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Encuestas y poder

Algunos, cuando enferman, recurren a un santero que los mira, realiza conjuros, quema palo santo, invoca a los poderes cósmicos y los sana.

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Algunos, cuando enferman, recurren a un santero que los mira, realiza conjuros, quema palo santo, invoca a los poderes cósmicos y los sana. Si alguien va a un hospital, el médico pide que le hagan exámenes, los analiza y después diagnostica. Son dos aproximaciones a la medicina, ambas respetables, pero algunos confiamos más en el pedestre método de la ciencia que en la magia. En política algunos hacen sus análisis basados en intuiciones inconmensurables, y otros utilizan el método científico: depuran los conceptos, hacen mediciones sobre la realidad y ponen en cuestión sus hipótesis. Aunque no confunden la herramienta con la realidad, creen que si los resultados de sus mediciones chocan con sensaciones mágicas, es probable que la realidad esté más cerca de lo que dicen los estudios que de la intuición.

Algunos creen que las encuestas sirven para hacer milagros. Un candidato a la presidencia creía que tenía al menos el 30% de intención de voto y atacó a quienes decían que sacaría 5%. Cuando obtuvo el 4%, enjuició a todas las encuestadoras acusándolas de haber provocado el resultado. En otro país importante de la región, las concentraciones empezaban anunciando que había llegado una encuesta que daba el triunfo a quien “desde ya es nuestro presidente”. El candidato decía que iba a ganar las elecciones a pesar de que todas las encuestadoras que no eran militantes movían los datos para perjudicarlo porque pertenecían a la oligarquía. La gente aplaudía y cantaba himnos de victoria, que se apagaron cuando finalmente perdieron elecciones. Algún editorialista argentino afirmó que las encuestas eran malas porque excluían de la contienda a personas desconocidas que podían ser grandes estadistas. No sabía que las encuestas no son seres vivos, no actúan a favor o en contra de nadie. Cuando descubren que una persona es desconocida, simplemente dan un dato que significa que si ese personaje no se hace conocer hasta al día de las elecciones, tendrá pocos votos porque los electores no votan por desconocidos. El problema no se remedia haciendo desaparecer a las encuestas, sino elaborando una buena estrategia para hacer que suba el conocimiento del candidato durante la campaña.

Si un presidente que ha gobernado sensatamente como Enrique Peña Nieto tiene las peores cifras de popularidad de la historia mexicana, no vale que escuche a los que le dicen que la realidad es esquiva con las encuestas. Debe elaborar una buena estrategia que le permita superar la situación. En el otro extremo, si un presidente se hace cargo de un país devastado, toma medidas económicas antipáticas y a pesar de eso mantiene una aceptación superior a su votación de primera vuelta, parecería  que aplica una buena estrategia, sobre todo si las encuestas coinciden con los estudios cualitativos informan sobre la intensidad de las actitudes y el entramado psicológico que está detrás. Si además el presidente y cientos de sus partidarios salen a timbrear la puerta de miles de casas a lo largo y ancho del país para conversar con la gente, sin que se produzca ningún incidente, hay otro indicio de que mantiene el respaldo popular. Es fácil de imaginar lo que les pasaría a los dirigentes de la resistencia en contra de la democracia si hacen lo mismo. Si Hebe, Máximo, Boudou, Sabbatella, D’Elía, Filmus, Esteche o Zannini salen a timbrear la puerta de miles de casas fuera de las zonas controladas por sus punteros, podrían tener problemas, no porque los organizase nadie sino por la reacción espontánea de la gente.

A pesar de que todos los exámenes dicen que la glucosa no llega a cien, algunos intuyen que el Gobierno está al borde del coma diabético. Suponen que los datos de las encuestas son imaginarios y que hay una realidad que ellos perciben con métodos extrasensoriales, en la que la gente está furiosa y rechaza al Gobierno. Las encuestas no suplantan a la realidad en la mente de ningún analista o dirigente político sensato, pero algunos suponen que es más racional analizar la política con números que guiándose por intuiciones.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.