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Esta vez, Cristina no redobló la apuesta

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Cuando todos los medios del mundo anunciaban que Jorge Bergoglio sería el primer papa argentino dentro del Gobierno se desató un gélido sentimiento que conjugaba el odio y la sorpresa: “un papa de la dictadura”, disparó un alto funcionario de Balcarce 50, mientras se tapaba la cara con las manos. El asombro y la preocupación circuló entre varios despachos: las mismas jerarquías eclesiásticas que había criticado Cristina semanas antes, consagraban un papa, para ellos, conservador. No era menor: un tenue enemigo local se hacía global. Un  sacerdote opositor –así le decía Néstor Kirchner– se volvía universal y, para peor, emisario de la palabra de Dios.

Fue la primera vez que el kirchnerismo activó el freno de mano, pisó de oficio el acelerador del vamosportodo. Francisco, sin quererlo, logró dar vuelta la trayectoria confrontativa y bélica que siempre le funcionó a esta administración. Hasta entonces, sin importar las consecuencias, siempre había redoblado la apuesta, sea quien sea el enemigo.

La batalla con el campo tras la 125 fue incluso fogoneada por el Gobierno, que jugó un pleno, casi fulminante, pero que terminó en victoria. No importó los costos: durante la pelea con el campo, los Kirchner llegaron a especular con abandonar el Casa Rosada antes de que todo se desmadre, pero nada los detuvo.

Cuando no sanaba la herida que dejaron los ruralistas, la guerra con Clarín desató otra batalla que todavía no terminó. La norma fue siempre clara en la política: “cinco tapas de Clarín te voltean”. Aun así no se vaciló. Nunca importó el peso del rival. Pero Francisco lo cambió todo.

El Papa logró en pocas horas lo que ningún otro: descomponer el aparato de propaganda, dar marcha a la embestida oficial  y, claro, conmover a una Presidenta aguerrida, que siempre lo criticó y que ahora pide “dejar de lado el odio”. Puede que la explicación la haya encontrado un cardenal que esta semana cenó con el nuevo jefe del Vaticano: “Cristina se dio cuenta rápido que a un dragón no se lo puede matar con un escarbadientes”. Y quizás tenga mucha razón.



Lucas Morando