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Soy un tibio. ¡Me declaro a favor de la salsa, de la poesía de Nicanor Parra; de la voz de Joe Barretto, de la sangre nueva, de las tetas de mi mujer y de nada más! La salsa, por suerte, todavía no es de izquierda ni de derecha.  ¡Qué cosa tan ridícula meter los problemas serios del hombre en términos tan vacíos como izquierda o derecha! Es como definir los estilos futboleros del país en bilardistas o menotistas y a mí ambos me parecen un desastre. (Aunque hayan ganado Copas del Mundo: Bilardo es un mezquino y Menotti es un tipo muy conservador). Todos los días pienso algo distinto, nunca estuve por mucho tiempo en un mismo lado. ¡Jamás tomo el mismo colectivo! Creo que si quisiera militar en la Cámpora, el Cuervo Larroque u otros no me aceptarían: no tengo ninguna convicción política entendida así, aspiro a pocas cosas, detesto la militancia como ayuda social, soy  un hombre de a pie, un laburante, pero imagino que no tendría cabida en esa organización.

Para mí, militar no es vanagloriarse de ir a ayudar a los inundados, ni inmolarse en nombre de Chavez y patotear a un periodista porque me hizo una pregunta boluda. Tampoco pienso que hacer política se resuma “a salvar al país o a solucionarle los problemas a la gente”. En especial si se trata de esa gente de clase media bien que exige justicia y un país democrático y cuando ven un niño pidiendo en la calle le mandan a la cana. ¡No seamos caretas, lo que menos nos importa es la democracia! Por suerte, en este país también hay otra gente que no cree en el discurso. Gente que no va a las marchas, abogados que no exigen por mayor justicia, contadores que no piden control en las burocracias; padres de familia que no se quejan porque a otros padres de familia les dan la asignación por hijos y no pagan impuestos. Televidentes que no ven los shows faranduleros de política nacional. Gente común que no está fijándose todo el tiempo en el bolsillo y están en el lado correcto. ¿Cuál es el lado correcto? El lado correcto no son los veinte twitts diarios que manda la presidenta (demasiado pobres además); ni la solicitada de De Narváez “Ella o vos”. Hay todo un país que no marcha porque no tiene tiempo o tiene cosas más importantes que hacer. Un país de gente a la que le gusta que le hablen bien y con sinceridad.

Ayer, no fui a la marcha del jueves apocalíptico del 18 A. Tanta alharaca para nada. Una movida al revés, diría yo. Una marcha efímera que le da pasto a los diarios, a las revistas, a los canales de televisión, pero la realidad no se transforma con marchas, sino con ideas. ¡Tanta gente interesante inmovilizada para nada! No voy a decir la obviedad de que la oposición no tiene ideas ni espíritu y que es mucho peor que este gobierno. Tampoco voy a caer en la tontería de decir que Horacio Verbitsky es un creyente fervoroso que sueña con realizar el último acto heroico de su generación. En estos últimos años vi a muchos amigos “volverse” kirchneristas e inmediatamente a otros amigos volverse “antikirchneristas”. Lo que no pude volver a verlos es juntos. Unos me hablan mal de los otros y viceversa. Por eso, anoche, cuando mis amigos me llamaron otra vez la misma pregunta. ¿De qué lado estás, Cucu?” “¡Vamos a la marcha, aunque sea tómalo como un paseo sociológico”. No señores, no sé hasta qué punto las marchas sirven para algo. Por un lado es la visibilidad de un montón de gente que reclama cosas y a su vez, ese reclamo termina en la misma noche. Por puro instinto protector jamás estaré a favor de ningún gobierno. En cambio, soy un soldado de la defensa de las cosas que están bien y atañen al bienestar de todos. Estas cosas son están desde hace mucho tiempo, son bastante visibles e importantes. Estoy del lado de las personas y de las cosas bien hechas más allá de los partidos.
 

*Escritor.



Washington Cucurto