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Es la política, Marcos

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La mímesis entre kirchnerismo y macrismo se ha vuelto frecuente. Marcos Peña es protagonista de la más reciente entrega en la saga de este fenómeno al coincidir con Alberto Fernández en reivindicar para el Gobierno un estilo de comunicación directa que defendió con la controversial carta publicada en Facebook. La definición del sujeto social elegido para justificar semejante encomio –el pueblo para el ex jefe del Gabinete y la gente para el actual– no hace a una diferencia conceptual importante.

Donde sí la hay es el momento en que este enunciado sincera la crisis de empatía entre la opinión pública y las dirigencias a raíz de la dificultad para recrear desde el Estado la expectativa que facilitó su elección para conducirlo. Néstor Kirchner la atravesó entre el final de su mandato y el primer año del de su esposa y sucesora, Cristina Fernández. La presidencia de Mauricio Macri no cumplió todavía los primeros seis meses.

Como en otros planos, es altamente posible que la herencia recibida sea directamente proporcional a la impaciencia que experimenta una sociedad que valora por contraste los buenos modos de la nueva administración, pero espera que finalmente se concrete la promesa de darle cabida en la agenda de gobierno a la larga lista de reclamos acumulada en la suya desde hace décadas.

La falta de señales plausibles en ese sentido suele atribuirse de forma errónea a una mala gestión en la comunicación. Convertida así en un objeto fetiche que concentra, inexplicablemente, la fe de los funcionarios en dar por su intermedio con un discurso en condiciones no ya de persuadir sino de curar por palabra una ansiedad tan justificada como endémica en la Argentina. La de lograr vivir en una sociedad con mayor nivel de certidumbre para las realizaciones individuales y colectivas.  

Juega a favor de Peña que se trata de un problema extendido a escala global. En parte por la confusión derivada de la velocidad en la innovación tecnológica que pone a los dispositivos en el centro del presente y futuro de la humanidad: una dimensión mística a la que se sublima su suerte cuando se trata de una herramienta dispuesta a facilitar la fluidez del vínculo entre emisor y receptor de un mensaje suprimiendo cualquier tipo de obstáculo geográfico.

Pero el mal de muchos es un pobre consuelo. Cualquier cambio tecnológico es antes que nada un acontecimiento político. En esa capacidad de acción ligada de modo indisoluble a la condición humana es donde sigue residiendo la probabilidad de cualquier respuesta inteligente, y no artificial, a la plenitud potencial de cumplir esas metas sin contravenir la regla de oro de la democracia: vivir de acuerdo y en torno a la ley.

Las autoridades políticas cargan con la responsabilidad de que esa idea no sea aceptada más ampliamente por la excesiva simplificación que transmiten de procedimientos complejos exigidos para cumplir ese requisito bajo el prejuicio de que no concitarían la atención de grandes audiencias a las que desean llegar con su mensaje. Más que de Jaime Duran Barba, llama la atención que un autorrotulado politólogo como Peña sea uno de los persuadidos fundamentales de esta doctrina.           

Por su carácter de inescindibles, resulta muy difícil que haya una buena comunicación para malas políticas. O que un programa de ajuste sea percibido como una buena noticia. Menos todavía disimulado por otros anuncios: una fórmula insistentemente repetida pese al evidente fracaso.
 La práctica del igualitarismo vacuo simbolizado en el timbreo o en ocupar ficticiamente el lugar del otro mostrando compasiva compresión antes que resolver la cuestión de fondo pudo haber sido, por contraste, un recurso efectivo en campaña. Gobernar es otra cosa. Es la política, Marcos.
 
 *Docente de la carrera de Comunicación Social. UNLZ.



Silvia Pelliza