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Elogio de la redundancia

El francés me ha resultado siempre una lengua inacabada, con sus monosílabos y sus premoniciones de lo que el otro va a querer decir.

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El francés me ha resultado siempre una lengua inacabada, con sus monosílabos y sus premoniciones de lo que el otro va a querer decir. Es imposible cambiar súbitamente de contexto en francés sin dar avisos de otro tipo, ya que la lengua no alcanza para avisar. El francés pronuncia idéntico “hasta mañana” y “a dos manos” (à demain y à deux mains), pero se toma el trabajo de escribirlo diferente. ¿Para qué? Mi espanto ante lo mal armado que está el francés no es más que un capricho de venganza: me niego a aprenderlo porque nadie (ni los franceses) resulta capaz de explicar sus reglas. Sin embargo, sí aprendí el inglés, donde pasa lo mismo y no me importa tanto.

De hecho, el inglés se ha estirado tanto que puede resultar mortal. Un diario italiano me recuerda un caso ejemplar. En 2015 una muchacha holandesa saltó al vacío en un viaducto en Santander porque su instructor de bunjee jumping le dijo en su inglés precámbrico No jump, y ella entendió –como mi celular– lo más cercano a lo correcto: Now jump. Del inglés la gente conoce más o menos sus palabras pero desestima su levísima gramática. Un imperativo es un indicativo, un sustantivo o un adjetivo, llegado el caso. El instructor está acusado de asesinato no por haber pronunciado mal una palabra sino por desconocer un imperativo negativo: Don’t jump.

Los hispanohablantes gozamos de una redundancia sensacional. Lo que se dice en castellano está reforzado tres o cuatro veces por todos lados; los verbos le pertenecen a una persona y no a las otras; los artículos blindan la información que ya está en el género y el número de adjetivos y sustantivos; las vocales son abiertas y no hay sitios intermedios entre ellas. Lo que perdemos en ligereza lo ganamos en claridad y podemos cambiar de contexto sin avisar al oyente y también evitar saltar de un puente si la cuerda no está atada. No obstante, el accidente ocurrió en la propia España.

Tal vez no la mató el lenguaje, sino el deporte extremo. U otra cosa.