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Error de cálculo

El Gobierno pagó por equivocar su diagnóstico de la realidad. Cara, en La Rural, y ceca, con Tinelli.

Su excelencia Marcelo Tinelli
Su excelencia Marcelo Tinelli
Foto:PABLO TEMES

"Todos caímos en la trampa de creer que con el fin del kirchnerismo, sobre todo del cristinismo con sus delirios y su prepotencia, gran parte de nuestra vida política estaba resuelta. Una versión moderna  del muerto el perro se acabó la rabia. No somos ingenuos, sabíamos que iba a ser difícil, pero confiamos en que cruzar a la vereda de lo institucional y lo políticamente racional nos abriría las puertas al mundo. Quizás fue un primer paso, pero el mundo no necesitaba de la Argentina”.

La reflexión fue realizada por un hombre del Ministerio de Economía que vive el día a día de lo que allí está ocurriendo. La fuente se queja de la trascendencia que se le ha venido dando a las internas entre funcionarios del ala económica del Gobierno y asegura que son roces normales en una gestión que se ha venido complicando. “Tanto (Federico) Sturzenegger como (Alfonso) Prat-Gay están haciendo lo que creen correcto y todos los que se quejan  por la falta de resultados en la llegada de inversiones deberían recordar que se peleaban por el puesto de Alfonso, pero cuando el puntero se acercaba y las chances parecían reales miraban para otro lado. Prat-Gay es la persona más capacitada para el puesto, si hay demoras en los resultados, debimos habernos preguntado antes por qué creímos en forma acrítica que el mundo vendría a invertir su dinero en un país que, al menos en los últimos cuatro años, fue un circo y una catástrofe en materia de indicadores macroeconómicos. En eso sí nos dejamos llevar por el entusiasmo”.

En la vereda de enfrente hay de todo. Críticos y operadores, pero también gente valiosa que supo advertir con cierta anticipación que el rumbo no terminaba de cerrar por errores de cálculo inicial que impidieron hacer un mejor diagnóstico del estado de la economía argentina.  

Veamos algunas de estas fallas en el diagnóstico: en primer lugar, el Gobierno subestimó la realidad. No tenía el pulso correcto de la dimensión de la catástrofe que heredó del kirchnerismo. Así, cuando se tomaron las primeras medidas y se decidió modificar el tipo de cambio, se asumió que toda la economía se estaba moviendo en base a un dólar que rondaba los $ 15 y se avanzó en ese sentido. Un industrial que conoce muy bien lo que ocurre en el interior del país recuerda haber advertido que “se debería haber utilizado un criterio más federal ya que un sector importante de la economía productiva aún giraba en torno a un dólar de $ 9”. El caso de los insumos importados es un buen ejemplo. Por eso el rebrote inflacionario fue inevitable.

En segundo lugar, el Gobierno creyó que con la salida del default comenzarían a llover los dólares. Sobre la base de esta ilusión se aventuró a utilizar todo su margen político para dar de entrada y todas juntas las malas noticias (ajuste, sinceramiento, tarifazo, etc.). Pero el colchón verde que hubiera permitido pasar el trago amargo con mejores perspectivas nunca llegó.

Los funcionarios no comprendieron que era un riesgo demasiado grande darle a la gente un baño de realidad tan brutal sin esperar a que la economía esté funcionando o, al menos, dando las primeras señales de recuperación.
En ese caso, otra hubiera sido la historia. Ese era el plan que, bajo la muletilla del bendito segundo semestre con que el Gobierno batió el parche durante la primera parte del año, finalmente nunca llegó.

En el acto de ayer en La Rural –que marcó la vuelta del jefe de Estado a ese ruedo visceralmente despreciado por el kirchnerismo–, Macri reafirmó su política de apoyo al campo.

Más allá de los aplausos que le prodigaron desde las tribunas, la realidad es que las economías regionales aún no repuntan ya que, por ejemplo, al productor de soja, al que por un lado se lo benefició con la devaluación y la baja de retenciones, se lo ahorcó con la inflación que impacta directa y fuertemente en el costo de los insumos.

En el medio de todo esto se produjo la novela entre Macri y Marcelo Tinelli. La trascendencia que la dirigencia política vernácula le viene otorgando desde hace casi dos décadas a las idas y vueltas camaleónicas que Tinelli ha hecho y hace de su popularidad y la de su uso político es algo  turbador que califica –debería decirse mejor descalifica– a esa dirigencia.

Lamentablemente, el Presidente no ha escapado a ese escenario patético. Es triste y preocupante imaginar que desde las esferas del poder se esté pendiente de lo que pase en un programa de humor.

Los problemas de la Argentina de hoy en día son la pobreza, la inflación, la recesión económica, la pérdida de fuentes de trabajo, la falta de inversiones, la inseguridad, la mala calidad de la salud pública, los déficits de la educación, la falta de infraestructura, y una larga lista de etcéteras a la que no solucionará el armisticio Macri-Tinelli. Como decía Dario Fo: “La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”.


Producción periodística: Santiago Serra.



Redacción de Perfil.com