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Esperando la carroza

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Comparaciones. Argentina sería la abuela, nadie se quiere hacer cargo del problema.
Comparaciones. Argentina sería la abuela, nadie se quiere hacer cargo del problema. Foto:Cedoc Perfil
Argentina parece estar como en la película Esperando la carroza: hay un gran problema (en el film, Mamá Cora) del cual nadie quiere hacerse cargo. 

Creemos que el problema es la inflación, que surge por financiar el déficit fiscal. ¡Todos queremos que se solucione la inflación! Pero como con Mamá Cora, las posibles soluciones son antipáticas y, llegado el caso, todos quieren que sea otro el que las asuma.

Si el problema es el déficit fiscal, hay que definir qué gastos pueden reducirse y cuáles realizarse con mayor eficiencia. La opción de aumentar impuestos claramente es imposible, dado el descomunal impacto que ya tienen. Dicho sea de paso, en la medida en que la inflación se reduzca, los impuestos serán más onerosos que nunca, ya que al fin y al cabo ahora se pagan con cierta demora y dinero desvalorizado. Si no hay inflación, serán aún más dolorosos.

Respecto de los gastos, tenemos la impresión de que no solamente son inflexibles, sino que hasta resultan convenientes para la economía. Hay una prédica continua que considera que el gasto público reactiva la economía. Es erróneo, ya que, a lo sumo, está distribuyendo los ingresos que la gente libremente hubiera dispuesto a su gusto, para gastarlo de la forma que el Estado considera más conveniente. El argumento de la solidaridad con el dinero ajeno ya no convence a nadie.

El otro argumento, respecto de las virtudes del gasto público para reactivar la economía, está tergiversado. Se desarrolló en la crisis del 30, cuando el gasto se financió con deuda; es decir, gastar en el presente los impuestos futuros. Cabe, entonces, la pregunta: si el gasto público reactiva ahora, ¿qué nos reactivará en el futuro cuando ya no se pueda continuar aumentando impuestos?

Como con Mamá Cora, debemos determinar quién asume los costos. Parece que no hay demasiados voluntarios.

Pensemos en  la magnitud de los cambios que tendremos por delante. Supongamos que una familia gasta 105 cuando sus ingresos son 100. Pide al vecino 5 y con eso “zafa”. El año siguiente volverá a ganar 100 y su gasto deberá reducirse de 105 a 95, ya que debe devolver 5 al vecino. Es muy grande la brecha y si para hacerlo menos fuerte vuelve a pedir al vecino, digamos que sólo 3, al año siguiente ya debería reducir su costo a 92, o ser mucho más productiva y ganar 108. ¿Qué posibilidades hay  de que la economía sea tanto más productiva?
 
Así, aunque se lograra, con gran esfuerzo, dominar el déficit fiscal y, por lo tanto, la inflación, el problema de fondo subsistiría: tenemos que mejorar la productividad. Y también rever el rol del Estado, ineficaz, caro, entrometido en temas que no le corresponden, afectando derechos privados por doquier, regulando aquí y allí. Pensemos que si el gasto público alcanza a casi el 50% del PBI, quiere decir que sólo la mitad de la economía está dedicada a producir. Aun suponiendo que el 50% que administra el Estado fuera extremadamente eficaz, la mitad que produce debe sustentarse a sí misma y también a la otra mitad. Los que están en el sector privado deberán aumentar su productividad notablemente. 

¿Cómo evitar que nos llegue la carroza? Nadie quiere una crisis. El Gobierno está tratando de reactivar la economía, reducir la inflación y el déficit –todo al mismo tiempo– esperando que el crecimiento diluya el peso del Estado y el déficit. Creo que no puede haber crecimiento con este peso de los impuestos, con esta sobrerregulación del Estado, con el costo que tendrá la deuda. La única solución es un notable aumento de la productividad. Todos podemos trabajar mejor y hacer mejor lo que nos toca: que los chicos estudien y tengan maestros comprometidos, que los trámites se hagan rápido, que los trenes estén en horario, que apaguemos la luz que no necesitamos, que seamos eficientes. 

Aceptemos que mamá Cora es un problema, compartamos entre todos la responsabilidad.

*Economista, Ucema.

Diana Mondino