COLUMNISTAS CUESTION DE ESTADO

Escuchar la voz de los inundados

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Miles de argentinos en el Litoral padecen la consuetudinaria embestida de la naturaleza. Lejos del spotlight mediático que siempre ilumina más cerca de las áreas metropolitanas, saben que aunque las lluvias hayan cesado, las aguas aún pueden subir y como tantas otras veces, tendrán que irse con lo puesto a esperar que bajen rápido. A diferencia de los eventos que afectaron a Buenos Aires y La Plata. Los ciclos de inundación en el NEA, son un dato de la realidad con el que la gente convive hace tiempo. El río en su imaginario es una deidad caprichosa que les da y les quita, les brinda alimento y espacio en su albardón, pero a cambio, a veces los pone a prueba. En contraste con “Flash floods –inundaciones que no dan tiempo para evacuaciones y dejan una enorme destrucción, aunque se confinan sólo a las orillas– aquí el avance de las aguas, lento pero implacable, amenaza vastos territorios. Mucho antes de que se urbanizaran estas tierras, de la deforestación y del cambio climático, el río volvía cada tanto a pasar factura a quienes ocupaban su lecho de inundación. Estos temerarios a la fuerza, viven dentro de un fenomenal embudo natural, la cuenca del Plata, que drena un área mayor al país que habitan y que no los escucha. Ríos que la componen como el Pilcomayo y el Iguazú surcan territorios muy distintos climáticamente, y distantes entre sí sumando lluvias y deshielos a sus caudales y al del Paraná, el eje del embudo donde desembocan. La ocasional convergencia en tiempo y espacio de aguas multiplica el riesgo natural. Pero la naturaleza sólo propone, mientras que el ninguneo ambiental crónico del país sordo dispone: un patrón alarmante de deforestación de montes naturales por la expansión sojera en las cuencas del Iguazú y del Pilcomayo, que como esponjas ralentizaban la furia de enormes volúmenes de agua y que ahora vierten descontroladas al Paraná, se completa con represas en Paraguay, Brasil y Argentina que inundaron para sus lagos artificiales ecosistemas más eficientes como reguladores hídricos, por su capacidad de absorber, retener y remover por evaporación mayor cantidad de agua del sistema que los nuevos espejos que los reemplazan, lo que lateralmente genera atípicas sequías en la región. Continuas migraciones de economías regionales, sin política de ordenamiento de las provincias y el encarecimiento del suelo, produjeron años de urbanización informal en áreas bajas que, como en Clorinda, diluyeron la borrosa brecha que en los países en desarrollo separa al riesgo del desastre.
Hacer del acceso a la vivienda pública y barata una política de Estado es la  única vía para frenar la urbanización de áreas bajas, un pecado para la planificación en los países desarrollados con nombre propio de difícil traducción pero elocuente significado: “Watery graves” (tumbas de agua). En el interior del país las tierras inundables son objeto permanente de ocupación porque su condición pública y su categoría de zonificación que prohíbe loteos, asegura una mayor permanencia derivada de la extensa naturaleza de los conflictos con el Estado. Peor aún es un mercado legal que modificando, –en connivencia con autoridades locales– o violando zonificaciones vigentes, vende lotes baratos en áreas anegadizas. Para los ríos no hay aduanas ni convenciones catastrales, una gestión por jurisdicción implica no sólo el desconocimiento de su dinámica sino un profundo desinterés social, aliviar a un actor puede significar un problema para otro: las defensas o diques aumentan la velocidad del caudal y desplazan la inundación aguas abajo. La misma debe ser integrada, definida por criterios funcionales, con voz y voto de los actores/naciones involucradas, y con especial atención a quien controla las nacientes claves ambientales como geopolíticamente: un error aquí se distribuye rápidamente a todo el sistema. Avanzar con una obra no es sólo una cuestión de beneficiarios superando con creces a los perjudicados. El Estado debe primero visibilizar la naturaleza de la relación que los últimos tienen con el territorio de la cuenca y de acuerdo a esto, incorporar a los modelos de decisión los costos de brindar compensaciones de calidad, lo opuesto es seguir apostando a la sordera.

*Licenciado en Geografía UBA, MA, NYU.



Hector Zajac