COLUMNISTAS DONES


Es tarde para lágrimas

PERFIL COMPLETO

Basta con nombrar a López, a Báez, a Pérez Corradi, a Jaime, a De Vido o a larga fila de nombres (que comienza con K de Kirchner) que encarnan el más alevoso saqueo del Estado ocurrido en doscientos años de historia para que surjan airadas almas supuestamente progresistas (los únicos que de veras progresaron, y groseramente, fueron los ladrones y sus secuaces) y entonen una letanía que recita palabras como derechos humanos, asignación universal por hijo, inclusión, matrimonio igualitario, etcétera. El problema no está en esas cuestiones, que podrían, en sí, mejorar la calidad de la sociedad y de la convivencia. El problema está en quienes, escudándose en ellas y montados en un relato populista, robaron, manipularon, mintieron, depredaron. Sus crímenes son múltiples, no acaban en el robo. Hay que repetir mil veces que la corrupción mata. La inmoralidad y la responsabilidad de los corruptos (y de los corruptores que los alimentaron y pretenden aparecer ahora como víctimas, después de haber sacado pingües tajadas pagando comisiones y pactando “respetuosos” silencios) va mucho más lejos y más profundo de lo que parece y aparece. Y, decía Albert Camus, una acción moral ejecutada por un individuo inmoral, es una acción inmoral. No por capricho, sino porque es medio para un fin que la envilece.

La conciencia es un don humano que permite pensar. El verdadero pensamiento es crítico. Es comparar, deducir, imaginar, organizar las experiencias como memoria, empatizar, comprender, discriminar en el sentido literal del término, valorar, construir juicios, diferenciar, argumentar, dudar. Salir del determinismo, elegir, decidir y responder por nuestras acciones. Erigirnos responsables. Ser agentes morales. Nacemos humanos (como los gatos nacen felinos o los perros caninos) y gracias a la conciencia y al pensamiento podemos llegar a ser personas. Pero no es inexorable. Es una elección, un ejercicio de responsabilidad. Un deber moral.

Repetir consignas automáticamente, sin cotejarlas con los hechos, abrazarse a dogmas y fanatismos, deformar la realidad forzándola a entrar en relatos preconcebidos, descalificar, no es pensar críticamente. La letanía de los “logros” K es una falacia, una obscena mascarada por la cual la sociedad en su conjunto pagó y paga precios de terror, hambre, injusticia, pobreza y muerte. Niega el pensamiento, porque en casos así pensar duele. Sobre todo si se renunció a ello durante largo tiempo.

Mientras sospechan unos de otros, mientras se escabullen, mientras se traicionan entre sí, mientras temen que la (in)Justicia que usaron a favor se les vuelva en contra, los corruptos hacen lo de siempre al cuadrado: mienten, niegan que la tierra gira alrededor del sol, traman relatos de urgencia, más grotescos aun que aquellos que convertían en historia oficial. Apelan a lo que conocen: la bajeza, la cobardía, la canallada. Decirse arquitecta egipcia, ponerse a la derecha de Dios (“Témanle a él y a mí”) eran parte de delirios que (como Menem emulándose crack de la NBA) resultaban graciosos para los obsecuentes y genuflexos de siempre. Pero decir “Yo no sé quién le dio el dinero” a López es un insulto no sólo a quienes nunca le creyeron sino incluso a sus fieles devotos. Aunque tantos de estos opten por no ver lo obvio y griten a voz en cuello sus mantras para tapar el sonido de la verdad.
Se empieza a aceptar ahora lo que siempre fue evidente. Que la grieta es moral. Ni  ideológica, ni política. No se cierra discutiendo teorías, ni diciendo que los argentinos “debemos unirnos”. Los que se robaron una década y un país son argentinos. ¿En qué visión honesta y trascendente, individual o colectiva, sería posible unirse a esa banda? Acaso la grieta no cierre nunca. No todo es reparable ni perdonable. No todo tiene justificación. Pensar es gratis, es una posibilidad humana, nos permite ser agentes morales. Había que pensar. Ahora es tarde para decirse engañado, desilusionado, bajoneado. Las lágrimas de cocodrilo son creíbles en los cocodrilos. En los humanos (aun lloradas en cartas abiertas) se ven inmorales. Los humanos podemos pensar. Despreciar ese don es una ofensa a nuestra condición, independientemente de la jerarquía, el oficio, profesión o nivel social, económico y cultural de quien lo haga. Ahora, a llorar a las bóvedas y a las celdas.

 

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay