COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

“Esto ya lo vi”, pero ¿sabemos cómo termina?

La tasa de crecimiento histórica de Argentina desde 1811 ha sido de 3,4% anual.

A prueba. Macri se abraza a la obra pública. Debe mostrar que puede evitar ser sólo un ciclo sin olvidar que cuanto más larga la transición, más crédito hace falta.
A prueba. Macri se abraza a la obra pública. Debe mostrar que puede evitar ser sólo un ciclo sin olvidar que cuanto más larga la transición, más crédito hace falta. Foto:presidencia

La tasa de crecimiento histórica de Argentina desde 1811 ha sido de 3,4% anual. Pero ese crecimiento mostró una variabilidad tal que el dato en sí mismo no aporta demasiada información: el desvío estándar (el rango de variabilidad) de ese 3,4% ha sido nada menos que 5,8%. Entonces, si lográsemos mantener esa tasa promedio de manera estable durante los próximos veinte años no estaría nada mal. Puede que luzca poco ambicioso, pero no. Menos aún si tenemos en cuenta que desde 1980 la tasa de crecimiento promedio de la Argentina cayó al 2% anual, mientras que el desvío estándar se mantuvo en ese 5,8%.

El crecimiento, entonces, ha resultado elusivo y el nombre del juego ha sido volatilidad. Uno de los motivos centrales de esa pobre performance es que cada vez que Argentina mostró tasas de crecimiento similares o superiores a las del mundo en desarrollo o emergente, lo hizo recurriendo al financiamiento externo. Crecimiento ha sido por lo general sinónimo de déficits de cuenta corriente crecientes y endeudamiento externo creciente. Mientras el mercado y el contexto internacional lo permiten, la macro y la política fluyen sin dificultades. Pero tal como lo muestra la evidencia empírica, cuando el contexto internacional se endurece en materia de disponibilidad y costo de la liquidez, la corrección macro se torna inevitable.

Argentina muestra hoy un déficit de cuenta corriente creciente. Básicamente como resultado del déficit del sector público y su financiamiento mediante la emisión de deuda en el mercado internacional. La presencia de esos déficits gemelos (déficit fiscal y déficit de la cuenta corriente del balance de pagos) siempre es sinónimo de incertidumbre macroeconómica y financiera.

La combinación déficit financiero del sector público de más de 5 puntos del PBI + déficit de cuenta corriente que también apunta a los 5 puntos del PBI + peso fuerte (o sobrevaluado o “atraso cambiario”) tiende a generar expectativas de transitoriedad de la política económica, o dicho de otra manera, genera expectativas de correcciones macro. Correcciones que, usualmente en la historia argentina, han sido correcciones reactivas y desordenadas. Cierto es que la economía tiene hoy un mecanismo de ajuste más automático a través de las fluctuaciones del tipo de cambio. A priori se podría esperar que el tipo de cambio haga la tarea y que el ajuste de cantidades resulte menos traumático. Pero no tenemos experiencia histórica de una corrección del desequilibrio externo con tipo de cambio flotante, ya que éste ha sido una rareza en la historia argentina.

Un factor adicional a tener en cuenta es cuánto está creciendo Argentina con ese déficit externo. Es probable que la tolerancia del mercado con un determinado nivel de déficit de cuenta corriente resulte mayor cuanto más alta sea la tasa de crecimiento económico y más alta sea la inversión privada. Un déficit de cuenta corriente del orden de los 5 puntos del PBI explicado básicamente por un exceso de gasto del sector público (y no por la inversión del sector privado) y con un crecimiento del PBI del 3% anual podría lucir difícil de sostener.

En cualquier caso, aun con la ventaja que provee el actual régimen de flotación cambiaria, las expectativas de transitoriedad de la política económica (el “yo ya la vi” o el “ya sabemos cómo termina”) podrían convertirse en un obstáculo para la continuidad de los resultados que hoy muestra el programa de gradual convergencia fiscal e inflacionaria.

Pero ¿realmente ya sabemos cómo termina? ¿Una próxima corrección macro es inevitable?

La respuesta es no; pero todo depende de la ambición del Presidente y de la gestión del Gobierno. Existe la expectativa de que por primera vez no se optará por dejar que las cosas pasen y que las correcciones macro y estructurales necesarias se harán de forma proactiva, y no de manera reactiva o porque “no queda otra”. Además, mientras la liquidez global siga siendo abundante y los mercados internacionales sigan con apetito por la deuda argentina, la continuidad de la mejora de la actividad económica seguirá siendo posible y habrá más espacio político (gobernabilidad) y tiempo para avanzar con esas correcciones.

Claro, la película sería otra si el contexto internacional se modificara abruptamente. Pero el consenso es que no habrá grandes sobresaltos en los mercados de deuda internacionales y que Argentina podrá financiar sin mayores dificultades en 2018, y muy probablemente también en 2019, sus desequilibrios macro recurriendo al endeudamiento externo. Un escenario que es toda una invitación a la complacencia.

Si en lugar de abrazar el camino de lo que el presidente Macri llamó “la reforma permanente” se cayera en la complacencia, no quedaría otra más que especular con que de la mano del crecimiento económico y de la caída de la inflación los problemas sociales y económicos irán gradualmente desapareciendo. Pero ni el crecimiento ni la convergencia inflacionaria estarían asegurados. Y los riesgos macro, políticos y sociales durante una transición larga serían muy elevados. Porque cuanto más larga la transición, más crédito hace falta. Más crédito de los mercados de deuda (financiamiento) y, también, más crédito de la opinión pública (gobernabilidad).

En síntesis, para no repetir experiencias previas, lo más aconsejable sería evitar la complacencia, el conformismo. La complacencia no resuelve nada y es un ticket seguro a más y mayores problemas en el futuro.