COLUMNISTAS RIO 2016 I


Espejo de una cara del mundo actual

En un mundo asolado por la violencia, las guerras, el terrorismo y las crisis humanitarias, los Juegos Olímpicos continúan siendo un remanso de convivencia e integración de la diversidad humana.

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En un mundo asolado por la violencia, las guerras, el terrorismo y las crisis humanitarias, los Juegos Olímpicos continúan siendo un remanso de convivencia e integración de la diversidad humana. Hace unos días circuló por el mundo entero la foto de un partido de beach volley en la que competían, de un lado de la red, una agraciada jugadora europea en bikini y del otro lado una jugadora egipcia musulmana vistiendo un burkini, que el epígrafe de una agencia de noticias define como un traje de baño usado por mujeres musulmanas que sólo deja una parte de la cara, mano y pies al descubierto. En la cancha, sobre la arena, sucede algo que en la vida real de hoy parecería un milagro. Imagino la escena final de ese partido, con las contrincantes estrechándose la mano, tal vez hasta dándose una palmada en los hombros.
En la ceremonia inaugural en Río, la televisión mostró en el desfile de los deportistas a un pequeño grupo  de “atletas independientes”, sin otra bandera que la de las Olimpíadas. Eran unos pocos, y supimos que provenían de unos pocos países. Aquí ya no se trata de la imagen de personas de culturas y creencias muy distintas disputando un deporte cuyas reglas aceptan, sino de personas a quienes la situación de los lugares donde nacieron o donde viven puede llegar a convertir en parias. Los Juegos Olímpicos están ofreciendo a esas personas un lugar bajo el sol, una posibilidad de desplegar sus habilidades deportivas y realizarse como seres humanos.
Leemos todos los días noticias sobre la resistencia de muchos países –de sus gobiernos y de sus habitantes– a aceptar la entrada a su territorio de refugiados que huyen  desesperadamente de la persecución política, el hambre o el terror. Una encuesta que acaba de difundirse (realizada por Ipsos en todo el mundo) habla de un alto porcentaje –en muchos países mayoritario– de personas que apoyan que se impida el ingreso de refugiados en su territorio. Esos refugiados son millones de seres humanos, de todas las edades; escapan de la persecución política, del terrorismo, del hambre; y su número crece año tras año. Y leemos noticias dramáticas y espeluznantes sobre la cantidad de ahogados que no sobreviven al cruce del Mediterráneo cuando tratan de alcanzar un lugar más seguro donde plantear sus vidas. ¿Qué tenemos que ver con ese problema?, se dicen muchos gobernantes, políticos o personas comunes, ante la posibilidad de acoger a los refugiados. Y las opiniones, al respecto, se dividen.
En estos Juegos Olímpicos en Río de Janeiro uno de los atletas “independientes” –Fehaid Aldeehani, de Kuwait– obtuvo una medalla, la primera de un “sin bandera”. Son varios los deportistas notables que no pueden representar a su país, como sí puede Aldeehani, o que simplemente ya no tienen país; son muchísimos más los que carecen de toda oportunidad para desplegar sus habilidades, aunque de ellos no nos enteramos. En Kenya, la ex olímpica Tegla Loroupe entrena a jóvenes que aspiran a dedicarse al deporte, algunos de los cuales “ni siquiera imaginaban que podrían hacerlo” –según nos dice un cronista– y están hoy compitiendo entre los mejores del mundo. Y está el caso extraordinario de Yusra Mardini, una de las que compiten “sin bandera”, refugiada siria que sobrevivió nadando al naufragio de la embarcación que la transportaba por el Mediterráneo, y hoy es exitosa nadadora olímpica.
Son casos que ilustran este costado del mundo actual. Muchos recordamos Carrozas de fuego, la memorable película que evocaba ese lado de las olimpíadas sobre el que se proyectaba la diversidad de la experiencia humana, a partir del caso de los atletas ingleses que competirían en los Juegos de París en 1912. Uno de ellos era escocés evangélico, el otro inglés judío. Los Juegos Olímpicos muestran una cara de la humanidad que habla por sí sola; proyecta a un primer plano la realidad de un mundo diverso, que por encima de la diversidad puede construir sobre propósitos comunes.
Trasladados también al plano del espectáculo global, los Juegos Olímpicos arriesgan llevar a la quiebra a los gobiernos y a otras organizaciones que se involucran en su realización. Es de esperar que ese lado negativo no comprometa su futuro, por el bien de la humanidad.

*Sociólogo.