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Entender al peronismo

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Por su condición de movimiento de liberación nacional y social, el movimiento peronista intentó siempre organizar al mayor número de sectores sociales dispuestos a movilizarse contra el imperialismo. De aquí que uno de los conceptos que más asiduamente utilizara fuera el de unidad nacional. Desde la izquierda suele atacarse este concepto a través de una teoría que deposita en una determinada clase (la clase obrera) las tareas de la revolución y visualiza como alienantes aquellos objetivos que esta clase pueda compartir con otras. La unidad nacional, para quienes así razonan, se transforma en un objetivo estratégico altamente sospechoso, pues temen que allí los intereses históricos de la clase obrera puedan confundirse con los de la burguesía y ser aprovechados por ésta para su consolidación. La unidad nacional, sospechan, acabaría con convertirse en la unidad nacional burguesa. Lo que subyace a este tipo de argumentación es una teoría que divide al proceso revolucionario en dos etapas diferenciadas: una de liberación nacional, hegemonizada por la burguesía y en la cual la clase obrera debe participar con justificados recelos, y otra de liberación social hegemonizada por la clase obrera y que tiene como objetivo la instauración del socialismo, previa derrota de la burguesía. De este modo, el peronismo sería un movimiento de liberación nacional-burgués cuyo objetivo se agotaría en la impulsión de la primera etapa, de aquí su contenido progresivo. Pero nada más. Porque el peronismo, en razón de su condición burguesa, no puede producir la liberación social de la Patria. En una palabra: no puede ni quiere hacer la revolución socialista. ¿Qué papel, ante esta certeza, debe jugar la clase obrera? Uno solo: acompañar al peronismo, en razón de su contenido progresivo, en las tareas democrático-burguesas de liberación nacional, pero sin identificarse con él. La clase obrera debe comprender que el movimiento no representa sus verdaderos intereses históricos, pues éstos sólo pueden realizarse a través de una revolución socialista que el peronismo, por esencia, no habrá de cumplir. El proyecto político que de todo esto se deriva para el movimiento obrero es muy claro: debe acompañar al peronismo pero manteniendo su autonomía y su identidad, las cuales, desde luego, sólo podrán lograrse a través de la creación de un partido revolucionario. Esta teoría del partido revolucionario marca el centro de la cuestión: el movimiento obrero sólo acompaña tácticamente al movimiento peronista, pues su proyecto estratégico es otro. Desde este punto de vista, es comprensible que el concepto de unidad nacional despierte profundas sospechas en quienes así razonan. Lo que se teme es que los objetivos sociales de la clase obrera puedan ser disueltos o neutralizados por los objetivos nacionales de la burguesía. Lo que a nosotros nos ha apartado siempre de este tipo de argumentaciones es lo siguiente: comienzan por regalarle lo nacional a la burguesía. Y es mucho regalar.
El concepto de unidad nacional que maneja el peronismo no es reformista, no apunta cosas así como la “conciliación de clases”, ni se emparenta oscuramente con los acuerdos nacionales impulsados por el cipayaje nativo. Por el contrario, el concepto de unidad nacional es un concepto antiimperialista y, en cuanto tal, anticapitalista. Porque toda postura consecuentemente antiimperialista es también anticapitalista, desde el momento en que el capitalismo nació como imperialismo y ambos conceptos son absolutamente inseparables. En consecuencia: una auténtica revolución nacional es inseparable de una revolución social, pues el imperialismo solamente se derrota cuando son derrotados sus agentes nativos, los explotadores de adentro. Para producir este hecho, el peronismo convoca a la unidad nacional. Habrá que ver, entonces, cuáles son los contenidos concretos de ese proyecto. Hay que comenzar por comprender lo siguiente: el concepto peronista de revolución es esencialmente integrativo y no eliminativo. Se trata de producir una tarea: la revolución nacional, que es, indisolublemente, revolución social. Para esta tarea, es necesario organizar a todos aquellos sectores sociales que puedan ser movilizados en el sentido de la autonomía nacional. La revolución, entonces, es algo que produce el pueblo en su conjunto, y a esta unidad del pueblo el peronismo la llama unidad nacional, porque es una unidad puesta al servicio de la hegemonía estratégica de la Nación.
Afirmar que el concepto peronista de revolución es esencialmente integrativo es afirmar que es esencialmente político. Para las concepciones clasistas, el proletariado realiza la revolución socialista manteniendo una clara identidad determinada por su ubicación en el aparato productivo. Aquí, la política surge como resultado de la economía.
Nosotros, los peronistas, afirmamos la primacía de la política: la revolución, de este modo, es conducida por un movimiento político cuyo proyecto organizativo y movilizador tiende a ampliar sus bases sociales a través de la integración del pueblo en su conjunto.
Y como integrar es una tarea esencialmente política, la cuestión, para nosotros, apunta a eso: a hacer política. De aquí que las tareas que nos propongamos los peronistas sean siempre, en lo esencial, doctrinarias y organizativas: organizarnos en los barrios, en las villas, en las fábricas, en las universidades, en fin, donde haga falta. De toda esta tarea irá surgiendo una unidad política: la unidad nacional, que no es sino la unidad del pueblo. (...)
Las tareas fundamentales del movimiento peronista, antes que las que intentan las alianzas partidarias, son aquellas que impulsan a la organización integral del pueblo. En este punto, el movimiento peronista se diferencia tajantemente del Partido Obrero, pues su propósito es organizar no sólo a la clase obrera sino también al mayor número posible de sectores sociales. Todo cuadro del movimiento peronista se define, ante todo, como un militante de la lucha por la liberación nacional y social de la patria.(...)
Para nosotros, las clases sociales son conceptos meramente descriptivos pero de ningún modo explicativos, pues lo explicativo es la política.

*Filosofo. / Fragmento del nuevo libro El peronismo y la primacía de la política (Editorial Planeta).



Jose Pablo Feinmann