COLUMNISTAS CHINA, EE.UU. Y FILIPINAS

En las aguas de la historia

Debemos recordar que el presidente chino, Xi Jinping, desea, al menos en la zona de influencia de su país, ser tratado “como un igual” por la primera potencia militar del planeta.

El presidente filipino, Benigno Aquino III, durante una visita a Japón y hablando en el Parlamento, vinculó a China con la Alemania nazi: “Recuerdo cómo Alemania ‘testeaba las aguas’” cuando anexó los Sudetes de Checoslovaquia y nadie le dijo: “¡Hasta aquí!”.

Noynoy Aquino se refería al programa chino de regeneración de tierras en las Islas del Mar del Sur de la China, específicamente en el grupo Spratlys, incluida la construcción de pistas de aterrizaje (hay una de 3 km de largo sobre el atolón Fiery Cross), aptas para recibir todo tipo de avión militar de Beijing. David Pilling (Financial Times) recuerda que en los pasados 18 meses China recuperó o regeneró 8.812.000 m2 de tierra, “convirtiendo algunos arrecifes y rocas semi sumergidos en islas de pleno derecho”.

Aquino subrayó la profundización de los lazos entre Filipinas y Japón, recordó cómo la política del apaciguamiento entre Europa y Hitler condujo a la guerra (el escenario no era el mejor, tratándose de un ex socio del nacionalsocialismo que invadió Filipinas) y metió a Estados Unidos en la bolsa: “Si hay un vacío, si los Estados Unidos, que es la superpotencia, dice ‘no nos interesa’, tal vez no haya freno a las ambiciones de otros países”. Casi un calco de los pasos de Churchill, que le espetó a su pacifista compatriota Chamberlain la famosa frase: “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra, eligió la humillación y nos llevará a la guerra”, para seguir con un jeringueo metódico a Roosevelt que culminó con el involucramiento norteamericano en la II Gran Guerra. Pero hay que ser Churchill.

No falta quien diga que el programa de presencia insular reforzada de China es más un intento de medir la voluntad yanqui de predominio que una reivindicación genuina, ni tampoco quien recuerde que el Imperio del Medio ha insistido en que tiene soberanía en prácticamente la totalidad del Mar del Sur de la China, una de las vías principales de transporte marítimo mundial y lugar de reservas pesqueras, de petróleo y de gas.
Con seguridad, se trata de ambas cosas, y una prueba es la virulencia con la que reaccionaron los aludidos. “Amateur”, “ignorante” e “incapaz”, se encariñaron con Aquino. El vocero Hua Chunying reportó a Xinhua que estaba “shockeado a causa de tan ridículos como irrazonables comentarios”, y que se oponía enérgicamente a ellos. Ensordecedor ejercicio de diplomacia estruendosa.

Que China “prueba minuciosamente la temperatura del agua” no es inexacto (ni nuevo). La expresión profundamente política “globo de ensayo” probablemente provenga de los balloons con los que Montgolfier y Robert, en 1783, hicieron volar en Francia los primeros aeróstatos de aire caliente. Por lo demás, su ansia respecto de las islas Spratlys (reclamadas no sólo por Filipinas sino también por Vietnam, Malasia y Brunei) no se explica solamente con el argumento expansionista: a) según expertos legales, podría esgrimir algunos títulos, y aunque Filipinas y Malasia están más cerca, los especialistas arguyen otros activos; b) adicionalmente, más allá de las actividades que bordean la ley internacional, China no está amenazando la libre navegación ni el ecosistema.

Estados Unidos no la tiene fácil. ¿Qué movimiento podría hacer sin desencadenar reacciones ante problemas que, mirando el cuadro completo, no son linderos de sus intereses nacionales? ¿Enviar barcos de guerra a la región, para obligar a China a actuar en consecuencia? ¿Multiplicar los vuelos de reconocimiento, como lo hizo de hecho con el avión de vigilancia P8 Poseidón donde viajaban camarógrafos de CNN, y obtener a cambio que Beijing disponga de una zona de identificación para la defensa aérea (ADIZ, Air Defence Identification Zone)? El director de fronteras y asuntos oceánicos afirmó que China “tiene el derecho de establecer ADIZs”, y que hacerlo o no depende del tipo de amenaza que enfrente.

El secretario de Defensa norteamericano, Ash Carter, transmitió a los más altos oficiales de seguridad de los países asiáticos que su país se oponía “a cualquier militarización ulterior de las islas” en el Mar del Sur de la China y que las tareas de relleno o de construcción de pistas de aterrizaje “no creaban soberanía” china. Luego de que el primer ministro japonés, Shinzo Abe, se encontrara con el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, tanto Japón cuanto la Unión Europea expresaron “preocupación por cualquier acción unilateral que pudiera cambiar el statu quo e incrementar las tensiones”. Parafraseando a Serrat y sacándolo de contexto: no perdieron la ocasión “de declarar públicamente su empeño / en propiciar un diálogo de franca distensión / que les permita hallar un marco previo…”.

Filipinas, por su parte, además de llamar previsiblemente Kayalaan a las Spratlys y Mar Filipino del Oeste al Mar del Sur de la China, defenderá su caso contra su vecino en La Haya, el próximo 7 de julio, ante la Corte Permanente de Arbitraje, buscando no solamente una resolución sino “una duradera y justa solución arraigada en el derecho internacional”.

Viene al caso recordar que EE.UU. es uno de los pocos Estados que no forma parte de la trascendente Convención de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar, por lo que carece de suficiente sustento jurídico para hacer valer sus estentóreas declaraciones unilaterales, aunque la dimensión de su poderío marítimo y naval sea inigualable; y que China es firmante y ratificó dicha norma del derecho internacional en 1996, junto a otros 165 Estados.

Finalmente, para una mejor comprensión, se trata de la zona de influencia de China desde hace unos 3 mil años, un mar en el que es experta en crear pequeños incidentes que sirven de medida para calcular el siguiente paso. Ya entre 1405 y 1426 el almirante eunuco Zheng He, con 347 naves, algunas cuatro veces más grandes que los galeones portugueses, tripuladas por 26 mil marinos, lingüistas y especialistas, efectuó seis expediciones y llegó a las costas orientales de Africa.

Lo hemos dicho antes: Xi Jinping desea, al menos en dicho lugar del mundo, ser tratado “como un igual” por la primera potencia militar del planeta.



Redacción de Perfil.com