COLUMNISTAS POLITICA Y MUJERES

Ellas, tan iguales a ellos

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Esta secuencia tiene dos escenas.

En la primera, Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, quien fuera alcalde del municipio Chacao de Caracas, y Patricia Ceballos, esposa de Daniel Ceballos, ex alcalde de San Cristobal, ambos miembros del partido Voluntad Popular de Venezuela, encarcelados por el chavismo y en huelga hambre, piden a las presidentes Michelle Bachelet, Dilma Rouseff y Cristina Fernandez de Kirchner, que tercien a favor de sus maridos ante el presidente Nicolás Maduro. Lo hacen aduciendo razones de empatía, sensibilidad de género y derechos humanos. Ninguna de las presidentes respondió públicamente al ese pedido. ¿Existieron gestiones diplomáticas para la liberación de estos presos políticos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que estas presidentes privilegiaron los intereses de estado y de sus gobiernos, por sobre los derechos humanos, un tema relevante en el discurso de las tres, aun cuando es imposible batir el récord declamativo de Fernández de Kirchner.

En la segunda escena escuchamos: “Mauricio, si acordamos con Massa o con De Narváez,  yo me pongo donde me digas. No voy a obstaculizar nada”. Esto es lo que le dijo María Eugenia Vidal a su jefe político, según publicó Javier Calvo en Perfil, el domingo 17 de mayo. Mucha agua ha corrido bajo ese puente desde entonces.

Pero lo que importa es que los dichos de Vidal dialogan conceptualmente con la actitud que tuvo Gabriela Michetti, colega de espacio, cuando contrariando los deseos de su jefe político, participó en las PASO como candidata a Jefa de Gobierno. Dicha desobediencia le valió la embestida del aparato del PRO que terminó  con la derrota masiva de la “díscola”.  Pero eso no fue todo, a lo largo de la televisación del momento en que Michetti y Rodriguez Larreta reconocieron los resultados, se corona a uno y se “ubica” a la otra, Vidal obvió olímpicamente a Michetti. Curioso gesto. O no tanto.

Porque las mujeres que triunfan en política son “chicas buenas” que o bien se comportan exactamente igual a como lo han hecho sus pares varones desde siempre, o bien hacen lo que se les dice y cumplen con los objetivos que sus jefes les estipulan, independientemente de sus deseos o proyectos. No se quejan y, como sus colegas varones, acatan las órdenes que les da la superioridad, se alinean con quienes corresponde y destierran hasta de su saludo al resto. Esto sucede incluso en espacios “nuevos” en los que, se supone, se cuece la “nueva política”.

A las “chicas malas” les va mal porque sueñan con una trayectoria política complementaria a la de sus jefes y porque creen en un espacio en el que se puede discutir todo. Ellas son también conocidas como “locas”, sencillamente porque  se apartan empecinadamente del modelo masculino tradicional, dicen lo que piensan y no se venden. O simplemente no llegan, porque jamás bailarían en el programa de un misógino que le pregunta en cámara a una mujer si su marido, candidato a Presidente, la satisface sexualmente. Mujeres peligrosas si las hay.

El problema aquí es una cultura en la que el machismo sigue estableciendo referencias y, más allá de discursos, es ejercido tanto por hombres como por mujeres. Esa actitud de reforzar el sistema y aliarse con los que “ganan”, con el que conviene,  es inducida fuertemente en muchas mujeres por el deseo de ser aceptadas, de ser consideradas como uno más, a la par de cualquier otro cuadro dirigente. Tiene que ver con la necesidad de ser  apreciada o autorizada por la mirada masculina, así sea al costo de darle la espalda a “la otra”.

Y cuando las mujeres hacemos todo esto, no sólo nos premian por ser lo que no somos, es decir varones obedientes, sino que dejamos de aportar un diferencial que se relaciona precisamente con proponer otra manera de hacer lo que se viene haciendo.

Porque si las mujeres entramos a la política para hacer lo mismo que los hombres han hecho tradicionalmente, si no entramos para cambiar ninguna regla, ninguna forma de tomar decisiones, de debatir, de priorizar agendas, ¿por qué sería relevante nuestra participación en espacios políticos?

*Escritora, su último libro es De la cocina a la oficina, (Qué ganan y qué pierden las mujeres que trabajan).



Marilen Stengel