COLUMNISTAS RUMBO A OCTUBRE

Elecciones y agenda

El Gobierno y la opinión pública parecen no estar en vísperas de comicios. La transición que viene.

PERFIL COMPLETO

El tema del momento es el proceso electoral; al menos es un tema para los medios de prensa y para los analistas que responden a las demandas de cada día. Sin embargo, el gobierno nacional parece enfocado en una agenda que ni con mucha imaginación puede ser relacionada con una campaña electoral, y la sociedad parece tomar poco en cuenta que en menos de dos meses estará votando nuevamente, y esta vez en una elección de significado inequívoco.

El Gobierno hizo cuanto pudo para concentrar en estos meses diversas iniciativas sin estar seguro de poder alcanzar los resultados que busca, y para encarar temas litigiosos, en la mayoría de los cuales ni sus propios votantes lo acompañan. Si alguien en el Gobierno hubiera pensado en esta elección con sentido de realidad, habría tratado de postergar unos meses el acuerdo YPF-Chevron, habría esperado hasta noviembre para abrir el tema LAN y para generar un entredicho desagradable con el presidente Sebastián Piñera, habría procurado llevar a la larga el tema de los holdouts y no habría arriesgado entrar en otro entredicho, en este caso con el presidente de los Estados Unidos, y del mismo modo trataría de dilatar el desenlace del conflicto con Clarín en la Corte Suprema, para mencionar sólo algunos ejemplos. Para coronar el primer mes posterior al mal trance de las PASO, sólo faltaría ahora que se produjera algún incidente poco afortunado con Rajoy.
Por otra parte, en ninguno de los temas que el Gobierno ha definido como prioritarios hay consensos claros, ni en la sociedad ni en los sectores de la política, y ni siquiera es seguro que los haya dentro de las filas del oficialismo. No es buena idea cargar la agenda con esos temas en medio de un proceso electoral.
En cuanto a la opinión pública, ante la elección de octubre parece estar, literalmente, en otra cosa. La mayoría de la gente se manifiesta poco interesada en la elección –lo que, por lo demás, no es novedoso en la Argentina de la última década–. Las preocupaciones predominantes en la sociedad, que tienen poco que ver con los temas del momento, no se modifican; los indicadores del estado de la opinión pública casi no varían y las preferencias y valoraciones que hace la gente de los dirigentes políticos nacionales muestran notable estabilidad –Massa, Scioli y Cristina Kirchner siguen encabezando esas valoraciones, a buena distancia de los que les siguen en la tabla de posiciones–. Los resultados de las PASO no han modificado ese cuadro y por ahora no parece que las campañas electorales vayan a hacerlo.

No sorprende entonces que la política electoral esté todavía más impregnada de rumores y murmullos que de campañas propiamente dichas. En los distritos donde las cosas están ya definidas, los candidatos hacen lo que parece obvio; en los que hay todavía márgenes para producir cambios en las intenciones de voto, algunos dirigentes nacionales tratan de apoyar a candidatos de su preferencia. En la Capital cabe esperar un esfuerzo más intenso del PRO para asegurarse algunas bancas más en la Legislatura si se toma como referencia el caudal que obtuvo en las PASO; hasta ahora no se lo ve. En distritos como Santa Fe y Córdoba, el Frente para la Victoria, ya habituado a sus pobres resultados, parece haberse resignado a una derrota contundente. En la provincia de Buenos Aires el problema es notoriamente mayor. La campaña con la marca Scioli/Insaurralde está encarando decididamente temas que para el Gobierno hasta ahora han sido tabú, como la inseguridad y la inflación, que son los temas que dominan las preocupaciones en los estudios de opinión pública y que obviamente son los que Massa levantó hasta ahora. Algunos pesos pesados del kirchnerismo miran para otro lado o se proclaman “peronistas” de toda la vida, mientras muchos esperan el resultado de octubre desde la platea, para decidir oportunamente qué harán.
Todo hace pensar que la Presidenta ha delegado el problema de la elección en la provincia de Buenos Aires a Daniel Scioli y al candidato Insaurralde, con lo que el tono de la campaña responde al estilo del gobernador y va dejando crecientemente descolocados a los voceros “duros” del oficialismo. Insaurralde va adquiriendo un perfil más definido en la opinión pública, donde era un perfecto desconocido hasta hace poco, y ese perfil sin duda se parece al de Scioli (y por lo tanto al de Massa, claro). Pero la contribución del gobierno nacional a la campaña electoral en la Provincia no está para nada clara. Excepto que la agenda del Gobierno y la manera de manejarla no son, hasta ahora, conducentes a mejorar sustancialmente el caudal electoral obtenido en agosto.

El resultado electoral de octubre será, por cierto, muy decisivo para determinar cómo sigue la historia. La composición de la Cámara de Diputados en los próximos dos años depende de esta elección, y las proyecciones pesimistas auguran un retroceso del oficialismo. Pero la mayoría de los votantes no hace demasiadas cuentas en ese sentido para decidir su voto. En las encuestas de estos días llama la atención la disociación entre el voto –con su sesgo desfavorable al gobierno nacional– y la valoración de la Presidenta –que aunque ha bajado notoriamente, sigue manteniéndose en niveles cómodos para los estándares corrientes en el mundo de hoy–.
Si las campañas no cobran intensidad a partir de ahora, si los candidatos siguen confiados en que sus intervenciones ligeras en la comunicación política cotidiana producirán efectos sorprendentes sin entenderse por qué, si el Gobierno sigue actuando como si la elección fuese un tema mediático más, los resultados de octubre no tienen por qué ser muy distintos de los de agosto.

Para la mirada de los analistas, todo esto anticipa un escenario post 2015 con matices “post kirchneristas”, lo que se llama el fin de una era y la transición a otra. Para el grueso de la sociedad, parece menos claro que ese concepto tenga mucho significado. El Gobierno parece confiado en que el resultado de las PASO haya sido un estallido pasajero de mal humor del electorado, como esas peleas familiares que se agotan rápidamente y después del estallido se disipan; por lo tanto, espera que en octubre el voto recupere sus tendencias anteriores. Pero es muy posible que eso no suceda. Qué hará el Gobierno cuando se cuenten los votos la noche del 27 de octubre es una pregunta que a muchos les preocupa más que los problemas de cada día, siempre bastante parecidos a los del día anterior.
 



Manuel Mora Y Araujo