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Estadísticas y chanchos

El diario hervía de pandemia y findemundismo, pero los autores de este suplemento departíamos modesta y apasionadamente sobre la Feria del Libro y similares. Los ecos del terror chanchuno pasarán de largo, y la literatura (si es que esta sección del diario tiene algo que ver con la literatura) habrá tenido poco que decir sobre ello, lo cual no deja de ser un raro honor.

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El diario hervía de pandemia y findemundismo, pero los autores de este suplemento departíamos modesta y apasionadamente sobre la Feria del Libro y similares. Los ecos del terror chanchuno pasarán de largo, y la literatura (si es que esta sección del diario tiene algo que ver con la literatura) habrá tenido poco que decir sobre ello, lo cual no deja de ser un raro honor. Y un privilegio de la literatura: mirar un poco más torvamente y hacia donde no todos miran. La estadística periodística, en cambio, se convierte rápidamente en noticia de ayer, papel de cartoneros.
Hermanastra de las matemáticas, a la estadística la hiere la peor contradicción: es una formulación matemática para expresar aspectos objetivos de un acontecimiento. Pero si este cálculo es hecho por los humanos, ¿cómo no incluir ninguno de los rasgos de éstos, empezando por la impregnación de subjetividad? La estadística, como la brava Historia, no parece reparar en los sujetos que la padecen.
Un dato irrelevante: Buenos Aires ha caído un sitio en nivel de vida. Vamos en el puesto 82, detrás de Montevideo. Dudo que la “calidad” de la vida sea mensurable: hay un 87% de chances de que un domingo por la tarde en Montevideo me lleve al suicidio. La ciudad top es Viena, que ahora desplazó a Zurich. El invierno vienés es de 20 bajo cero. Y si sos alérgico al humo, no busques calidad de vida allí: se puede fumar hasta en los subtes. ¿Es ésta la ciudad que la matemática me recomienda para vivir con calidad? Ninguna estadística parece incluir mis gustos personales. Y sospecho que los de nadie.
Una elección es también un cálculo estadístico. Votemos, dale, pero ¿cómo dejar librada la política a semejante albur?



Rafael Spregelburd