencia a raíz de los enfrentamientos armados con las tropas georgianas en 1991. A nadie se le escapó que Moscú devolvía gentilezas a la administración de Bush y algunos de sus aliados europeos, quienes en febrero de 2008 habían reconocido la independencia de Kosovo. Más importante, la derrota de Georgia trazaba una “línea roja” que Rusia siempre había declarado a la expansión al este de la OTAN cuya presencia en la llamada “vecindad cercana”, la periferia de la ex URSS, era inadmisible. Desde entonces, Crimea y Siria reflejan las dos caras del intervencionismo ruso: neoimperialismo y balance de poder.

Todo indica que, por ahora, Moscú ha optado por el balance de poder entre Armenia y Azerbaiján, una postura aparentemente paradójica considerando que Ereván forma parte del Tratado de Defensa Colectiva y Rusia tiene bases militares en Armenia. Es cierto que la ofensiva que Azerbaiján lanzó a lo largo del frente oriental contra las fuerzas armenias en Nagorno Karabagh no amenazaba el territorio armenio y, por lo tanto, no involucraba una agresión contra su aliado para justificar la activación del tratado. Rusia, al fin y al cabo, es, junto con Estados Unidos y Francia, uno de los tres copresidentes del Grupo de Minsk creado en 1992 en el contexto de la Organización para la Cooperación y Seguridad Europea, el marco legal para negociar una resolución del conflicto. En otras palabras, Rusia, en principio, no adhiere a la versión de Azerbaiján que considera a Nagorno Karabagh como un territorio “ocupado” por Armenia, tampoco acepta el reclamo del lado armenio de haber liberado un enclave históricamente armenio y arbitrariamente anexado a Azerbaiján por Stalin; se trata de un conflicto cuya resolución debe ser pacífica como afirma el Grupo Minsk. Pero, como casi un detalle, en los enfrentamientos de la primera semana de abril que por su envergadura y violencia fueron los más graves desde el establecimiento del cese de fuego en 1994, el armamento ruso, incluyendo misiles de última generación que se usaron contra la población civil, vendido a Azerbaiján fue, junto a la tecnología militar israelí, el gran protagonista. Es lo que provocó indignación y protesta en Armenia tanto a nivel oficial como en las calles. La respuesta de Moscú fue asegurar a Bakú que Rusia seguirá vendiendo armas a ambas partes; en un sinceramiento entre cínico y suicida, el primer ministro Dmitri Medviedév declaró que si su país dejara de hacerlo, otros lo harían y así perdería mercado; más adelante el gobierno de Putin justificó una política que, argumentó, mantiene un equilibrio entre ambas partes. Azerbaiján, gracias a la bonanza del petróleo, tiene un presupuesto de defensa que supera veinte veces el gasto militar armenio y paga, o pagaba…, todo a precio de mercado; a Armenia, como aliado, Rusia vende armas a precio subsidiado.

La ofensiva de Azerbaiján no logró modificar la situación en el terreno. La guerra seguirá como en los dos últimos años con francotiradores reactivados, bombardeos intermitentes e intentos de incursión y sabotaje. Sin un serio interés para su resolución, la política seguirá siendo la continuación de la guerra por otros medios. No se extraña, por lo tanto, que la postura de Rusia reflejara aquella actitud de Nicholas Cage en El señor de la guerra, quien calculando que a cada 12 habitantes del planeta le tocaba un arma de fuego se preguntaba “cómo hacer para armar a los 11 restantes”. Aunque cuesta creer que tendría la misma cara de frialdad que el actor en el papel del traficante Victor Bout ponía en el film considerando que estos once restantes podrían bien ser aquellos que se fueron a Siria y volvieron para expandir la Yihad en el Cáucaso, Chechenia, Daguestán...
        
*PhD en Estudios Internacionales de la University of Miami. Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.



Khatchik DerGhougassian