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Entre Horangel y el Servicio Meteorológico

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Acabo de ver en un hipermercado de capitales franceses una enorme mesa de libros de saldos entre los que se distinguían parvas de ejemplares de Fin de Ciklo, de Rosendo Fraga. El libro es de febrero de 2010, el momento en el que el periodismo de opinión y análisis del futuro empotraban la letra K en todas sus elucubraciones, iniciando en sus admiradores digitales la temporada alta de términos llenos de ingenio y talento lírico como “korrupción”, “kretina”, “kakas” “kalafate” y “kaja”.

Pasaron tres años y medio y recién hoy el libro de Fraga podría tener sentido, lo que prueba el carácter rancio de la actualidad respecto de los juicios que la evalúan. Entonces, en 2010, ciertos sectores de la sociedad ya deseaban en términos dramáticos un post-kirchnerismo. Era –quizás ya no– un deseo inflamado de ansiedad, como de adictos en quemar las etapas de los procesos democráticos que, hasta la emergencia reciente de Sergio Massa, nunca consideraron seriamente una construcción paciente de poder civil.

Lo que sí consideraban, y lo hacían de un modo irracional, era la realización acelerada de ese deseo. Pero como sólo los milagros o la magia son capaces de cumplirlos de ese modo (son deseos de velocidad que quizás no sería inadecuado asociar a una filosofía del consumo: que le democracia tenga el ritmo del consumo burgués), los pronósticos fallaron por dos razones. Por razones políticas, de las que hay que extraer una larga lista de progresos sociales sostenidos por el Gobierno desde 2003; y por razones que podríamos llamar mitológicas, fechadas a partir de la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010.

Pero hablar hoy de post-kirchnerismo no sería una experiencia analítica sino predictiva, un gesto temerario por el que los analistas siempre terminan convertidos en Horangel o en el Servicio Meteorológico Nacional. No se entiende muy bien esa necesidad tarotista de anticiparse a los hechos cuando no cuesta nada esperarlos. ¿Qué juicio se puede cerrar sobre lo que todavía no sucede? Es cierto que si el periodismo viviera solamente de los hechos consumados se llamaría historia, pero estamos en 2013 y Cristina cumplirá su mandato recién en 2015. En ese perídodo pueden pasar muchas cosas, y lo única certeza que tenemos es que las ignoramos a todas.

Pero si ya estuviéramos en 2015, podría decirse que la era kirchnerista fueron años de progresos en el campo de la Justicia (en especial en los viejos juicios por violaciones a los derechos humanos), que se conquistaron derechos nuevos para la vida civil y laboral, que fue una etapa en la que supimos todo de todo el mundo –y en la que todo el mundo mintió, omitió y dijo alguna verdad al mismo tiempo–, que la política fue un asunto de interés general y de grandes manifestaciones públicas, y que tanto Néstor Kirchner como Cristina siempre defendieron el acto de gobernar contra el acto de gerenciar, lo que quiere decir que se impuso la actividad contra la pasividad de la experiencia política.

Esos son los componentes inéditos instalados por un gobierno que también tuvo sus componentes clásicos, como la corrupción y la obsecuencia de algunos de sus voceros (es curioso: los más obsecuentes son los que han desarrollado un perfil de guapos).

No podemos saber cómo será visto retrospectivamente el kirchnerismo a partir del 2015, pero los antecedentes dicen que los juicios de la historia sobre los gobiernos son sobre la materialidad de la política. Al gobierno de Menem no se lo recuerda por la corrupción (la corrupción es más bien intangible para la historia) sino por la desastrosa parábola de la convertibilidad. Lo que se ve en estos meses es un trabajo de hormiga, hecho por elefantes, para que el kirchnerismo sea recordado como un buró inmoral, o como les gusta rotular a los fantasistas, sin ningún respeto por la cosa que nombran: un estalinismo. Pero la actualidad no hace la historia.


*Escritor.



Juan José Becerra