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Elija el final

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¿Un café, señora? Hay poco que hacer en un velorio. La muerte detiene, es lo que tiene, ¿no?. Corta de un tajo el tiempo de uno y demora, interrumpe por unos días, el de la familia, los amigos, y el de los que giran alrededor. Andan medio boleados, deambulando en el vacío, reclamando más minutos, como en el fútbol cuando ya todo está perdido, aunque todos saben que nadie, nunca, le sacó un empate a la muerte, ni consiguió ir al alargue. Salvo Víctor Sueiro.

¿Edulcorante? Bien, hace bien señora, hay que cuidarse. La muerte también nos hace comprender que tarde o temprano llega y que es mejor recibirla en buen estado, delgado de intereses, sin grasa en la conciencia, “ligero de equipaje”, como recomendaba el poeta.

Y más usted, que puede elegir el final. No digo el físico, Dios libre y guarde, hablo del final político, que ese también llega. Si le parece que no, ahí lo tiene al finadito. Un cadáver, sí, una víctima más del cáncer. Pero, además, un cadáver “político”. Con todas las honras, con todos los discursos de circunstancias, “hasta siempre Comandante”, “la lucha sigue”, “está vivo en el corazón de su pueblo”, y la revolución y bla, y bla, y bla.

Pero usted bien sabe, señora, que ahora empieza el juego de la silla. ¿Recuerda todavía al general? Sí, claro, si usted dice que es peronista. Bueno, ¿y qué pasó cuando murió? El único heredero era el pueblo, pero los bienes se los repartieron entre los “allegados”, Isabel, López Rega, Casildo Herrrera, Firmenich, Verbitsky, los montos, los sindicalistas, el peronismo al fin, el que nos entregó atados de pies y manos a Videla.

Está a tiempo de cambiar la historia, señora. Dese el gusto que no se dio nadie. Ni Perón, ni Isabel, ni el finadito Alfonsín, ni Menem, ni De la Rúa, ni el Adolfo, ni Duhalde. Usted me dirá: “EL sí se lo dio”. Sí, es cierto, le entregó la Casa Rosada a usted y se quedó rosqueando en Olivos para no tener que viajar al centro y evitar así el tránsito de plomos. Pero usted sabe que el final de la película de ciencia ficción que soñaba Néstor era otro, y transcurría en 2023.

Es cruel, pero es así. En La Plata, en Tigre, en Córdoba y en un par de despachos cerca del suyo, ya se prueban la ropa que va a dejar. Aníbal Fernández eligió un par de vestidos y Randazzo los tacos altos. Si ya traicionaron antes, ¿por qué no van a traicionar ahora?

Tres años parece mucho como para ponerse a pensar en eso. Pero a su edad, señora, usted ya comprende  algo que el tango advierte y este velorio demuestra: es un soplo la vida. Un pestañeo. Ahora la ves, ahora no, todavía falta, ya no, ya pasó, ya fue. Aproveche esta dolorosa pausa. Si acaso la muerte sirve para algo, tal vez sea para pensar en lo que hacemos con lo que nos queda de vida.

Si bien se mira al espejo, señora, las preguntas son pocas: “A ver, nena, ¿era esto? ¿Querías esto? ¿Para qué más? ¿Para darle de comer a esta manga de parásitos que sin vos tienen que ir a trabajar? Usted, con su experiencia, no va a andar haciéndose trampas al solitario, recitándose frente a su cara eso del “modelo” y el “proyecto nacional” y “la patria” y el bla, bla, bla.

Tiene todo para elegir sin presiones, además de una cuenta bancaria que le evita preocuparse por asuntos que ocupan a los que están a punto de retirarse: “¿dónde y de qué voy a vivir?”, “¿cuánto cobraré de jubilación?” “¿y si la inflación sigue así y me aumentan el alquiler, la luz, el gas, los impuestos?” “¿y si me enfermo?”.

Es un lugar común escuchar decir a los presidentes cuando llegan al cargo que ya no aspiran a “nada más”, que van “por el bronce”. Y es de libro de historia, después, verlos convertidos en un capítulo al que nadie quiere releer. ¿A quién le importa hoy qué es de la vida de Carlos Menem o de De la Rúa, además de a sus hijos? Si acaso alguno de ellos se leyera, mencionado en esta línea, reaccionaría con temor: “No me llames, no me nombres, para qué, dejalo así, a ver si se acuerdan”. Agradecen el olvido.

 

*Periodista, coordinador de la AM 1110, “laoncediez”, la FM 92.7, la “2 x 4” y el Canal Ciudad Abierta, medios públicos de la Ciudad.



Carlos Ares