COLUMNISTAS POLEMICA I


¿Es necesario aplazar a los alumnos?

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La decisión tomada por el gobierno bonaerense de reinstaurar el aplazo en la evaluación de los estudiantes es una medida que requiere ser analizada desde al menos dos perspectivas. La primera tiene relación con el proceso de definición de la norma, que implicó una modificación al Régimen Académico del Nivel Primario, que había sido revisado en 2014. La segunda, sobre la que nos interesa profundizar, refiere al contenido pedagógico.
Algunas de las preguntas que surgieron luego de conocer la decisión oficial fueron: ¿qué datos fundamentan este nuevo cambio? ¿Qué problema o problemas ocasionaba al sistema educativo la eliminación de los aplazos en la escuela primaria? ¿Y a los alumnos? ¿Qué impacto tenía sobre la enseñanza?
Entendemos que toda decisión requiere un análisis previo que debiera explicitarse de modo de poder justificarla. Y toda determinación explicita supuestos acerca, en este caso, de lo que es enseñar, evaluar y calificar. Sería relevante hacerlos visibles.   
Por otro lado, la calificación en el marco de la evaluación está hoy puesta en análisis. Eliminar los aplazos no debiera ser leído en términos de “facilismo”. Si se considera que ése es el riesgo habría que dar cuenta del argumento. Las investigaciones acerca del impacto de la calificación en los alumnos la señalan como una “marca” que conforma subjetividades. También aseguran que los estudiantes frecuentemente aplazados tienen una mayor tendencia a abandonar sus estudios. ¿Es necesario aplazar a los estudiantes? ¿No es posible promover experiencias que los ayude a mejorar los procesos de aprendizaje? ¿La calificación numérica es siempre la única opción posible?
La evaluación de los aprendizajes de los alumnos es una práctica compleja teñida en momentos de temores, angustias y ansiedades vinculadas a su función de acreditación, es decir, a certificar la aprobación de un curso, grado o materia. ¿Es posible pensar en la evaluación de los aprendizajes no sólo desde su función de certificación?
Esta función es la más difundida y criticada por una multiplicidad de aspectos: el uso y abuso de la evaluación como forma de ejercer poder sobre los alumnos; un castigo ante faltas cometidas; una forma de emitir juicios de valor lapidarios que etiquetan a lo largo de la escolaridad.
Aunque la función de acreditación ocupa un espacio tal vez demasiado amplio en relación con otras también importantes, hoy encontramos prácticas de evaluación que además de certificar permiten dar cuenta de procesos y recorridos de aprendizajes de los alumnos y estimulan la reflexión.
Nos referimos a buenas prácticas de evaluación de los aprendizajes en el aula, como aquellas que ofrecen espacios de diálogo, de intercambios entre docentes y alumnos, entre los estudiantes como pares para comprender lo que están aprendiendo, lo que no logran, los avances y los obstáculos. Son maneras de ubicar al alumno en un rol central en lo que se refiere a sus aprendizajes. No esperan que la información acerca de cómo están aprendiendo venga sólo de los docentes, sino que a través del uso de diferentes instrumentos y de espacios de reflexión.
Estas prácticas ocurren si se las sostiene en el tiempo, forman parte de los modos de enseñar y aprender, son compartidas en el equipo de trabajo e integran las políticas de evaluación de la escuela. Estas buenas prácticas se desarrollan si se ofrecen espacios para analizar las funciones formativas y de acreditación, identificando las contradicciones y buscando las maneras de otorgar coherencia a las prácticas cotidianas de evaluación.
Las buenas prácticas de evaluación se basan, entonces, en informaciones que se recogen como evidencias y permiten identificar adónde se encuentran los alumnos, qué caminos les permiten avanzar, hacia dónde están yendo, qué necesitan y cómo trabajan.
Se trata de evaluar no sólo para tomar decisiones acerca de la acreditación sino también para aprender, seguir avanzando y conocernos mejor como aprendices.

*Profesoras de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés.



Rebeca Anijovich y Graciela Cappelletti