COLUMNISTAS DERROTAS


Elogio del fracaso

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No sé cómo me atrevo a opinar de fútbol. Sí sé: tal vez me atreva porque todo el mundo se atreve. O porque cuando se habla de fútbol nadie habla de fútbol, sino de otra cosa. En eso se parecen mucho el fútbol y el teatro: representando una cosa se espera hablar de otra. En el fútbol, el tema eterno es la muerte. Por eso hay que ganar y no queda ninguna otra alternativa. Es la regla del juego. Como regla es tan minúscula que dan ganas de agregarle condimentos. Y así es que un sencillo partido de domingo se convierte en el tema obligado de todos los argentinos. Escucho a poetas, deportistas, amigos, enemigos, niños de 4 años, exiliados, resistentes con aguante, fachos de la última hora, infotrans del subte B opinar sobre el tema o repetir mantras extraños, como “No te vayas, Leo”, “Perdonanos” y otros megatemas que resumen como un haiku una experiencia visceral, azarosa, e irrelevante que no fue pensada más que como juego. ¿Qué nudo demoníaco, simbólico, inconsciente y colectivo se ha atado alrededor de estos simples hechos?

Me gustan los posts del escritor Christian Rodríguez. Creo que fue él quien sugirió que “habría que tirar desde una pirámide azteca al jugador que yerra el tiro al final del partido”. Al comentario bárbaro agrega, rapidito: “No hace falta que sea en serio, puede ser con efectos especiales tipo Hollywood”. O sea, algo que sirva para recrear la voluntad siempre tanática de perder y perder siempre. La imagen del sacrificio al menos suspendería el torrente de ideas posteriores y de frases hechas, ya que una buena imagen puede exorcizar la necesidad de mil palabras.

Yo, sin embargo, debo asumir con esta breve irreflexión la columna más antipática, más incomprendida de mi torpe carrera: a mí me gusta un poco el fracaso. Y el juego (en el que no se juega nada real) es una excelente ocasión de ejercitar ese placer por la orgullosa modestia, el intervalo menor, la ducha helada. Será porque me dan muy poco morbo los gestos del triunfo, de la fuerza bruta, del campeonato. Me vi todo el partido consternado por un hecho inicial del que pocos tuits se han hecho cargo: los hermanos chilenos cantan el himno cuando la música ha cesado. No lo cantan, lo gritan, febriles, enojados, patriotas, engreídos, como Mieskuoro Huutajat, ese coro de finlandeses que se ha hecho célebre en el mundo musical por gritar a capella los himnos más delirantes. Esos argentinos (que viven donde pueden) han escuchado con pose equívoca los acordes del himno que nos toca en suerte, uno que en el fútbol no se canta, mas los chilenos quieren marcar alguna diferencia: lo van a cantar entero, van a prescindir de la música, van a poner cara de posesos, de vírgenes saladas de Atacama, de moáis de la Isla de Pascua, de salvajes, de demonios. ¿Nadie advirtió que venían preparados para ganar? El gesto marcial, la réplica del ejército, me alejan para siempre y empiezo a preferir (tal mi costumbre) el escarnio del fracaso.

Para el pesimista alegre, como yo, suele haber en la victoria grandes dosis de equívoco: la autoafirmación sin medias tintas, la justificación de los errores por la coartada casual del resultado, la preeminencia del fin por sobre los medios, la suspensión de las dudas viscerales, la felicidad como algo provisorio y de una noche, algo que nos será cobrado más adelante con creces y sin cuotas. Hay que aprender a exprimir la felicidad permanente (la que se destila incluso de un fracaso) de no ganar, de haber perdido la batalla ante la muerte, de caer en picada de la cima de esa pirámide azteca de cartulina decorada.

En ninguna de las tres finales perdidas se jugó nada importante. Ni el hambre de nuestros niños, ni la salud de nuestros afiliados al Pami, ni el envenenamiento de nuestros ríos, ni la deuda flagrante que pesa sobre nuestros nietos. No se jugó más que por un puñado de símbolos. Es un juego. Bendito Messi que decide –como cualquiera– que no quiere jugar más. Bendito Higuain que a veces la mete y a veces no –como cualquiera. Benditos todos los que no gritan himno alguno, porque una cosa nada tiene que ver con la otra –pese a los colores, las camisetas, las banderas– salvo en el mundo imaginario de los locos.



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