COLUMNISTAS ADORACIONES

Espada, pluma, palabra

Existen múltiples instrumentos concebidos y empleados con el propósito de matar a seres humanos. El favorito de los argentinos resulta ser, sin lugar a dudas, el sable corvo del General San Martín. La prueba es que son muchos los que acuden a contemplarlo y a venerarlo en su flamante emplazamiento en el Museo Histórico Nacional; la prueba es el fervor extático, tan propio de las reliquias, que gana a quienes lo ven (admito que yo también me estremecí, hará cosa de un año más o menos, en el Instituto Nacional Sanmartiniano, donde se lo exponía, y hace unos diez o doce, en el Palais de Glace, donde estuvo a la vista también; y eso que me apabulla la sola idea de que ese filo tan dañino pudo hacer volar de un tajo la cabeza de una persona, o que ese acero helado y cruel pudo incrustarse ferozmente en un cuerpo, hasta desollarlo). La sostenida adoración de esta arma de guerra puede responder a motivaciones diversas: al patriotismo a secas, al puro orgullo castrense, al aprecio por las luchas anticoloniales y libertarias, a una neta pasión histórica. Y también a la reivindicación del Brigadier Juan Manuel de Rosas asumida por el revisionismo histórico y validada por el justicialismo en la tríada San Martín-Rosas-Perón, toda vez que el Padre de la Patria donó en su momento su sable glorioso al Restaurador de las Leyes.

Tal legado, sin embargo, incomodó e incomoda a unos cuantos. Perturbó a Sarmiento, quien profirió algunas consideraciones bastante severas contra San Martín, cuestionando tan errática ofrenda (¿Cómo iba a ir a parar este sable, cuya gloria se forjó en las guerras de la independencia, a manos de aquel que, si en esas guerras brilló, no fue por otra cosa que por su ausencia?) El Padre de la Patria fue juzgado con severidad por el Padre del Aula: de prócer a prócer, de inmortal a inmortal, un crudo desacuerdo. Constan tales reparos en el relato de la entrevista que mantuviera con él en Grand Bourg, y constan con tonos vehementes. En el Himno a Sarmiento se nombra una espada: “Por ver grande a la Patria tú luchaste/ con la espada, con la pluma y la palabra”. Pero en la enumeración se concede mayor espacio a la lucha verbal (con dos elementos, superpuestos al menos en parte: pluma y palabra) que a la lucha armada (con un solo elemento, la espada).

¿Por qué parecemos estar los argentinos más dispuestos a adorar una espada, que a hacer lo propio con una pluma? La respuesta habrá que buscarla en Alberdi, en Lugones, en Borges, en Martínez Estrada, tan diestros todos ellos, y tan complejos, con sus respectivas plumas.



mkohan