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Elecciones en Europa y el elogio a la banalidad

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Hace  200 años que Thomas Malthus sostenía en su ensayo sobre la población,  que las guerras, las pestes y las enfermedades eran mecanismos  “naturales” de ajuste para una relación más equilibrada entre la población y los recursos. Como si 200 años no fueran nada: Primera y Segunda Guerra, Holocausto y limpieza étnica en la ex Yugoslavia de por medio, Jean Marie Le Pen desde el país emblema del humanismo, reproduce  el aspecto más revulsivo del pensamiento malthusiano, sugiriendo la conveniencia de una epidemia del virus Ebola como modo de resolver el problema migratorio europeo en origen. No es un exabrupto, su retórica es el resultado de un cuidadoso diseño, y para los analistas, una de las razones principales del triunfo del ultranacionalismo en las elecciones de la UE.
 Lejos de morir, las ideas de Malthus  sufrieron un aggiornamiento a través del tiempo hacia la corrección política. Prestigiosos científicos –la mayoría del campo de las ciencias naturales– conformaron el Club de Roma: un think-tank global neomalthusiano, que ve en el control poblacional el eje principal de lucha contra la falta de recursos. El hilo conductor es el sesgo en el abordaje del problema: si los recursos no alcanzan, es más fácil controlar la inmigración –única fuente de aumento de población en un continente de tasas negativas, en lugar de interpelarse por las asimetrías distributivas, o los ciclos recesivos del capitalismo que congelan– por la disciplina fiscal a la que están sujetos los estados de la UE, y la consiguiente desinversión –potenciales expansiones productivas de los recursos durante años–.
El poder de seducción de estas ideas no es ideológicamente excluyente. Desde el marxismo en su Geografía del Subdesarrollo el geógrafo francés Yves Lacoste observaba cómo las inversiones demográficas anuales en equipamientos y salarios en educación, sanidad, etc. en países en países pobres de gran crecimiento poblacional superaban el 15% del PBI comprometiendo recursos para el desarrollo. El propio Che Guevara –que en un discurso en la Unctad contra el control de la natalidad en el tercer mundo, denunciaba al capitalismo  por obligar a gobiernos en América Latina a restringir posibles avances de la frontera agrícola para que una caída generalizada de precios, efecto de una sobreproducción, no dejara a los más débiles fuera de combate– no vivió para ver su aplicación en Cuba. China con su “One Child-Policy” sería –sin duda– un ejemplo paradojal de no conocerse la afición pragmática de sus líderes.
En medio de la crisis en la UE, un segmento promedio del 20% del electorado (en Francia y el R.U.) golpeado por la recesión y frustrado por la falta de respuestas de los partidos tradicionales expresa en las urnas su crisis de representatividad del peor modo posible: comprando la banalidad analítica de falsos profetas de prosperidad que reducen la complejidad de la pobreza al excedente migratorio. La estafa conceptual se completa con éxito porque apela  a la desconfianza y el temor inconsciente hacia un “otro” culturalmente distinto que nos habita desde la infancia, como resultado necesario de la diferenciación del yo para la construcción de la identidad, y que la cultura nunca termina de exorcizar.
Hanna Arendt decía que la banalidad va de la mano de la anomia, en tiempos de vacas flacas nadie recuerda que no es posible siquiera pensar Europa sin el imprescindible aporte de sus inmigrantes, funcionales durante décadas a mercados laborales hambrientos de trabajo manual complementando la mayoritaria presencia de locales en el segmento profesional, internalizando el desempleo cuando por la robotización, eran los primeros en ser despedidos. Pero los tiempos cambian, la crisis quedará atrás, y seguro que las envejecidas pirámides de población europeas volverán a clamar  por sangre joven como único modo de resolver los crecientes pasivos en sus sistemas jubilatorios y de salud. Acaso entonces sea conveniente olvidar los discursos de hoy, ¿podrán los inmigrantes?

* Profesor y licenciado en Geografía de la Universidad de Buenos Aires, M.A, UNY.



Hector Zajac