COLUMNISTAS CHAPADMALAL

Exámenes al revés

La evaluación oficial en la costa elude a los responsables. Puente artístico con el Papa.

‘DE PROFUNDIS’ Emilio Monzó.
‘DE PROFUNDIS’ Emilio Monzó. Foto:TEMES

El retiro de Mauricio Macri con su personal de gobierno, reputado de “espiritual” como si fuera una secta, refleja una condición típica del sistema educativo de hoy: toman examen los que deben ser examinados y los propios alumnos se califican. Así, el trío Peña-Quintana-Lopetegui le exige a otros lo que fue su responsabilidad durante un año, y el propio Macri se asigna ocho puntos sobre diez para distinguir su gestión. Hubo aplausos de la claque en Chapadmalal para estas expresiones que ocultan una perversión de la pedagogía moderna: exceso de permisividad, mínimo rigor y desprecio por el conocimiento de otros. Justamente lo que algunas personas del oficialismo han reprochado de administraciones anteriores por la pérdida de calidad en la educación argentina.

La cumbre PRO, en el amplio sentido de la palabra, semeja un mitin de vestuario futbolero: arengas encendidas para el segundo tiempo, disimular las riñas entre los jugadores, suspender los enojos personales y cambiar a los que en el futuro menos comprometan la estabilidad del director técnico. En castellano: empolvarse la nariz. Comprensiblemente, poco se puede esperar de una asamblea de estas características, con abundancia de ministros que ignoraban hasta el balneario visitado y, mucho más, ese complejo turístico que estreno Perón en los 40. Otro tema de carencia educativa en los púberes funcionarios que se sorprenden de la anterior Argentina.

Como suele ocurrir con los gobiernos en sus etapas iniciales, presos de sus ambiciones continuistas, se coló en el encuentro la discutible noción de transversalidad, ya anticipada por algunos (Emilio Monzó) al sugerir la conveniencia de incorporar más peronistas, teoría que silenciosamente desarrolla María Eugenia Vidal y a la que es proclive Rogelio Frigerio por sus andanzas políticas en Entre Ríos. Nada es nuevo: lo hizo Alfonsín en su frustrado tercer movimiento, lo intentaron los militares en ocasiones varias o, al revés, desde el peronismo en el poder lo propiciaron Menem y Kirchner con otras fuerzas. Siempre, para todos, rige el mismo propósito: quedarse, ganar, permanecer.

Ciertas diferencias ahora se aprecian en Macri: alentado por Peña y Duran Barba, y encuestas y focus groups, se enorgullece de haber llegado a la Casa Rosada sin respaldo peronista y, por supuesto, le encantaría conservarse en ese estado de pureza, repetirse libre de contaminaciones. Pero en la gestión, para sacar leyes y comprar la paz social, se envenenó de peronismo –ese portento de mil cabezas cuando no se corporiza en una– y discurre hoy si le sirve pactar con la franquicia de algunos gobernadores (hacer hasta listas comunes, como recomienda Carlos Grosso), robar figuras para incorporar al Gobierno (como hizo Vidal con Joaquín de la Torre), negociar con Sergio Massa o enfrentarlo y, naturalmente, extenuar hasta la obcecación al cristinismo, que le sirve más vivo que muerto como es de público conocimiento. Mientras el peronismo todo servicio aguarda, se ofrece a módico precio como una franquicia múltiple que está prescripta luego de siete décadas: sólo se contratan adhesiones personales, nadie por lo tanto debe pagar derechos de autor, menos por un sentimiento. La marcha viene incluida en cualquier caso.

La cumbre PRO, en el amplio sentido de la palabra, semeja un mitin de vestuario futbolero

Macri, al convocar a su tropa, reconoce que algún esteroide debe sumar para las elecciones del año próximo, ya que tal vez sea irrepetible una planetaria actuación electoral como la que lo llevó al poder. Necesita aliados, aunque presuma de óptima gestión, de ministros inigualables y de una caja a repartir como manteca con aquellos que no trabajan y que duplican en exceso a los que trabajan y pagan.

El artista. En esa senda de tentaciones a los adversarios, si ocurre, habrá que incluir la curiosa afinidad estética que lo reúne con el cristinismo y la verticalidad religiosa del papa Juan Domingo, apodo que se ganó Bergoglio con creces. No hay diferencias en el trío protagónico, al menos para impulsar la obra del artista plástico Alejandro Marmo, un artesano de la metalurgia que hizo los murales de Eva Perón en el Ministerio de Desarrollo Social. Encandiló entonces a Cristina, sus amasijos de desechos peronistas fueron desparramados por la ciudad (en honor a Jauretche, al cura Mugica), al igual que la herrería con motivos religiosos. Tarea en la que insiste ahora el gobierno porteño con la compra de diez esculturas del autor para instalar como escenografía en la Villa 31 (casi cuatro millones de pesos), un desafío visual a los azorados vecinos.

Copia Horacio Rodríguez Larreta a su jefe Macri no sólo para pedir prestado (un poco menos de mil millones de dólares ahora), como si también hubiese recibido una pesada herencia, ya que el actual presidente adquirió una obra de Marmo para obsequiarle al Papa en su última visita al Vaticano. Entonces, se disiparon las rispideces. Va camino el escultor, sensibilidades aparte, de convertirse en la Capital en una suerte de Gaudí de Barcelona. Por el número industrial de piezas que le encargan, obviamente, no tanto por la comparación de obras.

Cristina y Mauricio no coinciden en Marmo por casualidad: se garantizaron la simpatía del Padre Santo, ya que sabían que Bergoglio arzobispo era amigo del artista y se había enamorado en el pasado de su obra, al extremo de que, al inaugurarle el Cristo obrero en Villa Soldati, no pudo musitar palabra y se emocionó hasta las lágrimas debido a lo que le inspiraba la imagen. Debe ser tan fina la sensibilidad del sacerdote que se hizo llevar a los jardines de Castel Gandolfo cuatro esculturas de Marmo (aunque ya no va a esa residencia de veraneo).

Si Macri pudo revertir discrepancias con el Papa y obtiene, como Ella, cierta benevolencia celestial, parece razonable que desde el entourage de Chapadmalal intente capturar voluntades peronistas para su proyecto político del año próximo. Se unen, en principio, por medio de una estética justicialista, católica y obrera, opuesta al gusto ateo de Duran Barba.