COLUMNISTAS ZOO DE BUENOS AIRES

Exposición de la muerte y convocatoria moral

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Si hay un muerto, va al título”, me explicó un viejo editor hace tiempo. Los criterios de “noticiabilidad”, frecuentemente sintetizados en este tipo de frases, son reglas por las cuales los agentes del sistema periodístico deciden qué es noticia, de manera que crean un nuevo mundo: el mediático, con sus propios personajes, temas, climas y territorios.
La conversación social se alimenta de los ingredientes del mundo mediático y se construye
(agenda building) a partir del entrelazamiento de problemas estructurales y puntuales. Estos últimos irrumpen en la agenda a partir de mecanismos de activación de visibilidad: un suceso inesperado, un evento especial, una protesta, declaraciones
explosivas, el éxito de un producto cultural, etc.
Por su parte, los medios interactúan con otros agentes sociales que empujan sus agendas utilizando sus propios mecanismos de expresión del disenso, como marchas, campañas, declaraciones, intervenciones urbanas, piquetes y, cada vez con mayor relevancia, difusión a través de las redes sociales.
El cruce entre estos dos procesos, sumado a un nuevo fondo cultural que considera el bienestar de los animales como un asunto moral de importancia, explica el descenso acelerado de la legitimidad social del Zoo de Palermo y el debate que explotó en el comienzo de año sobre su cierre o reforma.
La historia se aceleró a partir de una sucesión de muertes que mantuvo el tema en agenda y expuso a la organización de forma duradera al juicio crítico de la opinión pública. Finalmente, la versión de los hechos fortuitos y aislados se volvió inverosímil y se reformuló en un discurso de descenso a los infiernos por efecto de la negligencia y el descuido. Es que si hay un muerto, va al título.
La trama comenzó en diciembre de 2012: Winner, el último oso polar del Zoo, falleció por efecto del estrés y el calor. El hecho precipitó la renuncia del entonces director, un hombre de prestigio que vio frustradas sus expectativas de mejorar la situación. Casi tres años más tarde, una ola negra cubrió a la organización: en agosto de 2015 murieron dos lobos marinos; en octubre, una jirafa recién nacida, y a principios de noviembre se escaparon dos liebres patagónicas y una murió atropellada. En medio de esto, la orangutana Sandra fue declarada “persona no humana” y la Justicia ordenó que fuera trasladada a un santuario natural en Brasil.
Sobre esta base mediática, la acción de los agentes de promoción del disenso se ha consolidado: la petición en Change.org cuenta ya con más de 65 mil firmas, y la comunidad SinZoo suma en Facebook casi 33 mil adhesiones. El problema social se percibe como algo objetivo y de tendencia irreversible. El anterior director de concesiones porteño lo reconoció hace unos meses: “Ir contra eso es como ir contra la ley de gravedad”.
Describir el modo en que un problema puntual se transforma en un issue estructural es un desafío interesante para las investigaciones sobre la esfera pública. La licencia para operar del Zoo de Buenos Aires pende de un hilo, y los obstáculos para reconstruirla son innumerables. El primero es obtener el apoyo de agentes legitimados que estén dispuestos a hacer de garantes de un proceso de mejora. Los activistas presionan sobre las
falencias actuales y promueven un escepticismo radical sobre las reformas; la gente duda por el margen de credibilidad favorable que se le asigna a toda nueva gestión; los funcionarios, al parecer, siguen buscando el camino.
Una cosa es segura: en la sociedad del siglo XXI no hay lugar para quienes han perdido el consenso público. En este caso, el camino parece ser un cuidado proceso de relacionamiento con los actores sociales relevantes para promover un modelo sostenible, algo que para algunos ni
siquiera existe. Son arenas movedizas que no sólo expresan la siempre valorada peculiaridad de la Reina del Plata, sino del mundo en que vivimos.

*Investigador del proyecto Discurso Público y Agendas Sensibles Emergentes de la Universidad Austral.



Juan Pablo Cannata