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Empecemos por las canchas y los golpes

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Foto:Cedoc.

Supongo que la prematura derrota en Melbourne terminará siendo una de las peores noticias para una temporada que, imagino, será para Juan Martín del Potro, por lo menos, de afianzamiento entre los  cinco mejores del ranking.

Fue mencionada más de una vez aquí mismo la sana tendencia del tandilense de perder poco y nada con aquellos que lo miran de lejos en el ranking y en el juego. Tanto como a él le viene costando pegar el golpe allí donde el rival y la circunstancia imponen en él un respeto por encima de lo aconsejable. Por eso, y porque así viene siendo en la mayor parte de sus últimas tres temporadas, entiendo que la  derrota ante el español Bautista-Agut debería doler más por el impacto coyuntural que como una señal de alerta para el año que recién comienza. Un año que, por cierto, Juan Martín estrenó ganando el torneo de Sydney.

No vayan a creer que la sugerencia es la de minimizar el golpe. Para nada. No sólo es malo cualquier traspié –peor aún ante un adversario cuyas batallas habituales se disputan en territorios menos  prestigiosos–, sino que no es un buen indicio estructural que haya habido siquiera una insinuación de que no se conocía en detalle el perfil del adversario. Desde Ferrer, que lo derrotó en sus últimos Grand Slams, hasta Berlocq, ante quien perdió en Holanda en 2013, son muchos quienes pueden explicar buenas y malas del español… si es que por ahí el wi fi no permite espiarlo a través de YouTube en algunas de sus peripecias. Por cierto, jamás podría ser bueno perder ante alguien que llegó a Australia con apenas nueve partidos jugados en los cuatro grandes –ganó sólo cuatro–; ni siquiera si ésta  fuese la quincena de su tardío despegue (Dimitrov próximamente y, eventualmente, Nadal, se encargarán de dejarlo en claro), es una derrota para relativizar.

Sin Del Potro, no quedan argentinos en el primer Grand Slam del año. Algo que no sólo no es novedoso, sino que debería abrirnos los ojos y prestar atención a la posibilidad de tener que amoldar  nuestras expectativas a una realidad austera como ninguna desde Franco Squillari para acá. No quiero exagerar advirtiendo la posibilidad de  que estemos entrando en un bache sin precedentes desde que Vilas nos hizo salir corriendo a comprar raquetas, zapatillas, pelotitas y reglamentos hace ya cuarenta años, porque una parte de la segunda mitad de los ‘90 nos castigó duro. Pero la dependencia que nuestro tenis tiene respecto de Del Potro a la espera de buenas noticias en los grandes escenarios no deja de ser sintomática. Y preocupante.

Pico Mónaco lleva más de un año sin encontrar estabilidad. Desde que rozó ese memorable Top Ten, a Juan se le hizo cuesta arriba sostener poder de fuego y ser un jugador que impusiese reglas por  encima de su enorme capacidad atlética. Tanto es así que hasta quedó apenas debajo en el ranking de Charly Berlocq, cuyo lugar entre los cincuenta primeros es el mejor reflejo de en qué lugar de la  clasificación cotiza su tremendo mérito. Estos son, hoy por hoy, los tres únicos tenistas argentinos cuya vida deportiva navega por la autopista del circuito: léase Grand Slams, Masters 1000 y 500 y 250 de
ATP. Aunque sabemos que, fiel a su memoria afectiva, el hombre de Chascomús no hace ascos a jugarse un par de Challengers por año.

Ese, el de los Challengers, es el real territorio masivo de nuestro tenis. La misma cantidad de tenistas que, en tanto existieron La Legión, Coria y Nalbandian, invadían los grandes torneos –y solían ganarlos– hoy busca su destino en torneos chicos, entrañables, pero que son claramente la colectora del mismo recorrido.

En el 2013, Delbonis, Velotti, Bagnis, Argüello, Zeballos, Andreozzi, Mayer y Pella le dieron a la Argentina más de diez títulos en ese nivel. Hubo una quincena de finales más perdidas por nuestros compatriotas –con Diego Schwartzman a la cabeza– y una señal francamente sintomática. Sólo uno de los dos títulos que ganó Zeballos fue fuera del polvo de ladrillo. Y sólo Mayer y Argüello perdieron finales lejos del polvo rojo.

Este no es asunto nuevo para nuestro tenis. Y ni siquiera hubiera sido preocupante en tiempos en los que nadie concebía este deporte demasiado más allá de la tierra batida y su imperio del topspin, el sudor y las medias anaranjadas. Una nación tenística que, entre otras cosas, sumó en la última década una final en Wimbledon, un título en Flushing Meadow y enormes performances en los Masters de canchas rápidas bajo techo no puede seguir creyendo que el pasto es para vacas, el cemento para los edificios y los estadios cubiertos para el básquet.

Sabemos que, a diferencia de países modelo con España o Francia, la producción de tenistas de elites en la Argentina no responde a una virtud estructural sino, fundamentalmente, a emprendimientos privados. Quiero decir que mal debería disimularse  la falta de estrategia. Confieso mi incapacidad para acceder a una estadística al respecto. Pero basta ir a cualquier club con canchas de tenis y mirar alrededor: si en alguno encontrás una cancha de  cemento, será porque hay no menos de diez de polvo a la mano. No quiere decir que el problema que se está viniendo sea una cuestión de superficies, sino que el de las superficies es un problema de planificación, de cómo se piensa el tenis en casa. Así como tampoco es un tema de saque. Pero casi no tener jugadores que tengan un saque naturalmente influyente –Mayer es la excepción y Del Potro la muestra de un proceso evolutivo reciente y aún no concluido– es un síntoma. Cuesta entender que nos cueste entender que el saque propio es el único golpe cuya eficacia no depende de lo que haya hecho antes el rival.

Desde ya que la cuestión es infinitamente más profunda y densa que un asunto de canchas y golpes. Pero hablar de canchas y de golpes es, al menos, empezar a hablar de algo. Ojalá los chicos de entre 20 y 23 años que suelen trascender en Challengers despeguen pronto y viajen sin retorno hacia otros niveles. Ojalá la mucha gente que trabaja, inclusive dentro de la AAT, detectando talentos y diseñando polos regionales de desarrollo, forme parte alguna vez de una auténtica política deportiva que cobije sus esfuerzos. Y las buenas sean consecuencia, al menos en una parte, de una planificación. Así como  a las malas se las incorpore al análisis para no recurrir en el error.

Mientras tanto, tengo la sensación de que un presente con muchas más dudas que certezas no es ni más ni menos que la contracara de esos días no tan lejanos en los que metimos tres de cuatro  semifinalistas en Roland Garros, cuatro en un Masters o cinco entre los 15 primeros. Un ayer brillante y un presente incierto y con una serie de Davis con Italia a la cual habrá que prestarle muy sensible atención. ¿Por qué la buena y por qué la mala? Vaya uno a saber. Lisa y llanamente, asuntos generacionales, espasmos, albures… llámenlo como quieran. Menos la consecuencia de algo pensado.



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