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Espectros

Tengo el recuerdo de haber entrado a varias casas habitadas por espectros, demolido después de un viaje nocturno desde Florida en un viejo colectivo Greyhound.

Espectros.
Espectros. Foto:toledo

Extraño llegar a una ciudad desconocida, después de un viaje nocturno en tren u ómnibus. Emerger en una estación que concentra los olores bajos de la ciudad y funciona como vidriera instantánea de todas las capas sociales. En general, a medida que me alejaba de la estación de bus o tren, atravesaba barrios homogéneos y la urbanización acompañaba invariablemente la estratificación social. Trataba de hacerlo a pie, guiándome por algún mapa. En muchos casos, naufragaba en transporte público y de forma intuitiva, cuando respiraba el centro de la ciudad, me bajaba y empezaba a rastrear alojamientos. Un hostel, otro, hasta encontrar un lugar familiar.

New Orleans, en el año 2000, fue el epítome de esa experiencia. La estación estaba apartada del céntrico Barrio Francés y para llegar había que caminar mucho o tomar un ómnibus. A través de la ventilla de un ómnibus observé barrios que recomendaban no transitar por peligrosos y en los que la cultura afroamericana –si ésta pudiera percibirse, en principio, con sólo observar la vida social en los umbrales y en las puertas de garajes– estaba tan viva como en suburbio neoyorquino.

Me bajé justo en las afueras del centro, donde había varias casas estilo cajún donde se alquilaban cuartos. Tengo el recuerdo de haber entrado a varias casas habitadas por espectros, demolido después de un viaje nocturno desde Florida en un viejo colectivo Greyhound que implicó transbordos y esperas en dos ciudades intermedias. Ya asentado en una buhardilla a la medida de un joven escritor, después de dormir, me sorprendió el contraste entre los suburbios y el centro de la ciudad. La composición social de cada zona parecía no invadir a la otra, tal como en un apartheid.  

Si una cualidad podía definir esa ciudad compuesta por una mixtura de tradiciones, rascacielos y vida de suburbio, es la espectralidad que reinaba puertas adentro, como si el tiempo, antes del huracán Katrina, hubiera pasado mucho más lento que en otras partes de Estados Unidos. Sólo en una ciudad alguna vez observé un tiempo más moroso: La Habana. Me animaría a decir que muy pocas ciudades tienen hoy el privilegio de conservar una arquitectura museística que, aún en ruinas –o precisamente por eso–, es un testimonio franco de las vicisitudes históricas de un país en el siglo XX.  

  El anacronismo maquillado de New Orleans podía observarse también en sus negocios y en su escena jazzística, apegada a la década del 30, década que en suma era el objeto de consumo –junto al carnaval Mardi Gras– para el turismo interno que por la noche invadía el Barrio Francés para beber y respirar un poco de tradición europea en su propio país. Por momentos, la puesta en escena de una tradición me remontó a la Plaza Dorrego los fines de semana, cuando la feria abarcaba sólo una manzana y a lo largo de la calle Defensa las tiendas de anticuarios, una al lado de la otra, no habían sido vencidas por el cambio de época. Bastaba ir para sentir que la esencia de Buenos Aires vivía ahí; fogoneada en el artificio, como en el Barrio Francés de New Orleans, parecía perdurar una identidad pintoresca, una imagen que no reflejaba el presente cultural pero le devolvía algo imborrable al visitante. Recién cuando en una callecita lateral, junto a la puerta de una pequeña librería, leí que había vivido ahí William Faulkner, caí en la cuenta de que había en la ciudad un pasado borrado que convivía con los espectros de las casas.



Oliverio Coelho