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Esto fue una trampa

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Horas antes de la muerte de Perón, se produjo un sorprendente episodio. En las primeras horas del 1º de julio, el presidente quiso instrumentar los medios necesarios para que a su muerte el poder pasara directamente a Ricardo Balbín.

En la habitación donde convalecía, una silenciosa Isabel miraba cómo López Rega protestaba a los gritos. De la Secretaría Legal y Técnica le habrían señalado a Perón las enormes dificultades legales de semejante medida. López Rega decía que llevar a Balbín a la presidencia era inconstitucional. Abatido, el propio Perón descartó el tema. Dirigiéndose a su esposa, le aconsejó: Nunca tomes una decisión importante sin consultarlo con Balbín.

Este episodio, citado por Heriberto Kahn en su libro Doy fe, fue relatado a Balbín y a su secretario, Enrique Vanoli y posteriormente éste al autor de estas líneas. El episodio no se hizo público entonces por el temor que ya imponía López Rega.

Con el fallecimiento del presidente, se habló de la viabilidad de un gobierno de coalición, tal como sostenían el Partido Comunista y Renovación y Cambio. Luis Cáceres y Federico Storani –de la Juventud Radical y de Franja Morada, respectivamente– que no tenía contacto personal con Balbín hacía cuatro años, fueron a verlo. Recibieron como contestación: “Ha muerto el presidente de la Nación, pero éste no es un nuevo gobierno. Es el mismo gobierno y las instituciones continúan”.

Balbín fue uno de los doce oradores que el 4 de julio despidieron en el Congreso los restos de Perón. Quisieron prepararle un discurso escrito. “Yo no quiero leer, no sé leer”, lo rechazó.

Una vez en el recinto, fue sorprendido al ser anunciado en los primeros lugares en la lista de oradores. Su discurso es aún recordado por peronistas y no peronistas. Vestía traje oscuro y llamó la atención sus manos pegadas al cuerpo, actitud que obedecía a su timidez. Sencillamente, no sabía dónde ponerlas. El último párrafo ha sido repetido una y mil veces: “Este viejo adversario despide a un amigo. Y ahora, frente a los compromisos que tienen que contraerse para el futuro, porque quería el futuro, porque vino a morir para el futuro, yo le digo, señora presidente de la República: los partidos políticos argentinos estarán a su lado en nombre de su esposo muerto, para servir a la permanencia de las instituciones argentinas, que usted simboliza en esta hora”.

El discurso causó un gran impacto. La gente lo paraba por la calle para felicitarlo. El periodista Ramiro de Casasbellas recordó que “muchos le reprocharon el discurso, especialmente los que seguían a Alfonsín. ‘¿Por qué tiene que hablar así?’ ‘Fue a adular a Isabel’, decían”.

El 5 de julio fue invitado a concurrir a la primera reunión presidencial luego de la muerte de Perón. Pensó que –acorde a la última voluntad del presidente fallecido– sería consultado sobre temas de gobierno. Grande fue su sorpresa cuando vio en Olivos a todo el gabinete nacional, la CGT, la CGE y las 62 Organizaciones, más el Partido Justicialista y los tres comandantes generales de las Fuerzas Armadas.

Y más se sorprendió al ver que el tema abordado fue el de López Rega, a instancias mismas de Isabel. José A. Allende, el propio Balbín, el almirante Emilio Massera y el ministro de Defensa Angel Robledo fueron los únicos que se animaron a promover el alejamiento del controvertido ministro de Bienestar Social para mejorar la imagen del gobierno. En cambio, Llambí, Otero, Vignes y Gelbard se encargaron de defenderlo. No sólo eso: Gelbard había propuesto el día anterior que López Rega fuera nombrado ministro coordinador.

Ante el estupor general, Isabel calificó de inconsistentes las imputaciones que se le formularon al ministro cuestionado, con lo cual López Rega, ya con el aval presidencial, no tuvo dificultad en controlar el gobierno.

Al salir de Olivos, Balbín le dijo a Vanoli: esto fue una trampa.

*Autor de Balbín, el presidente postergado.



Adrián Pignatelli