COLUMNISTAS

Eternamente adolescentes

La sociedad argentina, entre el conflicto docente y las ataduras al pasado, vive el hoy sin pensar en las consecuencias del mañana. 

Hay una tendencia muy arraigada en la Argentina -probablemente suceda con otras sociedades, aunque no me consta- un dato firme de nuestra realidad cotidiana, es vivir el hoy como si no tuviera consecuencias, atrapados en una cotidianidad voraz que no nos pausas, respiración, tiempo, ni posibilidades para imaginar cómo habremos de seguir viviendo. Los días se suceden sin que parezca haber concatenación entre el uno y el otro

Como diferentes fotografías que aparecen en mi cabeza a la hora de confeccionar estas reflexiones. Una de ellas: ¿me parece a mí, o a medida que nos alejamos de 1976, es cada vez más vociferante y enardecido el reclamo por una memoria que en los primeros años tras el comienzo de la democracia, no aparecía en la escena pública? ¿Cómo se explica que una sociedad se enardezca cada vez más al evocar un episodio que se halla cada vez más lejos en el tiempo?

Son preguntas que vale la pena hacerse, porque la sensación que se tenía este lunes 24 de marzo en Buenos Aires, y en alguna que otra capital de provincia donde la fecha fue recordada, era que se trataba de sucesos muy recientes, que nunca nadie se había ocupado de ellos y nunca nadie había ni reflexionado ni manifestado para recordarlos.

Una de las posibilidades sería imaginar que se trata de un complejo de culpa mal procesado o una sensación de pudor por lo que no se hizo cuando había que hacerlo, pero lo cierto es que nutridos sectores de la clase media profesional e intelectual de la Argentina consideran que el recuerdo empeñoso de cada 24 de marzo debe intensificarse emocionalmente como manera de reparar lo que en el momento que correspondía no se hizo. Lo que sucede hoy es que nadie se anima a decir con potencia que el país no puede festejar con feriado la fecha que marca la interrupción del orden constitucional, así como tampoco debería hacer una fecha festiva del inicio de una guerra, como sucede cada 2 de abril y como habrá de suceder dentro de pocas semanas.

Sin embargo, como vivimos en el hoy, ¿que no nos importa como siguen las cosas mañana? Nadie se hace esta pregunta: ¿cada 24 de marzo seguiremos asistiendo a largas y dolientes marchas para afirmar que, solo de esta manera, se preserva la “memoria”? Como estamos en el hoy eterno, tampoco nos preguntamos qué va a ser de los millones de niños sin clase en la provincia de Buenos Aires. Entretenidos como estamos en el tema de la paritaria salarial, y por saber qué opina tal o cual cacique sindical, se nos pasa por alto que no estamos atendiendo lo central: el vaciamiento explícito de la formación de los escolares, cuando se les descerrajan dos semanas enteras de huelga en el comienzo de un año sin clases.

Otra pregunta que uno podría hacerse: ¿qué están haciendo los huelguistas durante estos días sin dar clase? En la teoría o hipótesis de que la huelga es legítima y que las razones que enarbolan son sustentables -algo muy posible- ¿los sindicatos docentes han tratado de mantener la temperatura de la profesión docente estas dos semanas, para aprovecharlos recuperando temas, preparar contenidos y actualizar conocimientos, o son dos semanas para quedarse en casa?

La pregunta más importante que el futuro de los docentes, que ahora gustan llamarse “trabajadores de la educación” porque aparentemente la palabra “maestro” les da vergüenza, les parece “neoliberal”, es ¿y los niños? ¿Alguien ha diseñado desde la cúpula del poder político de la provincia de Buenos Aires, cuáles son los planes preparados en todos estos días de huelga para recuperarlos en clase? ¿Qué sucedió este fin de semana largo? ¿Qué sucedió en el entorno del gobernador Daniel Scioli? ¿Qué sucedió en el entorno de la encargada de Educación, Nora de Lucía? ¿Hay acaso una estrategia concebida y que habrá de ponerse en práctica ni bien se levante la huelga? Tampoco de esto se habla.

Ayer, lunes 24 de marzo, día feriado, vivimos el día y hubo gente que “marchó”. Son sectores que no consiguen ser mayoría en el país, pero es respetable su vivencia de que necesitan expresarse en la calle para evocar lo que sucedió hace 38 años. Pero hoy martes 25 de marzo, día laborable,  hemos vuelto a tener piquetes, marchas y manifestaciones. Otro caso concreto de pensar el hoy sin animarse a imaginar el mañana. ¿Cómo vamos a hacer, cuando “seamos grandes”, para ordenar la vida cotidiana en la Argentina? ¿O hay que imaginar que desaparecerán los cortes,  piquetes y bloqueos solo al día siguiente de que haya plena justicia social en nuestro país?

¿Cómo es en el resto del mundo? ¿Cómo, dónde y de qué manera se manifiesta la protesta ciudadana? ¿O la Argentina es el único país del mundo que tiene conflictos? Entiendo que le denominador común de estas preguntas, ya sea con respecto a la memoria tan trajinada del 24 de marzo, como al futuro de educandos y educadores, como la situación calamitosa del orden público en nuestro país, es queseguimos instalados en un cotidiano y eterno hoy que no se anima siquiera a pergeñar un mañana. Seguimos instalados en un hoy que a la hora de pensar en algo solo atina e pensar en el pasado, en la permanente referencia a cómo fueron y por qué fueron las cosas que sucedieron.

Hay un secuestro de futuro entre nosotros, una incapacidad fenomenal de poder concebir, y no solo racionalmente, sino desde planes y perspectivas pragmáticas, qué y cómo haremos cuando seamos grandes, como si la Argentina fuera una sociedad que se regocija, contenta de ser eternamente adolescente.

(*) Emitido en Radio Mitre, el martes 25 de marzo de 2014. 

 



Pepe Eliaschev