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¡Festejemos, somos subcampeones!

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Felicitaciones a todos los argentinos, somos subcampeones! En 2015 llegamos a la final de la Copa América dejando atrás a 35 países, y lo volvimos a repetir este año. Antes, en el 2012, llegamos a la final del Campeonato Mundial entre 194 países.
Sin embargo, parecería que debemos sentirnos consternados, deprimidos, indignados, por no haber sido campeones. Pero, ¿cuál es el motivo por el cual deberíamos de haber "inevitablemente" sido campeones?
 El hipercriticismo al que asistimos en estas circunstancias se debe a varias razones, una de ellas que transferimos a nuestros futbolistas la incumplible pero inconscientemente fantaseada responsabilidad de redimirnos de las múltiples y graves derrotas en otros ámbitos de nuestras vidas, tanto a nivel personal como colectivo. El fracaso en la final es el espejo angustiante de nuestros propios fracasos.
¿Hubiéramos estado tan pendientes de lo que sucedía en NY si nos sintiéramos triunfadores en nuestras vidas, dueños de nuestros destinos? Es ésta la explicación de la falta de fanatismo deportivo en los países desarrollados, Italia celebra pero no enloquece por vencer a España. En cambio, ¿cómo no comprender que los bolivianos reciban como héroes a quienes vencieron a los ingleses?
¿En qué otro campo económico, científico, educativo, comunicacional puede un país periférico derrotar a alguno de los dueños del mundo, es decir de las finanzas globalizadas? Ese es el milagro del fútbol, deporte de habilidad y astucia y no de alta competencia.
¿Es tan malo ser subcampeón? ¿Acaso no nos enorgullecería ser subcampeones en nuestro desempeño educativo en vez de estar en el puesto 60 entre los 65 países evaluados por el sistema PISA? Ojalá ostentáramos el subcampeonato de buena atención médica en los hospitales públicos, privilegio saboteado por las filas de enfermos que deben esperar horas para conseguir demorados turnos con profesionales sobrecargados de tarea y mal pagos.
¡Qué bien nos vendría un subcampeonato en lucha contra la corrupción, donde ocupamos el 107º lugar a la par de Costa de Marfil! Lista en la que hemos retrocedido desde el 2011 cuando estábamos en el 100.
¿Que Higuain no ha estado a la altura de lo que el compromiso exigía? ¿Y cuántos funcionarios, políticos, empresarios, sindicalistas, intelectuales lo hemos estado cuando nuestros servicios fueron requeridos para el bien de la República (res-pública, cosa pública)?
A quienes no les conforma el subcampeonato, quienes lo viven como la tercera derrota, a lo mejor no son campeones pero ¿acaso les corresponde el subcampeonato en el cumplimiento de fantasías y proyectos de su juventud, cuando no fuese la realidad social quien los abortó sin remedio?, ¿o lo más seguro es que se perdieron cuando no se dio cuenta, o le asustó darse cuenta, de que para alcanzarlos era imprescindible el esfuerzo y el sacrificio como hicieron Mascherano y Banega? ¿Y en qué puesto estamos en ser buenos padres o madres? ¿Esposas o esposos? ¿Hijas o hijos?
Viene a mi memoria una maravillosa película iraní, se llamaba Los niños del cielo, que mostraba que el subcampeonato puede ser objeto de deseo. Un pibe muy humilde había perdido el par de zapatillas de su hermanita. No podían informarlo a su padre violento pues los castigaría feamente, además sabían que no había dinero para comprar otro par. Entonces desarrollaron una metodología esforzada e ingeniosa para compartir las zapatillas. Hasta que el pibe vio el anuncio de una carrera en la que el primer premio era un deseable viaje y el segundo un par de zapatillas. Durante la carrera reguló su esfuerzo para llegar pisándole los talones al primero para así lograr el ansiado premio. Pero empujado por su amor propio pocos metros antes de la llegada, con el corazón a punto de estallar, apuró el paso y venció. Había perdido el anhelado subcampeonato y el par de zapatillas.
Festejemos entonces, porque ser subcampeones en algo es digno de celebrar. Y corrijamos aquello en lo que estamos lejos de serlo.

*Escritor e historiador.



Pacho O'Donnell