COLUMNISTAS DOLAR

Falta de previsión

La "trepada verde", que no debió sorprender a Macri, quemó los papeles a varios funcionarios.

Dibujo de Temes
Dibujo de Temes Foto:Pablo Temes

Nadie imaginó en el ensayo electoral del domingo pasado que se votaba, quizás, el ocaso del peronismo. Nadie tampoco fue convocado para ese ejercicio, ni el más entusiasta de los primates. Pero el resultado indica, por lo menos, un declive en el volumen de esa fuerza política , desvíos múltiples de su variado caudal, tendencia a la disolución. Otro, sin embargo, es el hallazgo: más que la disminución del número de votos, territorios concedidos o liderazgos destronados, lo que tal vez hayan determinado los últimos comicios es la evaporación de la identidad peronista. Fenómeno cultural y político que escandaliza, sin distinciones, a devotos y opositores mediáticos de esa fracción, quienes de plano repudian esa eventual agonía bajo los argumentos preservativos de la tenia saginata, el imperio renovado del Ave Fénix o la entronización popular del estribillo “tantas veces me mataron, tantas veces me morí,  sin embargo estoy aquí, resucitando”. En rigor, no pueden permitirse esa desaparición política, odien o amen al peronismo: sería reconocer que también ellos, protagonistas de los últimos setenta años, se acercan a la muerte. Su negativa oculta el humano propósito de una dispensa para estirar la edad de la vida.
 
Pero la gente votó en contra de esa historia folclórica –como ya le ha ocurrido al radicalismo luego del apogeo de Alfonsín, como ha sucedido con otros grandes partidos en el mundo–, hasta sin saber siquiera lo que fue el peronismo, menos lo que hoy es el peronismo. Si es que existe. En ese punto, sí habría que confiar en las encuestas que demuestran el desinterés, la volatilidad y la ignorancia del electorado sobre ese movimiento tan gravitante en la Argentina. Incluso, los ciudadanos se pronunciaron en su contra con más energía que sufragando a favor de otro que representa presuntamente lo opuesto.

O así lo dice. Y lo cierto es que, luego de los últimos comicios, a simple vista el peronismo nunca ha estado peor físicamente, ni siquiera en tiempos de la Revolución Libertadora del 55 o en el huracán del “tercer movimiento histórico”, que arrasó en casi todo el país. Baste recordar, como paradoja, que en el 85 resistieron a la ola baluartes como Carlos Menem en La Rioja y Gildo Insfrán en Formosa (acompañando a Vicente Joga), los mismos que respirando en forma entrecortada, reclamando un pulmotor o un bálsamo para sus dolores de geronte, ahora se han salvado de la última masacre. Ambos, caricaturas de la política para muchos de los centros urbanos, especies en extinción de la milagrería argentina, con singularidades mágicas del riojano y el desconocimiento primario sobre el otro que, al margen de la estética, el gusto y la pertenencia a formas paraguayas de actividad, se quitó la deuda de encima (hazaña doble porque se la hizo pagar al poco generoso Néstor Kirchner), asfaltó rutas diez veces más que Scioli en su momento o batió récords inaugurando escuelas. Los dos sobrevivientes igual, con plazos fijos de vida de vencimiento cercano. Falta añadir un tercer y distinto afortunado en esa pendiente peronista: Jorge Manzur, quien para los propios en Tucumán se trata de un turco que es católico aunque lo reconocen como familiar de un judío, el ex gobernador Alperovich, al que por supuesto llaman “el Ruso”, singularidades menores que explican un encuadramiento como peronista de la Belle Epoque más que escriturarlo de “cristinista”, como pretende la viuda de Kirchner. 

La defunción peronista se aplica, en cambio, a otras expresiones, a pesar de que en algunos casos puedan revertir tendencias personales. De intendentes bonaerenses que mermaron de un habitual 60% a 40% o, el caso de Carlos Verna, derrotado en La Pampa aunque se le admitía mejor consideración en su provincia que a María Eugenia Vidal en Buenos Aires. Una rareza menor que la del dúo Rodríguez Saá en San Luis, aspirantes a todo por el señoriaje (titular y suplente), molestos por el desdén popular de las urnas acusando de traidores a quienes los vencieron y olvidando mirarse en el espejo luego de haber lidiado con Cristina de Kirchner por años para terminar del brazo con la dama. O con más intimidad si se le permitía al intrépido enamoradizo Alberto, hombre de mil aventuras sentimentales. Justo Ella, sepulturera y antropófaga del peronismo que la llevó al éxtasis del poder (según el concepto de Néstor ante la caja fuerte) y, después, se encarnizó en su apartamiento y desprecio por la entrada, deshecho el sello, se negó a una democracia interna, optó por la burocracia de los barones del Conurbano, sólo se rodeó de blancos pequeñoburgueses pregonando la revolución siempre postergada –hecho advertido nítidamente en su búnker de Arsenal– y, como si no le alcanzara su gesta discriminatoria, colocó de vocero a un radical (Leopoldo Moreau) y se apoya, sindicalmente, en otro radical más de los servicios que de la industria (el bancario Sergio Palazzo). Y en su proeza decadente, no perdió con otro peronismo, como ocurriera antes con De Narváez y Massa; por discriminación explícita habilitó a otra fuerza con musculatura distinta: el PRO. Algunos dirán que es una estrategia para seguir como actriz de reparto, pero si entra de colada al Senado quizá le espere la comisión de biblioteca, una docena de senadores cercanos y una franja superior que, harta de sus caprichos y manipulaciones, la detesta. Como ejemplo, escuchar a Miguel Pichetto, quien además hace meses que no le atiende el teléfono. Difícil, entonces, recuperar la jefatura que tuvo o cree merecer. Ni la moda del género le evitará vergüenzas. Al margen de lo cuantitativo y de que una elección no homologa el fin del peronismo –en política, estos desenlaces son trámites difusos, extensivos, no un interruptor que prende o apaga la luz–, habrá que convenir que antes de empezar los comicios ya los propios fieles partidarios se habían prescindido de su origen, de su matriz y carta de nacimiento. No sólo la ex mandataria en su fantasía plañidera de Rosa de Luxemburgo, también Massa, que cree provenir de un repollo cultivado en hidroponia, menos el aventajado Randazzo, que heredó la fortuna en plata y publicidad de una elección en la que no participó y quien ni pensó en la utilización del escudo: dicen que fue sugerencia, ese atributo, del ladero principal de la gobernadora Vidal, Federico Salvai, alguien que lo alentó en el más amplio sentido del término y que había merodeado el peronismo antes de casarse con la señora Stanley. No hubo marcha ni marchita entonces, grabados o recuerdos de otras contiendas, ni citas de Perón o Evita, tampoco sus fotos o sonrisas. Debe ser porque la gran mayoría del electorado ya no reconoce esa tradición, según las encuestas, y no aconsejan su uso y costumbre los consultores.

Por lo tanto, si para ellos, los candidatos, grandes beneficiarios con sus familias del peronismo, éste no existía antes de las elecciones, cuál es la razón por la que esa facción dominante sobrevivirá ahora, en el corazón del pueblo, como reza la canción, luego de la debacle.