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Epica de la antiépica

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La asunción de Mauricio Macri respondió a su estilo de campaña. La postal fue la de ciudadanos contentos, sin feriado ni masas en las calles, la política de la no política, estética minimalista, y un discurso en el que reemplazó a los grandes líderes por los grandes equipos. Si De la Rúa se construyó como aburrido frente al Menem de las Ferraris, Mauricio se construye como un presidente de consenso y diálogo frente a la “crispación” kirchnerista. Y todo eso encaja bien en el discurso post ideológico, que constituye el arma más sustancial de las llamadas “nuevas derechas” para vencer a los progresismos sudamericanos. En todo caso, fue la contracara del Abrazo a Cristina, lleno de épica nacional-popular y exaltación política y afectiva de la líder. Macri no tiene –ni puede tener– eso porque carece de carisma e hizo de esa necesidad una virtud “republicana”.

En ese marco, Frondizi se volvió la imagen que le permite a Macri construir, si no un panteón, alguna referencia a la historia que active imágenes positivas; en este caso, una suerte de figura moral asociada a una palabra cara: el desarrollo, materia en la que Argentina, con neoliberales o populistas, no termina de lograr un éxito a su medida (al menos según la visión que los argentinos tenemos de nosotros mismos respecto de lo que merecemos). Macri logró “desdiabolizarse”: quitarse de encima las marcas de neoliberalismo o de asociación de su connotado apellido con la diabolizada década del 90. Pero, además, construir una nueva marca partidaria, Propuesta Republicana (Pro), y ganar pagando por la UCR sólo lo que la UCR vale. No es poco.

El nuevo escenario, la “CEOcracia”, en referencia a los cuadros que vienen del sector privado, marca un quiebre respecto de la visión predominante sobre administración pública; veremos qué sucede con la necesaria autonomía estatal. La nueva canciller, Susana Malcorra –que dijo que va a “desideologizar” la política exterior–, es una de las exponentes de este giro pragmático empresarialista.

Pero Macri, a la luz de la coyuntura regional, ocupará un lugar destacado por ser el primer candidato que le gana a un gobierno “post neoliberal”. El timing de las elecciones hizo que coincidiera, además, con el arrollador triunfo de la oposición venezolana, con lo que esta “nueva derecha” va tomando forma latinoamericana.

Con todo, la idea de un fin de ciclo puede resultar algo equivocada: mucho del sentido común y los avances de la “década larga” perdurarán. También, en el caso argentino, la imagen de 2001 puede ser particularmente relevante, especialmente para un gobierno no peronista, si decidiera impulsar medidas impopulares. Como mostró la reacción al editorial pro impunidad de La Nación, estamos lejos de una vuelta tout court a los 90. Como escribió Gabriel Vommaro –coautor de Mundo Pro– en la revista Anfibia, “la centro-derecha pragmática prefiere ganar antes que tener razón: en un giro que molestó a militantes y cuadros, pero que buscó moderar lo que se pedía a la sociedad, el candidato presidencial aceptó medidas económicas y realidades políticas que se habían convertido en bienes colectivos”. Esa moderación es similar a las que los progresistas debieron hacer en los 90 (por ejemplo, aceptar las privatizaciones), y muestra que los ciclos no comienzan de cero ni terminan por completo. Y así como el neoliberalismo sigue presente en sus efectos, también perdurará el post neoliberalismo en los próximos años.

Pese a su economía discursiva, o precisamente por ella, el Pro intentará su refundación “antiépica” del país. Un experimento con final abierto, una sociedad expectante que no da cheques en blanco y un presidente sin mayorías pero con el control de tres gobiernos clave: nacional, provincial y municipal. Y dentro de este experimento, uno propio vivirá María Eugenia Vidal, cuya luz logró opacar a Gabriela Michetti y transformarla en una pieza esencial de la nueva era macrista o, de acuerdo con el nuevo momento, “equipista”.

 

*Jefe de redacción de revista Nueva Sociedad.



Pablo Stefanoni