COLUMNISTAS DISCURSO OFICIAL

Excusas vanas

Todas las explicaciones del Gobierno parecen calcadas por lo insustanciales.

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Foto:Dibujo: Diego Temes

La difusión del nuevo índice de pobreza e indigencia de la Argentina iba a tener lugar el miércoles pasado por la tarde. Estaba establecido que alrededor de las 16.30 el ministro de Economía, Axel Kicillof, informara sobre ese guarismo que nunca apareció ya que, ante la sorpresa de todos –incluidos conspicuos funcionarios del Gobierno–, el acto fue suspendido. “Fue un problema de empalme”, explicó inmutable, como siempre, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.

No había que ser un adivino para darse cuenta de que el “problema de empalme” era una vana excusa para ocultar una dura verdad: la pobreza y la indigencia han aumentado en el último año. Las cifras dadas a conocer por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina son lapidarias. Nada de extrañar. El Gobierno tiene enormes dificultades para reconocer los problemas originados como producto de sus errores de gestión. Lo malo de actuar así no es la crítica que ello le genera, sino que las consecuencias adversas las padece la ciudadanía.

La Presidenta cree que los datos de pobreza e indigencia son una invención de los medios. En la conferencia de prensa que dio el pasado viernes, Capitanich afirmó que en los últimos años la pobreza estructural había bajado drásticamente. Analicemos un poco esta aseveración.

No queda claro a qué período se refirió el jefe de Gabinete cuando habló de los “últimos años”. Si lo que tomó en cuenta fueron los años transcurridos desde 2003, es indiscutible que la pobreza y la indigencia disminuyeron. Sin embargo, tomar como referencia la crisis de 2001-2002 para un gobierno que ya lleva 11 años en el poder constituye un argumento débil, que responde a la intención de ocultar lo que ha venido sucediendo en los dos últimos años, en los que la creciente inflación ha castigado los bolsillos de los que menos tienen, deteriorando su nivel de vida.

La otra afirmación inexacta de Capitanich tiene que ver con la reducción drástica de la pobreza estructural, que sigue siendo alta. Esta es una de las peores herencias que dejará la mal llamada “década ganada”. La necesidad de mantener los planes de asistencia social denuncia la falacia de lo dicho por el jefe de Gabinete. Lo que se verifica en la Argentina es el resultado del populismo, que está en las antípodas del progresismo. En el populismo, los pobres tienen algunos bienes materiales más pero no pueden salir de esa condición. Muchos dependen de un plan social; no tienen un trabajo digno ni acceso a una vivienda digna. Tampoco tienen acceso a una educación de buena calidad, sin la cual se les hace imposible acometer el sueño de la movilidad social ascendente. En muchos casos –y a pesar de la mayor inversión que ha hecho el Gobierno–, la educación recicla hoy en día la desigualdad. Así, se tergiversa la principal herramienta con la que cuenta una sociedad para hacer realidad el objetivo de la igualdad de oportunidades, uno de los principios esenciales de la democracia.

En la semana hizo su aparición pública la ministra de Seguridad, María Cecilia Rodríguez. Tras su exposición –que dio pena y permitió entender por qué no se la ve ni se la escucha– ante la Comisión Bicameral de Seguridad, quedó claro que el verdadero ministro es Sergio Berni. Asimismo, se puso en evidencia –una vez más– que el Gobierno carece de propuestas claras compatibles con un enfoque que abarque el problema de la inseguridad en su real dimensión. El kirchnerismo siempre minimizó la importancia del tema. Por lo que se vio y se escuchó en esa reunión, la posibilidad de llegar a acuerdos con la oposición parece lejana, y sin esos acuerdos no hay chances de establecer políticas de Estado que auguren el trabajo sostenido que la imparable falta de seguridad demanda.

Ante esta circunstancia, los que aspiran a ser precandidatos presidenciales por el kirchnerismo han comenzado a despegarse de la Presidenta, quien –en una muestra de desprecio hacia la desgracia de quienes han sido víctimas fatales del delito– usó una tapa de Clarín de 1993 para decir que “no había nada nuevo bajo el sol”. Daniel Scioli viene desmarcándose desde hace tiempo. La novedad de esta semana la dio el ministro de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, quien también reconoció lo grave de la situación.

Dentro del ámbito de los ministerios hay una creciente inquietud con La Cámpora. Es sabido que una de las funciones de la agrupación –en algunos casos, la única– es ejercer un verdadero comisariado político en cada una de las carteras del Poder Ejecutivo. Una de las reparticiones donde ese accionar es más evidente es el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde la autoridad de Héctor Timerman ha sido menoscabada. En el Ministerio de Defensa, su titular, Agustín Rossi –que cada día extraña más su antiguo cargo de jefe del bloque de diputados del Frente para la Victoria y no deja de despotricar contra la designación del general César Milani–, busca en cambio congraciarse con La Cámpora con la esperanza de tener su apoyo en su intentona por la candidatura presidencial, que hoy tiene la fuerza de la nada. De ahí su tolerancia con los operativos conjuntos en zonas carecientes que desarrollan entre la organización K y efectivos del Ejército.

Con respecto a Milani, vale decir que los testimonios obrantes en la causa por la desaparición del soldado Alberto Ledo, que era su asistente, pueden conducirlo a la cárcel. Y sobre La Cámpora, una pregunta: ¿cómo harán para mantener su elenco de militantes rentados después del 10 de diciembre de 2015, cuando Cristina Fernández de Kirchner ya no sea poder y no cuente con la plata del Estado?

Producción Periodística: Guido Baistrocchi.



Nelson Castro