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¡Es el Congreso…!, o la música más maravillosa

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La mejor noticia de estos cien días se va verificando en los idus de marzo: si la música más maravillosa es el pueblo, su representación polifónica en el Palacio Legislativo es la posibilidad de lograr su mejor armonía, aún a riesgo de desafinar. Que el coro no se reduzca a canon o comentario de un solista, es una gran oportunidad para la democracia argentina. Y no se piense que el Congreso Nacional es la pata más enclenque de nuestra forma republicana de gobierno apenas desde ayer. Ya Osvaldo Magnasco en 1891, bajo la presidencia de Carlos Pellegrini, acusaba al Congreso de dejarse avasallar por el Poder Ejecutivo.

Empezamos mal cuando el presidente Macri quiso poner ministros de la Corte a decretazo, porque ¿acaso no gozarán los nuevos ministros de plena legitimidad sólo una vez que el Senado los consagre tales? ¿Y la fallida reforma del impuesto a las ganancias –materia que por lo demás compete al Congreso con exclusividad– no terminará siendo corregida por los legisladores a favor de los intereses de más de un millón de asalariados, la mayoría de los cuales no debiera pagar ese tributo por principio, pero más aún por tener los bolsillos desfondados?

Paradójicamente, la administración Macri puede hacer fuerza de su debilidad. Por no tener hegemonía en ninguna de las dos cámaras podrá renovar su legitimación política a través del consenso construido con los diversos sectores opositores o bien con el disenso auténtico por el camino del debate lo lleve a la derrota o a la victoria en el trámite de una ley. Porque debemos aprender que en democracia a veces perder es ganar y gobernar con el apoyo o la crítica del adversario —que no enemigo— es sinónimo de un crecimiento y una madurez de la dirigencia que el pueblo sabrá apreciar.

La fragmentación política en la que ningún sector ostenta hegemonía puede ser tanto paralizante como dinamizadora. Felizmente, parece que este último es el caso, no sólo porque el justicialismo o el Frente Renovador están ejerciendo una oposición por fin no oposicionista, sino porque aún las voces de menor volumen cuantitativo, como las fuerzas de izquierda por ejemplo, adquieren un relieve y un color que de otro modo se desluce.

No sobra decir que los tres objetivos estratégicos que enunció reiteradamente el Presidente (unión de los argentinos, pobreza cero y lucha contra el narcotráfico) —y que suenan más bien a eslóganes de campaña—, no podrían ser alcanzados en ningún caso sin la participación protagónica de la sociedad en su conjunto. Obviamente, la mentada unidad de los argentinos no ha recibido precisamente ayuda de muchas de las iniciativas del Poder Ejecutivo, como el denuesto de sectores enteros o la demonización del empleado público. También en materia de pobreza se camina en dirección contraria si el equilibrio fiscal deben soportarlo los que menos tienen, a golpe de devaluación y tarifazos que agravan la ya grave inflación.

Pero esto se ve en parte compensado, aún cuando fuere por necesidad más que por vocación, por el diálogo celebrado con los gobernadores y el reconocimiento de la significación política de los adversarios. Sin embargo, no es suficiente. Hay materias fundamentales que ameritan apuestas mayores. Destaco por lo pronto dos de ellas: endeudamiento y seguridad. En cuanto a la primera, ¿es justo que el conjunto de los argentinos siga siendo postergado a favor de unos cuantos vivos de adentro y de afuera que llenan sus bolsillos a nuestras expensas? Y en otro orden, ¿no es la seguridad pública un espacio de construcción colectiva antes que una imposición de fuerzas represivas? Por ello invito a los diputados a tomarse el artículo 40 de la Constitución en serio, no como un adorno o una declaración de buenas intenciones, y llamen a consulta popular para resolver estos asuntos: a veces la polifonía palaciega requiere sostenerse en la canción del pueblo, al que hay que ayudar a que deje de ser una platea silenciosa.
 
*Ex senador, filósofo.



Samuel M. Cabanchik