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Espías y jueces

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“Gato gordo no caza ratones”, reflexiona un juez al buscar explicaciones sobre la salida de Héctor Icazuriaga de la Secretaría de Inteligencia y su reemplazo por Oscar Parrilli. Icazuriaga, cuyo mayor mérito era la fidelidad, había reducido paulatinamente la actividad. Néstor Kirchner lo había elegido por su condición de leal. Pero las operaciones más delicadas las conducía su segundo, Francisco Larcher. Todo el andamiaje entró en crisis cuando Cristina Kirchner, con el impulso de La Cámpora, resolvió que enfrentar a la Justicia Federal iba a transformarse en uno de los sellos de su segundo mandato. La reforma imaginada quedó a medias. Pero sacudir el avispero de Comodoro Py sirvió para que los jueces aceleraran su actividad hasta alcanzar un récord de funcionarios investigados. La desconfianza y las diferencias se abrieron entonces como un foso infranqueable entre Cristina Kirchner y la Secretaría de Inteligencia. Sin embargo, los dirigentes de La Cámpora evitaron como la peste poner un pie en la sede de los espías. Prefirieron mandar a otro. Así surgió el nombre del abogado Juan Martín Mena. La valentía se vuelve cautela para los camporistas cuando se trata de asumir lugares que los pueden dejar escaldados, como el aceitoso terreno de los servicios. Por ello su predilección por las segundas líneas o los cargos legislativos. La designación de Mena fue una respuesta directa a la citación judicial del ministro Julio Alak. Son los cruces de una batalla en la cual los magistrados muestran una ventaja. Y que en el par de días que resta antes de la feria de verano, según se repite en Comodoro Py, volverían a darle malas nuevas al Gobierno.

Damian Nabot