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Encuentros con escritores ilustres

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Llegué a Italia el 29 de mayo de 1990, y el primer titular que leí en un diario –era Il Messagero, yo había desembarcado en Roma– rezaba que había muerto Giorgio Manganelli. Tengo mala suerte con los escritores. Diez años antes me había ido a París para conocer a Cortázar, pero Cortázar estaba dando clases en Berkeley, de modo que como Wang Chang Kein me quedé durante días haciendo guardia en la puerta de su casa, bajo la lluvia. Hasta que me cansé de esperar y me fui. Una vez llamé por teléfono a Borges para decirle que quería hablar con él, con la absoluta certeza de que me iba a mandar a freír churros, pero para mi sorpresa dijo: “Me quedo en casa hasta las dos de la tarde, venga”. “Estoy trabajando”, le dije, “no puedo ahora”, y Borges soltó algo parecido a: “Eso es un problema” y me cortó. De Manganelli yo había quedado maravillado con Centuria, editado por Anagrama y maravillosamente traducido por el gran Joaquín Jordá. Supuse que llegar a Roma un día después de su muerte significaba algo, pero entonces no sabía precisar qué. Manganelli había visitado Buenos Aires a mediados de los 80, y su Virgilio fue Mariano Roca, el editor de Tusquets. Hace pocos días me encontré con él y le pedí que escribiera un relato de esos días, cuando Manganelli paseaba por Buenos Aires sin que nadie lo reconociera. Pienso que aún hoy podría pasear tranquilamente igual, pero es seguro que yo correría a buscarlo y me arrodillaría a sus pies para pedirle una bendición.

Centuria es tal vez lo mejor que escribió Manganelli. El libro tiene un subtítulo: Cien breves novelas-río, lo que es una exageración y una verdad inconsumible, porque Manganelli escribe cien breves relatos que son a la vez un ejemplo de restricción formal y de alta poesía. Su pretensión es simple: reunir en un solo libro todos los posibles argumentos de la literatura, todos los posibles personajes, todos los posibles géneros. Naturalmente, lo consiguió.

Hace unos años traduje un libro de Sandra Petrignani, Catálogo de juguetes. El libro es exquisito y consiste sencillamente en eso: la autora repasa, rememora, los juguetes de su infancia y habla de ellos. El prólogo estaba escrito por Giorgio Manganelli, y como ocurre a menudo con ciertos prólogos, su perfección casi llega a opacar el resto. Fue lo único que había traducido de Manganelli hasta hoy. En estos momentos me encuentro abocado a la traducción de un libro de viajes, Experimento con la India, que en breve editará El Cuenco de Plata. Es insólito y encantador tener a Manganelli diciéndome al oído lo que tengo que escribir y obviando el cómo tengo que escribirlo, y si es verdad, como decía Antonio Tabucchi, que el lector ve al escritor en smoking y el traductor lo ve en pijama, debo asegurar que incluso en pijama Giorgio Manganelli se ve muy elegante.

El libro habla de un “experimento” con la India, pero al mismo tiempo es un experimento del escritor consigo mismo. Como ocurre con casi todo Manganelli, es un libro breve, inteligente y maravillosamente escrito. Esperen un poco, ya van a ver.



Guillermo Piro