COLUMNISTAS FRENO AL TARIFAZO


Estado gaseoso

La Corte desnudó los errores del círculo de cortesanos de Macri. Una dosis de realismo.

CORTE POR LO SANO Ricardo Lorenzetti
CORTE POR LO SANO Ricardo Lorenzetti
Foto:Pablo Temes
Ni el consuelo de echarle la culpa a otros. Sólo él, hombre no precisamente destacado por su prodigalidad, aparece como único responsable de un cuantioso despilfarro personal,  político y económico, casi sin registros. Rancio sabor en la boca para Mauricio Macri, a quien la corte de adulones lo califica como “el Diez” y le asegura que ningún otro gobierno hizo tanto en tan poco tiempo. Fantasías de un coro que lo imagina perfecto gobernante por asistir temprano a las reuniones de gabinete, suprimir el celular de esos encuentros, multar a los ministros que llegan tarde, desconectarse de los temas de Estado los sábados a las 4 pm y volver temprano a casa todos los días para juguetear con su hija. Ese mundo dorado bendecido por Obama lo derrumbó quizás el último fallo de la Corte Suprema contra el aumento de tarifas cuando, en verdad, esa alza brutal se había caído mucho antes por impericia oficial. Lo de los cuatro jueces fue apenas una notificación del descalabro.

No puede culpar del astroso final a Gils Carbó, tampoco a los magistrados que se preservaron de eventuales piquetes en su contra, de Massa o Stolbizer, de los K y Cristina, de la izquierda beligerante o de la clase media harta de que le afeiten los ingresos. Las primeras y más fuertes manifestaciones contra la suba del gas, el corazón de la rebeldía, provino del mismo gobierno, de socios como el tenue Ernesto Sanz –que, dicen, suele discrepar en demasía con Marcos Peña en las reuniones de gabinete– quien consideró exorbitantes los incrementos y de una Elisa Carrió furiosa –antes de que le descubrieran dolencias–, quien no sólo se insubordinó contra las medidas, también cuestionó al ministro Aranguren (“no puedo dejar pasar esto, Juanjo querido”) sino que acusó de conspiradores, golpistas, a muchas de las facturas que había distribuido el Gobierno. Hasta prometió una investigación sobre ese sistema contable. 

Nadie sabe el porcentaje de poder que representan en el Gobierno Sanz y su cuota de radicales, menos el de Lilita. Pero son el Gobierno, tanto como el ministro de Justicia Germán Garavano, quien en un rapto de cándida inocencia se sublevó en público contra “la tarifa que me llegó a casa y pasó de mil a cinco mil pesos”. Ignoraba, claro, que hay casas en que la suba saltó de 800 a catorce mil.

La oposición, en general, dormía la siesta y comenzó a sublevarse a medida que el Gobierno revelaba sus disidencias y, pérfidamente, un día ordenaba no pagar las facturas y, al otro día, ordenaba pagarlas. Confuso ejemplo de quienes creen dominar el espacio colectivo porque disponen de una megamáquina de origen israelí, seguramente en un depósito de la calle que lleva el mismo nombre del perro de Macri, que en una sola jornada puede enviar ocho millones de mensajes preparados por expertos en telegrafía. O frases cortas, que es lo mismo. 

Ni siquiera hubo unidad para tapar al país con esa logística omnipotente, sin duda  porque nadie entendía –dentro de la administración– la naturaleza del aumento, su composición y horizonte. Como no lo entendían, tampoco podían explicarlo; les bastaba saber que la población, en general, consideraba lógico el aumento de tarifas. Con las encuestas, como se sabe, se gobierna. O, se hace oposición, ya que los sondeos variaron al conocerse la voluminosa recomposición tarifaria, más la asistencia de algunos jueces que decidieron convertirla en ilegal. 

Tampoco, por lo visto y escuchado en la comisión ad-hoc de Diputados que interpeló a Aranguren hace 72 horas, de ese núcleo nadie entiende la cuestión energética, apenas si le pegaron un planeo para la ocasión. Menos mal que no tienen que operar a sus hijos con conocimientos tan magros. 

Como el de los economistas, profesionales y presuntamente expertos que antes negaban el desastre y hoy hablan del precio del gas o de la producción sin computar –como ha señalado un entusiasta del rubro– el valor de tratamiento, compresión, mejorías de gas y petróleo, costos de la gerencia operativa regional, gastos de overhead en sede central, tasas municipales, provinciales, regalías, ingresos brutos, impuesto a débitos y créditos, amortización de inversiones en instalaciones y amortización de la perforación y terminación del pozo, más tributos de accionistas. Entre otros olvidos... También carecían de versación, obvio, los legisladores que interrogaron a Aranguren, más interesados en el morbo de alguna complicación dineraria del personaje o de un negociado en ciernes, sin preocuparse por la realidad de que no haya gas en la Argentina. Tragedia de la cual, absurdamente, tampoco ha sido explícito el ministro.

Escape. Cuando al Presidente el marco tarifario se le fue de la mano, engolosinado quizás con los cantos de sirena de su séquito, le trasladó la determinación a la Corte bajo el imperio de que si no fallaba a su favor se hundía la economía. Mensaje kirchnerista que incluía otro alerta: no aceptaremos  las “audiencias públicas”. Convirtió, de ese modo, en sustanciales la posible insustancialidad de las audiencias –ya que no son vinculantes ni obligan mandatos–, recurso que nunca figuró en el catálogo argentino de prioridades, en una causa central. Nunca nadie se inmoló por una audiencia pública. Sí, tal vez, el instrumento sea incordioso por el reclamo agitado de los consumidores y el aprovechamiento eventual que podrían intentar grupos políticos adversarios. 

Erró Macri con  cierta arrogancia. La Corte hizo una verónica, impuso las audiencias (la primera de gas el 12 de septiembre), exige aumentos razonables sin precisar su criterio de “razonabilidad” y hasta cerró su fatigosa resolución con pensamientos que podría suscribir el Papa. 

Expertise judicial y político, diría uno de los CEOs del Gobierno que no supo explicar el cuadro tarifario a los magistrados, el default energético y, mucho menos, acercar una alternativa diferente a través de un operador. Aunque dispone de varios, bastante inservibles. Al menos para advertir el cúmulo de dificultades que en principio despierta el fallo, sea para inversiones futuras, desarrollo o seguridad jurídica. Más temores para un Macri que de repente observa un mundo lúgubre que antes parecía brillante. Si lo de antes no era cierto, lo de ahora tampoco.