COLUMNISTAS ONU, TENSION Y GUERRAS

Era de la imprevisibilidad

.

Siria. El conflicto ha superado en años los que se vivieron en la Segunda Guerra.
Siria. El conflicto ha superado en años los que se vivieron en la Segunda Guerra. Foto:AFP
El que fue segundo secretario general de Naciones Unidas Dag Hammarskjöld expresó a mediados de los 50 que la organización “fue creada, no para llevar la humanidad al paraíso, sino para salvarla del infierno”. Sin embargo, la realidad geopolítica actual demuestra que este objetivo aún sigue sin cumplirse.

En los próximos días, pasarán por Nueva York jefes de Estado y de Gobierno y líderes de todo el mundo en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas, la primera desde la elección de Donald Trump, de Emmanuel Macron y, también, de Antonio Guterres. Sin duda, el sentimiento de inquietud y un cúmulo de interrogantes predominarán en la sala.
De hecho, la imprevisibilidad ha aumentado desde la última reunión en la Asamblea General. No sólo los focos de tensión se agravaron y proliferaron, sino que se han vuelto más complejos y difusos: consecuentemente, más difíciles de resolver.

En el pasado, las guerras tenían un principio y un fin bien determinados, un epílogo con vencedores y vencidos, quienes se reconocían mutuamente como tal. Por el contrario, en la actualidad los conflictos parecen perpetuarse en la cronología sin que nadie triunfe de manera clara y definitiva. La beligerancia se está convirtiendo en un punto de encuentro de perdedores.

La situación en Siria es la que mejor ejemplifica dicha evolución. En efecto, el conflicto se ha prolongado en el tiempo, superando incluso los años que se vivieron en la Segunda Guerra Mundial. Además, se han utilizado armas prohibidas internacionalmente y se ha destruido parte del patrimonio inmaterial de la humanidad. No obstante, la guerra en esas latitudes sigue sin un final previsible.
Si bien los combates se llevan a cabo en un territorio bien delimitado, sus efectos son cada vez más globales. Siria, que a finales de 2010 acogía a más de 1,3 millones de refugiados, hoy es el principal emisor de desplazados del planeta.

Producto de las guerras y hambrunas en el mundo, de acuerdo con Naciones Unidas, hay en la actualidad 22,5 millones de refugiados, el número más elevado al menos desde 1950.  
    
Asimismo, la perdurabilidad de los conflictos y la ausencia prolongada de los gobiernos en estos territorios proporcionaron un caldo de cultivo para la emergencia de un nuevo tipo de terrorismo.
Otrora confinado a focos específicos de beligerancia, el terrorismo representa hoy una amenaza transcontinental. Los objetivos gubernamentales fueron reemplazados por ataques indiscriminados contra civiles, y los autores de los atentados ya no son los sospechosos de siempre. Ahora se trata de jóvenes intoxicados por una lectura desfigurada de libros sagrados y que pasan inadvertidos frente a las autoridades policiales. A su vez, utilizan las sombras de internet para comunicarse entre ellos y se sirven de medios artesanales para atacar a las poblaciones. Barcelona fue el último ejemplo de esta nueva y cruel realidad que condiciona el cotidiano democrático y fomenta la xenofobia.

Otra peligrosa fuente de imprevisibilidad brota en estos días en la península coreana. El principal motivo de preocupación es la posibilidad de que Pyongyang disponga de una bomba de hidrógeno que puede ser instalada en un misil balístico intercontinental. Una especie de seguro de vida del régimen norcoreano contra el desenlace similar que tuvieron Sadam Hussein y Muamar el Gadafi tras abandonar sus programas nucleares.

Sin embargo, ni el terrorismo representa una colisión de religiones ni Corea del Norte refleja un choque de civilizaciones. Ambas son heridas locales con intrincadas ramificaciones globales que el unilateralismo nunca podrá resolver. Por más profundas que sean las divergencias en la comunidad internacional, es imperativo buscar un denominador común que permita restablecer el diálogo. Esperemos que la Asamblea General de Naciones Unidas nos ayude a encontrarlo, porque en la era de la imprevisibilidad nadie parece estar ganando y todos estamos corriendo demasiados riesgos con un final incierto.

*Embajador en Portugal.

Oscar A. Moscariello*