COLUMNISTAS EL ENIGMA BRASILEÑO

Entre catracas y katanas

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Siempre he pensado que Brasil queda demasiado cerca como para poder entenderlo. Si estuviera un poco más lejos, como Alemania, como Japón, uno podría presumir de analizar el país como si se tratara de un objeto de estudio. Pero Brasil no presenta más alternativa que vivirlo así como viene.

¿Por qué les gusta pedir la comida por kilo en los restaurantes y encima pesar el plato de 800 gramos, que no se come? ¿No es evidente la parte de la estafa? Bueno, acá es así; te ponés en fila y comés bocados de diecisiete comidas diferentes sin haber podido decidirte por un platillo entero de ninguna. ¿Por qué hay molinetes en los colectivos? He escuchado mil veces de la cultura de la “catraca” (el molinete), pero cuando estás acá es obligatorio olvidarse de lo evidente, porque lo evidente está por todas partes. El edificio en el que doy clases tiene catracas, controles de entradas y salidas, ascensores inteligentes que te llevan sólo al piso al que estás autorizado a ir, y un día casi no pude entrar porque mi número de DNI es diferente del pasaporte y mis huellas ya no hacían girar el molinete. Los artistas del grupo Contrafilé, a quienes supe presentar en PROA –en la muestra Acción urgente–, llamaron con acciones a “descatraquizar” la vida brasileña. Si bien les derribaron el molinete que habían emplazado en un pedestal de mármol vacío de una plaza, al menos lograron una gran proeza: la palabra se incorporó a la lengua portuguesa. Creo que es una buena manera de –al menos– presentar lo evidente como problema nuevo.

¿A qué responde ese reflejo de control? ¿No alcanza con cobrar boleto en el bondi que además hay que regular el paso de los pasajeros en una dirección única? ¿Qué tipo de atentado pueden querer realizar unos alumnos de dramaturgia que se hace tan necesario regular sus entradas, horarios y salidas de un centro cultural? Se lo he preguntado a cada paulista en este viaje pero nadie lo sabe realmente.

En esta campaña política no hay listas sábana y hay que votar a cada legislador uno por uno. La oferta ya no cabe ni en las paredes –empapeladas de flúo y pop villano– ni en los jodidos segundos de la tele. Los eslóganes no entran en los clips, sólo valen la imagen y el impacto. Cada candidato se presenta en cinco segundos: sólo importa retener su imagen y un número de lista que tiene cinco cifras (tal es la cantidad de candidatos en la batea). Un señor aparece besando a un perro policía; otro se viste de payaso, especulando con el antecedente de un payaso de profesión que hizo exitosa carrera en la política; Dilma se ubica en su cocina; el más extraordinario grita en una lengua indefinible y saca una katana, una espada japonesa, símbolo de no sé qué ni con qué fines.

Lo peor es que no hay chance de no echarles una miradita pornográfica: como ningún partido los ha elegido por nosotros, es menester mirar bien a quién no votar. El sistema es intrigante. Pero Brasil es siempre para mí un suave enigma que muy pocos expresan como tal.



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