COLUMNISTAS BANANAS

Escritores de la mano abierta

Otra forma de comprender aún más el sentido de la comunidad es a través de la siguiente pregunta: ¿En quién puedo confiar? Protejo, luego existo.

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“Otra forma de comprender aún más el sentido de la comunidad es a través de la siguiente pregunta: ¿En quién puedo confiar? Protejo, luego existo. Porque soy capaz de proteger, porque soy capaz de despertar confianza, por eso soy, por eso tengo autoridad (…) Es decir, la confianza tiene que ver con tender puentes (...) cada ser humano es autor de sus propias experiencias. Lo es cuando está solo consigo mismo o cuando va al encuentro de amigos en los que puede confiar. Porque confiar le permite convertirse en un autor que, a su vez, cuenta con una refinada capacidad de diferenciación.” Este texto es de uno de los ensayos de Alexander Kluge que forma parte del libro El contexto de un jardín, editado por Caja Negra, donde se recopilan discursos o conferencias que dio al recibir premios. De hecho, parece que el autor creó un genero personalísimo que es el de sacar al discurso de agradecimiento del lugar común y ensayar sobre sus obsesiones aun cuando la ocasión no parezca propicia. Como dice él, crear puentes. El puente de Kluge me lo hizo cruzar un amigo, alguien en quien confiar. Adrián Rodríguez, mi amigo en cuestión, me llamaba por teléfono a cada rato para que, cuando pudiera, leyera a Kluge. Hasta me decía dónde podía conseguir los libros.

A diferencia de Adrián, hay gente a la que le gusta que no le guste algo. Esas personas son la toxina de la esfera global que llamamos vida y a veces cultura. Leen desde el capitalismo donde hay que derribar para ocupar lugares, no para, como quiere la izquierda, proteger a los que no pueden pararse bien en este mundo hostil. Los que salieron antes del horno, los que sufren la luz del día, la oscuridad del invierno.

Y fue increíble –rizomático diría Kluge siguiendo a Deleuze– que yo estuviera leyendo un librito glorioso de Juan Laxagueborde, titulado Diez pasos derivados, donde el autor reflexiona sobre libros de poesía no bien termina de leerlos. Y donde lo que dice Kluge en la cita que abre esta columna, se cumple a la perfección: Laxagueborde tiene autoridad porque uno siente, al leerlo, que se puede confiar en él. Y lee a los contemporáneos como si fueran clásicos fugaces. Cuestiona la idea de generación, tan cara al periodismo literario, para que generación sea todo lo que vive sobre la tierra, tenga 20 o 90 años. Escribe: “Entonces: en este libro la poesía no es leída como una lucha, ni como un combate sintáctico ni tampoco como un bibliorato que expresa la historia, sea cual fuera. La poesía –la literatura, el arte, lo estético mismo– guarda para sí la tarea de no tener tarea.” Siguiendo este plan, pasa revista a once libros de autores disímiles (Jaramillo, Peyseré, Rivara, Bitar, entre otros). Y dice cosas como éstas cuando describe la poesía de Francisco Bitar: “Los poemas de Bitar se dilatan con el calor de la ciudad para amoldarse a los materiales del mundo ordinario donde quedan grabados como una placa de mármol falso. El que se detiene en la calle a las tres de la tarde de enero a leerlo saca humedad por el corazón”. Y más adelante reflexiona sobre la poesía de Mariano Blatt: “Los personajes de Increíble son parecidos a los de Nahuel Vecino; estos últimos parecen vivir en el mundillo de la ingenuidad o del tiempo diluido y Blatt los invita a la vida para volverlos a fraguar: ‘Te haría un monumento de oro y lo pondría en la plaza’”.

Alexander Kluge consigue sacar a su maestros de la escuela de Frankfurt del atodallero de la neurosis infantil, vuelve vital y cálido el pensamiento certero del amargo de Adorno. Juan Laxagueborde trabaja con el mismo amor los poemas de otros. Son, como dice el viejo cuento zen, escritores de “la mano abierta”.

Un mono mete la mano en una jaula para agarrar una banana, pero como cierra la mano cuando la agarra no puede volver a sacarla, lo que hace que lo atrape el cazador. Si se le ocurriese soltar la banana, quedaría libre. Explica Taisen Deshimaru: “Si tenés la mano abierta, podés agarrarlo todo, si abandonás todo, podés tenerlo todo”. Tan fácil y a la vez tan difícil.



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