COLUMNISTAS ESCENARIO TRUMP

¿Es lo que parece?

El nuevo presidente de EE.UU. genera opiniones exprés. La tentación de comparar con el pasado.

¿GRIETA AGAIN?
¿GRIETA AGAIN? Foto:temes

"Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Esta máxima describe un comportamiento habitual frente a lo nuevo, disruptivo, diferente, impredecible. En lugar de aceptar que no sabemos ni entendemos qué está pasando, que estamos ante algo que jamás vimos antes y es prematuro hacer juicios de valor, tendemos a recurrir a la experiencia personal o colectiva: revolvemos en el pasado, buscamos comparaciones no siempre del todo rigurosas ni persuasivas. Son formas de acotar la angustia que nos generan la sorpresa y la incertidumbre.

Somos humanos: es difícil evitar ciertas obsesiones, algunos facilismos o cuotas de arbitrariedad. Los prismas con los cuales tratamos de domesticar fenómenos novedosos, una mezcla rara de acervo histórico y experiencia contemporánea, suelen reflejar atributos culturales o prácticas de identificación. Un pibe de las inferiores demuestra talento y automáticamente se convierte en “el nuevo Messi”. Estamos atados a las costumbres y nos cuesta salir de nuestras zonas de (dis)confort.

Esto permite pensar las reacciones que dispara Donald Trump, tan extremas y en algunos casos exageradas como su discurso de campaña y muchas de las decisiones que ha tomado en estos diez días que lleva en el gobierno. Nadie sabe a ciencia cierta cuánto de lo anunciado tendrá un impacto efectivo: más temprano que tarde podrían imponerse límites gracias al sistema de frenos y contrapesos norteamericano, movilizado por los poderosos intereses que se están viendo afectados (los lobbistas, de parabienes). También hay contradicciones importantes entre la agenda del presidente, la de su gabinete y la del Partido Republicano. Algunos observadores sostienen que buena parte de lo hecho hasta ahora son intentos de satisfacer las demandas de sus votantes y construir reputación de negociador duro. Pero que por cuestiones burocráticas, legales y la propia lógica transaccional parlamentaria, el saldo eventualmente será bastante magro.

Son todas especulaciones. Sin embargo, llaman mucho la atención las reacciones y los comentarios que han surgido respecto del fenómeno Trump. El Washington Post lo acaba de comparar tanto con Perón como con Pinochet. Elípticamente, el papa Francisco mencionó a Hitler. He leído referencias a Chávez, Andrew Jackson, Duterte y al propio Stalin. Carlos Slim quiso poner una cuota de sentido común al afirmar que “no es Terminator sino Negotiator”.

Con dosis de autorreferencialidad y parroquialismo bastante alarmantes, aunque no del todo sorprendentes, diversos exponentes de nuestros campos político e intelectual han aludido al presidente número 45 de los Estados Unidos como si fuera un protagonista más de un manual Peuser o Kapelusz. Guillermo Moreno lo considera peronista (igual que el  medio de Jeff Bezos) por sus políticas arbitrarias y proteccionistas, similares a las anunciadas por el blondo magnate. Daniel Scioli sorprendió con un tuit luego de la ceremonia de asunción: “Si tengo que rescatar una frase del discurso de Trump es la idea de defender el trabajo y la industria nacional #PrimeroArgentina”. No queda claro si el adjetivo “nacional” significa “estadounidense” o “argentino”.

Exponentes del kirchnerismo, sectores de izquierda y hasta mi admirada Beatriz Sarlo ven comunes denominadores entre Trump y Macri. Y algo de razón parecen tener. Ambos son o fueron empresarios y arrastran mochilas que generan dudas respecto de cuestiones de transparencia y conflictos de intereses. Sus gabinetes combinan tecnócratas y ricachones, en muchos casos con escasa o nula experiencia pública. Descreen y rechazan la política tradicional, aunque terminan cediendo o pactando con actores del antiguo régimen (del que se han favorecido más que nadie pero al que, curiosamente, critican con firmeza y amenazan ahora destruir para siempre). Cuando uno penetra en el terreno del antiperonismo clásico, parte del cual se reencarnó en Cambiemos, lo ven a Trump como a un Kirchner 2.0: “What’s your problem, CNN, are you nervous?”, imaginan que dirá en cualquier momento. Su disputa frontal con Meryl Streep no difirió demasiado de aquella carta que Cristina le escribió a Darín luego de que éste criticara a su gobierno; y el “buy American, hire American” trae reminiscencias de lo que el recordado Aldo Ferrer definió como “vivir con lo nuestro”. Esa manía de invertir en hoteles y casinos (y claro, la incontinencia tuitera) también hermana a los Kirchner con los Trump.   

Son obvios los riesgos de anacronismo, pero sobre todo quedan de manifiesto las dificultades de establecer comparaciones que nos eviten sacar conclusiones sesgadas. Hay cosas que parecen parecidas, pero no lo son tanto. Otras que sí, pero el contexto es tan diferente que en la práctica no nos sirven para comprender fenómenos complejos. Hasta no hace mucho un ministro de Economía argentino argumentaba que emitir dinero de forma espuria no generaba inflación, como ponía de manifiesto la experiencia reciente de la Reserva Federal. Sin comentarios.

La política comparada es una disciplina rigurosa y muy utilizada, que permite generar conocimiento mediante un análisis sistemático de información y el testeo de teorías y marcos conceptuales. Puede combinarse con técnicas cuantitativas sofisticadas o bien basarse en pocos casos. Pero para evitar extrapolaciones forzadas, errores de diagnóstico e inferencias que lleven a desviar el diseño de política pública, vale la pena recordar que el método comparado se basa fundamentalmente en datos empíricos. Hasta ahora, la información disponible es por lo menos muy escasa.

Sugiero esperar y ver. Examinar con tranquilidad los datos que vayan surgiendo y debatirlos con la menor carga emocional e ideológica posible. Pongamos paños fríos y miremos el marco del proceso, el conjunto de fuerzas y actores que habrán de protagonizar esta coyuntura tan desafiante que nos toca vivir. En algunos casos, las cartas están sobre la mesa. En otros, estamos frente a fenómenos que no tienen precedentes. ¿La marcha de más de 3 millones de mujeres y hombres quedará como un hecho discreto o será el comienzo de un nuevo movimiento social y político, una suerte de Tea Party demócrata? Esto recién empieza. Y las negras (más los latinos, musulmanes, LGBT, grupos ambientalistas, jóvenes, alcaldes de grandes ciudades, artistas, intelectuales, sindicatos, etc.) también juegan.