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En el reino de Ubú

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El lunes a la noche, endulzado de modernidad por la lectura de la correspondencia entre Le Corbusier y Amancio Williams, donde tironean de los planos para la Casa Curutchet, di en asistir a Ubú patagónico, la obra de Mariana Chaud en el ciclo Invocaciones, en el que algunos autores fundacionales de Occidente son revisitados (invocados) por directores argentinos. Jarry esboza con su Ubú las líneas de esa patafísica que –bien mirada– es el eslabón perdido entre la modernidad y cualquier otro tiempo. Es el espejo deforme, el otro necesario de todo nuestro sentido adquirido. Porque esta patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias, sugiere que todo suceso del mundo es simplemente una excepción. En manos de Mariana Chaud este precepto es dinamita.

Casi todas las representaciones del absurdo (si bien Jarry lo precede por muchos años ya que él mismo también es una excepción y dicen que recorría las calles de París armado de un revólver mientras dilapidaba su herencia) han adquirido la molicie de una forma mansa. El teatro del absurdo fue devorado por la modernidad, donde suele verse con la aclaración tácita y previa: “Esto es absurdo”, que desactiva su escalofrío. Chaud y sus actores, en vez de montar Ubú rey, invocan a Jarry y lo hacen carne. Mucha carne. Carne desenfadada, delirante, de un erotismo por fin despreocupado y sin tormentos. El texto –que zigzaguea hasta desembocar por necesidad patafísica en La cautiva– es inconcebible sin esos cuerpos que vandalizan la vieja querida vanguardia. La ocasión del tema (la corrupción a la que lleva todo apetito de poder) es despreciada por el montaje. ¿A quién le importa reafirmar lo que se verifica desde hace cien años, desde que se estrenó este teatro escandaloso? Hay un desparpajo adolescente, desentendido de las consecuencias, incorrecto por doquier: los actores nos recuerdan que en el juego (al igual que en la infancia) no se representa la realidad sino que se le presenta tenaz oposición.
 
Es un teatro para el orgullo, producido en el cruce de talentos muy locales. Jarry podrá ser muy francés pero esto que Gobernori, Paredes, Levín, Tur y Ferrante traducen sería imposible en la carne de actores extranjeros. Es difícil explicar el porqué. Son capaces de decir una cosa por lo bajo y hacer otra, desdoblando el texto en lo dicho y lo no dicho al mismo tiempo, sugiriendo que estamos siempre hechos de dobles discursos. Pueden desmomificar a la cautiva de Echeverría con versos infantiles y aindiados y, en fin, hibridar las formas puras (y racionales) para hacerlas impuras (y sensibles). El absurdo en Europa es una forma pura, depurada, un ingrediente más de la cultura. En estas pampas, en cambio, este absurdo –que hacía tiempo no se veía– es tan impuro e insensato como la realidad: es un acto vital, no cultural.



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