COLUMNISTAS SOLSTICIO Y LOS HEMISFERIOS

Feliz Navidad en el sur

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Hasta la aparición de la luz artificial y la revolución industrial, los seres humanos dependíamos totalmente de las estaciones y de la duración del día. Muchas culturas creyeron que el sol era dios y se angustiaron cuando en los menguantes días del invierno parecía ir a su extinción. El solsticio se recibía con fiestas, bacanales, comidas pesadas, bebidas. La gente sentía que renacía la vida y triunfaba sobre las tinieblas. Solsticio viene de dos palabras latinas: sistere, que significa quieto, y sol. Es el momento en el que el día deja de reducirse, pero tampoco empieza a crecer.

Desde tiempos inmemoriales, los pueblos andinos celebraron el solsticio de invierno en junio. Los incas instauraron el Inti Raimi (Fiesta del Sol), que al llegar los españoles se fundió con la conmemoración de San Juan Bautista (24 de junio), fiesta central de su religión sincrética. En mi infancia, participé de los “sanjuanitos”, que empezaban cerca del 20 de junio. La gente de las comunidades se disfrazaba, bebía chicha de jora (maíz germinado) mezclada con chahuarmishki, un líquido dulce que se extrae de la cabuya. No habían llegado todavía la cerveza, las gaseosas y otras bebidas occidentales. Los campesinos participaban de una fiesta que duraba una semana, comían, bebían, bailaban, celebraban la Fiesta de los Gallos, en la que pasaban al galope debajo de un cordel del que pendían doce aves a las que les arrancaban la cabeza de un tirón. Por las noches encendían fogatas, que no son propias de la mitología cristiana sino una pervivencia de ritos precolombinos que pretendían ayudar a la resurrección del sol.

En el hemisferio norte, el solsticio de invierno se celebra el 24 de diciembre. Según los aztecas, cuando iba a nacer Huitzilopochtli (el colibrí zurdo), temible dios de la guerra, su madre, Coatlicue, quedó embarazada cuando unas plumas de colibrí cayeron del cielo y ella las guardó en su seno. Su hija Coyolxauhqui, enojada por la sospechosa concepción, decidió matarla con apoyo de sus 400 hermanos. Cuando estaban por hacerlo, Huitzilopochtli salió del vientre materno, dio forma de hacha a Xiuhcoatl, la serpiente de fuego, y con ella los mató a todos. Degolló a Coyolxauhqui, arrojó su cabeza al cielo, que se convirtió en la luna, ascendió y se transformó en sol. Los aztecas creían que el 20 de diciembre de todos los años el sol iba a Mictlán, el País de los Muertos, se extinguía y se transformaba en colibrí, para volver renovado el 24 de diciembre. Su resurgimiento era motivo de muchas fiestas en las se obsequiaban estatuillas de maíz negro mezclado con miel de maguey, se comía y se bebía en abundancia.  

En Roma, entre el 17 y el 23 de diciembre, tenía lugar la Saturnalia. El orden social se trastrocaba, se organizaban orgías, los esclavos fungían de señores, reinaba el desenfreno, se comía una dieta adecuada para el día más frío del año: panes con frutas secas, lechones, bebidas alcohólicas.

Los banquetes servían para sacrificar animales a los que era difícil alimentar en los meses del hambre, que se extendían hasta abril. El 25 de diciembre se celebraba el Sol Invictus, la fiesta religiosa más importante del año, en honor del Emperador Invicto, que había derrotado a las tinieblas. En el 370, el emperador Teodosio el Grande declaró al cristianismo niceno religión oficial del Imperio, prohibió la religión romana, pero mantuvo tradiciones centenarias. A la sombra del edicto de Tesalónica, surgió una nueva religión imperial: el Sol Invictus se transformó en Navidad; Roma, en capital de la Iglesia Católica, y el latín, en su idioma oficial. Cristo nació por abril del año IV antes de Cristo en Nazareth, una pequeña aldea con 300 habitantes. Nunca se acercó al poder, vivió rodeado de gente humilde, pescadores de subsistencia del lago Tiberíades, seguramente analfabetos. No conoció Roma, ni habló latín, ni pretendió ser rey, porque suponía que el fin del mundo era inminente. Cuando el cristianismo se implantó en el hemisferio sur, tuvo problemas porque sus ritos eran del norte. En el sofocante verano porteño, los Santa Claus sudan con su ropa polar, en la cena de Navidad comemos panes con frutas secas y alimentos pesados adecuados para el frío. En las comunidades andinas, la gente celebra su solsticio de invierno con San Juan y el Inti Raimi. El 21 de junio pasado, escribía en una pequeña población andina sobre predicadores, intelectuales y la democracia. De pronto empezaron los sanjuanes, Argentina derrotó a Irán en el Mundial y me puse muy contento. La vida renacía. Era mejor posponer la política, celebrar el triunfo de Inti Invictus y desear a mis lectores feliz Navidad. Total, si Roma hubiese estado en el hemisferio sur, los Santa Claus europeos serían los afligidos al celebrar el solsticio de invierno en pleno verano.

*Profesor de la George Washington University.



Jaime Durán Barba