COLUMNISTAS UN CUENTO HIPERREALISTA


En nuestra jungla, ‘La leona’ aún late y ruge

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Terminó La leona. El jueves 14 de julio de 2016 comenzó su agonía. Expiró entrado el viernes 15 en un horario absolutamente inusual para una novela nacional, producida y emitida por el canal líder. Por un instante todo es silencio. Y un segundo después, su último latido antes de extinguirse ruge. Explota en la calle. En las redes. En el arder del teléfono. Como ocurrió con Pedro Salvador Leone y como indefectiblemente ocurrirá con nosotros, es nuestro final el que nos eterniza. Y ahí nos quedamos para siempre, en el corazón y en el imaginario de quienes nos amaron. Con su último fotograma La leona ancla en nuestra memoria y nos deja vacíos a la par que llenos. Vacíos de una historia, escrita y grabada un año antes, reflejó un día a día que muchos medios esconden. Vacíos del ruido de sus hiladoras, del tintinear del hielo en el whisky de Miller, del dulzón y aterrador sonar de su gaita. Vacíos de los ruegos, rezos y arengas de María. De su amor-odio por Franco. Del plan de aquél y la identidad recuperada de Diego. Terminada La leona quedamos vacíos de los debates, miedos, dudas y logros de los trabajadores de La hilada. De la humildad y dignidad de Pedro. De las sonrisas de Salva. Del canto de Betty, el estudio de Facu y la indignación de Abril. Vacíos del humor y amor para todos y todas de Charly. Se nos vacían las noches como a Gabriel su fortuna. Se nos vacían los cambios de horario y la eterna espera como a Brian su familia o su “cajita feliz”. Nos quedamos sin Coco y sus agachadas, tanto con el sindicato como junto a Estela. Quedamos vacíos de orquídeas, larvas, gusanos y el alocado aletear de la mariposa mayor, Diana Liberman. Vacíos de la angustia y el llanto de July. Sin la siempre amorosa contención de Alexander. Escapa entonces por la ventana la reflexiva voz de Sofía y la historia de Don Samuel y las hermanitas Liberman. Se nos vacía el vino de Homero. El fado y la maternidad de Isabella, el superarse constante de Rodri y la insatisfacción casi diaria de Eugenia. Perdemos audio como el dulce Berni y nos quedamos sin Dios; un Dios que el Negro hizo suyo. Nos quedamos sin la incondicional amistad de Carla. Sin la adolescencia adulta de Abril. Sin la escultural Arroyito. Se nos muere la silenciosa, leal y fatídica lealtad de Jacinto. Se nos suicida. Y a su vez La leona nos deja llenos. Colmados. Plenos. Pipones de imágenes y sensaciones. La leona nos deja, firma y rubrica el deseo y necesidad imperiosa de que otra sociedad, menos individualista, sea posible. La leona refresca y recuerda valores. Nos reconcilia con nuestra familia y amigos. Con nuestro barrio; nuestra pequeña Patria. La leona aviva y reaviva el fuego que es necesaria luz de esperanza. Y en su final empezamos a oler el perfume que acaba de dejar a su paso. Medallón al pecho bailando entre sus senos, rosa tatuada al hombro, el “taca-taca-taca” del pedalear en su máquina de coser en un taller que protegen San Cayetano, Evita, Frida y el #NiUnaMenos. Y nos regala un “Pasión, amor y lucha” que deja de ser slogan para hacerse carne. Compromiso. Práctica diaria. La leona nos deja un cuento que habla de nosotros y nuestra idiosincrasia, ante tanta lata barata rendidora en los números, pero tan cara a la identidad de quienes acá vivimos. Escribir La leona, ponerle el cuerpo como lo hizo cada actor, ajustar cada detalle como lo implementó cada técnico, ha sido de las experiencias más enriquecedoras. Quienes trabajamos en La leona desde el 2014 hasta hace horas nomás, percibíamos que ésta no era una novela más. Por eso hemos dejado el alma para entregarles algo distinto. Un cuento transgresor, hiperrealista, corrido de los cánones de lo esperable; donde el lugar común, lo visto, lo previsible, en lo posible se descartara. Hoy La leona está hecha. Parece estar muerta. Ser pasado. Anécdota. Pero echada descansa. Rumia y ronronea. Agazapada pasa desapercibida en esta selva donde todo es inmediatez, agresión, ruido. En nuestra jungla, aún late y ruge. Lo hace en el interior de quienes se han dejado morder y atravesar por ella. Porque como le dijera María a Franco en el primer episodio, y lo repitiera en el último, La leona nos mira, sonríe desafiante y susurra: “¿Terminar? Vos y yo ni empezamos todavía.”

*/**Autores de La leona, Tratame bien, Lalola y Locas de amor, entre otras



Pablo Lago* / Susana Cardoso**